jueves, 2 de febrero de 2017

LO QUE NUNCA HABLAMOS



“Tenemos que hablar”, me dijiste sentándote mientras te temblaba la luz de su voz y el susurro del miedo en tus ojos estaba a punto de gotear por unas ojeras de luna eclipsada. No respondí nada, pensé el día en el que había comenzado todo, estabas más callada que de costumbre. “Un mal día”, creí; luego fueron dos; después, una semana y la distancia entre nuestros corazones crecía como el espacio que dejabas entre mi cuerpo y el tuyo en la cama. “Una etapa”, me dije entonces suspirando mientras dormías de espaldas y yo estiraba mi brazo y mis dedos para tocarte sin llegar a atreverme por si todo se rompía. Habían pasado ya dos meses desde ese día…
—No estamos bien…
Oí el crack en mi corazón y un helor en cada latido que se rompía en mil pedazos con cada pulsación, mis dedos temblaron, como el charco que se hizo en mi mirada.
—Di algo, por favor…
Sólo quería gritar, llorar, acurrucarme en mí mismo hasta hacerme lo más pequeño del mundo y desaparecer en el vacío que se estaba creando en esa habitación.
—Que te quiero…— Susurré con un hilo de voz que se rompía como todo yo.
Y lloraste echándote las manos a la cara, los pétalos de tus labios se hicieron la más trágica mueca de dolor y cuando tus manos dejaron de ocultar tu cara sólo vi tormenta, la primavera arrasada por una fuerte lluvia de tristeza que arrastraba lo poco que te ataba a mí.
—Estoy conociendo a otro hombre…
Y fue inevitable pensar que ese hombre era más guapo que yo, más joven, que te reirías más con él, más fuerte, más inteligente, más alto, más decente, más atento, más romántico, que tenías mejores orgasmos con él, que te entendías mejor con él, que le querías más, que era el hombre de tu vida… Que era todo para ti mientras yo ya no era nada, algo del pasado que habías hasta ahora y que no necesitabas ni querías en el futuro.
“No llores… No llores”, me obligué al notar una gota queriendo suicidarse, mi corazón galopar al no querer estar dentro de mi pellejo… Ni siquiera yo quería estar ahí en ese momento. Y tú te frustraste más… Y yo me sentí más culpable…
—¡Di algo, joder! ¿Te vas a quedar ahí sin decir nada?
Y la verdad es que quería saber, preguntar, su nombre, edad, cómo, cuándo, dónde… Joder, por qué… ¿Por qué? Pero sólo pude decir la verdad…
—Que te quiero…
Y resoplaste de impotencia porque quizá querías hablar sobre lo nuestro, sobre lo que ya no había, de tu situación nueva, de lo que nos había pasado, que querías darme explicaciones, excusas… No sé… Yo sólo sabía que te quería, que nunca hice nada por si lo estropeaba más, para que nunca me dijeras la verdad, esperando a que regresaras, a sentir tu piel tocando la mía en una cama en la que siempre nos había sobrado la mitad del espacio hasta hacía dos meses.
Te levantaste, fuiste a la habitación y oí cómo abrías el armario, la maleta, doblabas ropa, guardabas tus cosas en el neceser, abrías cajones mientras yo me había quedado mirando una foto nuestra que había en una balda del salón. Sonreíamos mirando a la cámara con ilusión y ahora todo parecía tan lejano, tan imposible… Sabía que no se llevaría esa foto, que me dejaría con el peso y el dolor de los recuerdos de los dos. Saliste de la habitación con la maleta:
—Lo siento.
Y abriste la puerta, cerraste sin mirar atrás y el “adiós” fue el sonido de la puerta al cerrarse, un disparo que me mataba, que me sobresaltaba las entrañas, que me asustaba el corazón, que me encogía el alma, que esparcía el miedo… Y soledad tan sólo y nada más…
Una semana después me llamaste borracha a las tres de la mañana:
—Nunca he sido tan feliz en toda mi vida…
Y colgaste… Yo me quedé con el teléfono en la oreja durante unos minutos por si volvía a escuchar tu voz. Nunca más volví a saber de ti, pero siempre lo intuí todo.

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