lunes, 6 de febrero de 2017

LA CHICA INFIERNO. LOS HOMBRES TAMBIÉN PODEMOS SUFRIR MALTRATO



Me sonó el móvil y miré el mensaje.
-¿Quién es? -Me preguntó.
-Una amiga.
-¿De las que te follas junto a tu ex?
Me quedé paralizado. Le había explicado que había tenido una novia y al salir con ella me hice amigo de sus amigas. Después lo habíamos dejado, pero me había quedado en el grupo con las chicas y mi ex, que si confiaba en mí y no le importaba. Dijo que no había ningún problema. Sonreí incrédulo.
-Te dije que estaba en un grupo de amigas.
-Ya, en un círculo de zorras. ¿Me ves a mí con tíos, rodeada de pollas?
Nunca había aguantado los celos por la falta de confianza que hay en ellos. Lancé el ultimátum.
-Si me estás haciendo elegir entre mis amigas y tú, llevas las de perder.
Lloró de pronto, esgrimió un grito de dolor que me sobrecogió el corazón y susurraba:
-Eres un cabrón y un hijo de puta.
Luego gritó:
-¡Yo sólo te necesito a ti para ser feliz! ¿Por qué tú necesitas a más personas?
No podría explicar por qué tenía todo revuelto por dentro. ¿La había fallado? ¿Tanto me quería que yo no lo veía? Y, por otro lado, me daba pánico pasar una vida encerrado únicamente en una persona.
-Llévame a la estación –me pidió.
Montamos en el coche, ella iba atrás, llorando, susurrando insultos, culpándome de todo. Aún quedaba una hora y pico para que su autobús saliera. Llegamos a la estación y apagué el coche al aparcar.
-Joder, te quiero… -Me vomitó.
Y creí que sí, que me quería de verdad, que no había visto a nadie sufrir tanto por mí, pero me había dicho que no iba a haber problemas de celos y no iba a pasar por eso.
-Ven y siéntate conmigo, por favor…
Fui atrás, me abrazó… Me susurraba una vez tras otra que me quería, que lo sentía. La abracé y le acaricié el pelo hasta que se calmó. Salimos del coche mientras ella aún tenía lágrimas en los ojos. Ya sólo quedaban veinte minutos para que saliera su autobús. Intentó besarme, pero yo esquivé sus labios y le di un beso en la mejilla. Lloró desconsoladamente otra vez, sus labios temblaban, sus puños se apretaban.
-¡Hijo de puta! ¡No me pienso ir en ese autobús hasta que no vuelvas conmigo!
Se me heló la sangre. Si no cogía ese autobús, tendría que llevarla yo a Oviedo. Pensé que sería capaz de abalanzarse sobre mí conduciendo y matarnos a los dos. Intenté cogerla del brazo para llevarla a la dársena.
-¡Que no me toques, cabrón de mierda! ¡Ya bastante daño me has hecho! ¡Como ya me has follado ya no quieres saber nada de mí! ¡Eres un mierda!
Diez minutos para que saliera el autobús y yo sólo quería que me tragara el mundo. Al final, cuando faltaban solamente cinco minutos, comenzó a andar hacia el andén. Susurraba que se iba a matar, que yo era el responsable de su muerte. Iba cortándose la muñeca con el billete del autobús. Iba tan fuera de sí, tan ciega de lágrimas, tan derrotada, que tropezó y, si yo no la hubiera sujetado, se hubiera caído.
-¡Que no me toques, maltratador de mierda!
Toda la estación me miraba. Podía ver en la mirada de todas las personas que había allí el asco que sentían por mí, que era un cabrón, que era un tío de esos que pegaba a su novia. Antes de subir al autobús, llena de ira, me dijo:
-Gracias por hacer que me suicide.
No creí que fuera a hacerlo, la verdad. El autobús salió, la gente seguía mirándome con odio y yo salí con las manos en los bolsillos y agachando la cabeza.
A la media hora recibí un mensaje que decía algo así como que era un cabrón hijo de puta que nunca la había querido, un mentiroso y que iba a ser el responsable de su muerte. Una hora más tarde recibía una foto de su brazo con un tajazo y sangrando bastante. Entonces pensé que sí, que se iba a suicidar por mi culpa. La llamé y no me cogió el teléfono. Envié mensajes. No supe de ella en todo el día, ni en toda la noche, ni en toda la mañana siguiente. Joker estuvo mirando esquelas con lágrimas en los ojos por internet rezando por que no saliera el nombre de esa chica. Pero no salía nada. ¿Cuánto tarda en salir una esquela?
