jueves, 9 de febrero de 2017

RETRATO DE UN FANTASMA



Tiene la mirada escuálida, cianótica, conservada en escamas de hielo con sombra de luna añil, brillante y fría, profunda y agitada sin marejada, pero abstraída en tempestad. Una dilatada lápida negra con los epitafios de los amores que la mataron y mil caminos torcidos, recodos sin salida haciendo esquina con la frustración, perdidos laberintos ramificados en los trágicos arañazos cromáticos de su iris. Tiene la blanca agua de su hielo derretido coagulado en espanto, con rayos de amanecer amenazando tormenta y el trueno en los labios. Labios deshojados sin pétalos agrietados con las cruces de los besos muertos que yacen en el camposanto de su temblor hecho trémulo trémolo callado. Su aliento, gélido ángel caído de alas cristalinas, mata rosas reencarnadas en labios que osan rozar su cielo hecho infierno, marchita al otoño y su guadaña de muerte, hace tiritar al invierno. Invierno su piel nevada que ya no conserva caricias, ni roces hechos cariño, sino más bien desgaste. Piel toscamente pulida, lijada con asperezas que la astillaron, rebajada por ancestros dedos nunca olvidados que siempre segaron sus sentimientos a flor de piel. Bajo ella, la porcelana agrietada se sostiene con sangre coagulada de un corazón que ya no late. Corazón que erró en su camino hacia el amor y yace convulsionando con una corona de espinas en los recuerdos más dolorosos que su desquiciada cabeza no pudo soportar. Cabeza con velo de cabello sedoso hecho luto, quizá nube negra, quizá humo que nunca supo ascender como toda ella y cae sin gracia ni estilo, con tristeza y dejadez, con abulia y pasividad, sin elegancia y torpemente por sus hombros. Hombros huesudos y afilados que cargan con historias para dos sin un abrazo, vestidos con traje de novia, blanco ya roto en mil pedazos, blanco hueso osteonecrótico, rasgado por la uña de sus mil demonios y larga cola que se derrama en charco de herida tras ella con cada paso que da con un ramo de cadavéricas flores regadas con lágrimas sacadas de los más oscuros pozos del desamor, flores crujientes que caen sin acunarse en el aire, a peso muerto, en cuchillada, sostenidas por manos que desaprendieron a tocar las cuerdas de otras pieles, largos dedos con uñas rotas de seguir cavando tras haber tocado fondo, noche de esmalte saltado cicatrizado por estrellas a las que nunca consiguió llegar. 

Así es ella, así la veo. Grita, aúlla por los pasillos su propio nombre seguido de otro que nunca olvida mi mente. A veces, se tira con violencia en mi cama y susurra: “Ya no sé quién soy porque nadie dice mi nombre, dilo por callar el de mil demonios, convierte en amor esta blasfemia que te habla”. Entonces la beso porque he visto tu cara en ella, porque sólo podría serte infiel con ella, con la soledad. Y su frío me envuelve en un mortecino abrazo que me ahoga a través de las horas vacías sin ti.

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