martes, 28 de febrero de 2017

A TI



Nunca creí que te escribiría, pero todo es posible en un folio. Ojalá el mundo fuera una hoja en blanco que vamos construyendo con andamios hechos de líneas, borrando errores, bajando cielos para que fueran más alcanzables... No te odio, sabe Dios por qué. Supongo que formas parte de mi vida indirectamente, aunque yo no esté en la tuya, que siempre me ha sido inevitable preocuparme por ti, que aparqué mi corazón en el espacio que había dejado tu distancia, una distancia que parecía insalvable y que ahora al ser recortada me estruja un poco el latido.

Te escribo porque… porque no sé, porque hay palabras a las que les crecen las alas dentro de mí y tengo que soltar para que sean libres, para no ser prisionero de ellas, aunque se las lleve el viento. Me dueles, me dueles de una forma extraña, es un dolor que no siempre está en mí y que, cuando llega de pronto, no puedo más que acunarlo en un abrazo que me doy a mí mismo allí donde convive la lágrima con el suspiro, en ese vals que acaba en esguince de latido. Es un dolor punzante que eclosiona junto a las mariposas de mi corazón y que envuelve demasiados sentimientos que a veces no sé cómo sobrellevar: nostalgia, inseguridad, soledad, irritabilidad, tristeza, frustración… Y todos ellos dibujan tu rostro, tu cuerpo, le ponen voz a los te quieros de tu boca, caricias a tus manos, sudor a tu piel, abrazos a tus extremidades, besos a tus labios… A veces, también lágrimas a tu mirada, dolor en tus labios, desconfianza en tus palabras, perdones... Eres un cielo ardiendo, un infierno con constelaciones, capaz de dar lo peor y lo mejor.

Por eso también te quiero, porque sacas la sonrisa más bonita de este mundo a pasear de tu mano, porque das luz a la mirada en la que las sirenas de mis ojos quedaron varadas al ignorar las estrellas… Yo tampoco he hecho las cosas demasiado bien y no estoy para dar consejos, pero da lo mejor de ti mismo, regálate de todo corazón, con ese corazón cuya belleza no pasa desapercibida por mucho que el mío lata rosas blancas. Abraza, abraza hasta sincronizar latidos de dos pechos que respiran por separado el mismo aire; abraza hasta coser tu alma a otra, hasta juntar tus pedazos con otros, hasta que desaparezca el mundo, hasta paralizar una ciudad, hasta que el tiempo se detenga a sonreír. 

No te acostumbres nunca al amanecer despeinado que ilumina tus mañanas, mira su brillo como la primera vez, como algo único e irrepetible, acaricia su horizonte con las yemas de tus dedos hasta que arda el tacto, besa sus flores hasta que tu boca eche raíces en los rojos labios de la alborada, baña tu mirada en su luz, naufraga, déjate llevar por las olas que te mecen.

Da comprensión y apoyo, levanta andamios alrededor de sus sueños para que no se desmoronen y sean cada vez más altos, echa paladas de confianza en cada verso que lees, cimenta con dulces palabras cada página, comparte la ilusión de ver nacer lo que el ingenio crea a partir del delirio que alberga cada letra.

No hagas daño, porque me dolerás sin perdón en heridas que me nacerán con sangre que no es mía. Cuida, mima, ama, haz feliz y te querré un poco más desde el rincón en el que me mece con sonrisa risueña la tristeza.

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