Por la tarde sonó el móvil. Era ella, que volviera, que me quería, que la perdonara, que se le había ido la pinza. Era tan suave, tan dulce… Tan distinta… Pero no me fiaba, si seguía así unos días podríamos volver después de hablar y solucionar. Estalló en furia de nuevo, a insultarme, a hacerme sentir culpable por su dolor, a decir que se mataría. Volvió a llegar otra foto del brazo con un corte, muchos mensajes, llamadas… Me sentía acosado y apagué el móvil. A la mañana siguiente lo encendí y había otra veintena de mensajes y llamadas hasta las tres y media de la mañana. Justo volvía a llamarme y cogí el móvil. Me echaba de menos, que me quería, que no le hiciera daño a alguien tan roto como ella… Tenía miedo, me sentía culpable… Le dije que la quería, que teníamos que hablar.
Hablé con mi padre, con mi familia. Les dije lo que pasaba, que no podía solo con esa situación, que era un infierno estar sin ella porque llegaba a llamarme doce veces al día y mandar hasta mensajes, que prefería estar con ella y cuidarla, pero que necesitaba su apoyo. Me dieron su apoyo. Así que volví con ella y todo se calmó durante unos días. Sacó su lado más dulce y cariñoso, tanto que me sentía fatal por haber sido capaz de dejarla. Sin embargo, pronto salió ese lado posesivo, controlador. Si me llamaba y el teléfono comunicaba porque estaba hablando con mi hermano o con mi madre decía que con quién estaba hablando. Una vez le dije que había salido a tomar un café con mi hermano y me respondió que le parecía muy bonito que ella estuviera en casa pensando en mí y echándome de menos mientras yo me lo pasaba de puta madre por ahí. Sé que es difícil, pero no sé qué clase de poder tenía para darle la vuelta a todo y hacerme sentir culpable, le daba la razón y cada vez iba estando más sometido a su voluntad a la vez que más agobiado.
El apoyo de mi familia consistió en decirme “Déjala, si lo estás pasando mal es porque quieres”. Mi padre me dijo que esta chica no estaba bien y me dijo que fuera a ver a un amigo suyo que era psicólogo. No me hizo mucha gracia ir a ver a un psicólogo. En cuanto le conté cómo era la chica, lo que hacía, cómo reaccionaba, lo que decía, me respondió “Déjala, no te acerques a ella. No le cojas el teléfono. Es una manipuladora, una maltratadora psicológica y, lo más importante, ella no te quiere. Sólo tiene miedo a estar sola”. Me explicó casos y, joder, aún estaba más asustado. Me hice con otro número de teléfono mientras conservaba el otro que estaba casi siempre apagado. Contactó con mis hermanos a través de redes sociales, preguntando por mí, de forma muy dulce para que no vieran cómo era realmente, para intentar sembrar la duda. Ellos nunca la creyeron, estaba destrozado, me había arrastrado a un infierno de autoflagelación mental y estaba roto. A veces, me veía obligado a encender el antiguo móvil para rescatar algún número de teléfono. En una de las ocasiones, había muchas fotos de sangre, insultando, responsabilizándome de ello.
No podía más… Cogí un cuchillo, me corté con toda la rabia del mundo y le mandé una foto diciendo que era ella la que me iba a matar a mí. No volvió a contactar conmigo más que esporádicamente para felicitarme el cumpleaños, Navidad y esas fechas. La sangre corría por mi brazo y sentí lo que aliviaba sentir dolor. Ojalá nunca lo hubiera sabido.
Las veces en las que contactaba conmigo acabábamos discutiendo siempre. Ella seguía intentando volver, manipulando, culpando, buscando siempre que me despidiera de ella con “un beso” en vez de con “biquiños” (“un beso” sólo se lo escribo a la chica a la que quiero y “biquiños” a las demás personas). Tenía razón el psicólogo, en diez días estaba con otro chico. Me lo dijo para ver si me hería y sólo pude respirar aliviado mientras me compadecía de él.
La última vez que hablamos fue hace un año y algo, le iba mal con su novio. Me preguntó qué había de malo en ella. Le dije por todo lo que me había hecho pasar. Me respondió “Bueno, es no es nada. Discusiones de pareja”.
Los chicos también podemos ser maltratados.
Y ahora, al escribir esto, recuerdo la conversación que tuve ayer con mi chica, diciéndome la forma que tenía de arrastrarla hacia la culpa, de hacerla caer conmigo… Sentí miedo de mí mismo…

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