jueves, 28 de diciembre de 2017

AMOR INMORTAL X: OSCURIDAD

Recuerdo que estaba en casa, sin hacer nada, dejando que el tiempo me atravesara, oyendo cómo el reloj daba puntadas de soledad y los últimos rayos de luz se despedían dejándome la última visión de una casa grisácea, como una foto en blanco negro o, más bien, una casa sin colores. Llegó la oscuridad, la sensación de que el vacío se expandía entre el negror y el sonido del segundero aumentaba haciendo eco en mi cabeza. Me encogí en el sofá hasta acabar siendo una bola y cerré los ojos imaginando que aún había sol, que mi cabeza reposaba sobre sus piernas mientras me acariciaba el pelo vestida de azul, intentando captar su olor y sentir su tacto, pero tan sólo había oscuridad y nada más, mi cuello sufría sobre un cojín que se aplastaba, olía a cuero del sofá y no había nada que me tocara salvo la soledad.

Llegó la fiebre producida por la nostalgia, el sudor frío empapando mi cuerpo, la respiración acelerada, la ansiedad encarnándose en dolor pectoral, los pequeños temblores evolucionando a convulsiones y las lágrimas resbalando por mis mejillas para colgarse en mis labios durante un momento y dejarse caer como quien ya no tiene fuerzas para seguir aferrándose a la esperanza, rindiéndose. Yo ya no era, ni estaba, sólo existía sin ninguna cualidad en una nada. No había pensamientos, no había ideas, ni recuerdos, sólo un yo vacío siendo devorado por ese pequeño rincón del mundo mientras esperaba.

No esperaba el milagro de la luz, un paliativo para la fiebre o un caldo caliente para el frío. Sólo la esperaba a ella, de una manera violenta y desesperada, con la tormenta en mi mirada y el trueno en el corazón. La esperaba de cualquier manera, vestida de negro, azul o blanco; seria o sonriendo; niña o monstruo. Únicamente necesitaba que abriera la puerta y llenase esta nada que me envolvía, aunque lo hiciera con su oscuridad e ira, aunque entrase manchada de sangre y sin saludar para irse a la ducha. Necesitaba que sus pasos sustituyeran el caminar de los segundos, que diera la luz y verla, saber que al menos compartía espacio conmigo, a pesar de que, en realidad, estuviera a años luz de mí. Me bastaba con después ir a la cama y sentir que la abrazaba, aunque fuera como rodear con los brazos una piedra.

Cada día pasaba menos tiempo en casa, volvía más tarde, no sufría ese síndrome de abstinencia. ¿Estaría curada de este amor? No sé cuánto tiempo pasó, cuando por fin se abrió la puerta y dio la luz. Fue como despertar de una pesadilla. No, fue como morir, tener una pesadilla durante ese eterno y último sueño y regresar del Más Allá. La casa entonces no me pareció un agujero negro, ni tan gris, su olor volvía a aromatizar la atmósfera, el reloj se calló o mis oídos lo ignoraron. Debía de estar en un estado lamentable para que se sentara conmigo en el sofá y, poniendo la mano en mi frente para tomarme la fiebre, me dijera con sorpresa:

—¿Estás bien, amor? —me preguntó en voz baja, casi susurrando.

—¿Y tú?

—Claro que estoy bien, cariño —me respondió confundida—. Eres tú quien está enfermo.

—¿No lo ves? Tú estás bien… yo no —le dije.

La fiebre debería de haber remitido con ella a mi lado, los temblores deberían haber desaparecido, pero no. Me había dejado de sentir querido al sentirme encerrado en casa mientras no la veía prácticamente nada. Ella ya no sonreía cuando cruzaba esa puerta y me veía, no la hacía feliz. Me había convertido en algo inercial en su vida, algo cotidiano que había perdido su cualidad de maravilloso, como si fuera otro mueble de la casa. Lo maravilloso de su vida ahora estaba en esa reunión, en toda esa información que anhelaba descubrir sobre los resucitadores, esa nueva vida. Yo nunca había sido algo nuevo, quizá cuando nos conocimos, pero llevaba desde el principio con ella. Tal vez fuera ya algo desgastado por el tiempo para ella. Quizá el amor había perdido su magia porque era lo único que conocía y en ese momento los resucitadores le ofrecían una excitación que conmigo ya no sentía.

Recordé aquella vez en el coche. Su padre mirando a su madre como si fuera la primera vez, deslumbrándole como si nunca la hubiese visto, ignorando la nieve que caía al otro lado del cristal de la ventanilla, apreciando la sonrisa de ella, quedando obnubilado como si después de tantos años a su lado le siguiera pareciendo un milagro que esa mujer le amara. Creí que nos sucedería lo mismo, pero ella llevaba tiempo con el rostro vuelto hacia la nieve.

—No te entiendo… —me respondió negando con la cabeza.

—Apenas nos vemos, sólo estamos juntos cuando llegas a casa de noche. ¿Cuándo fue la última vez que tuvimos una conversación? ¿Hace cuánto que no hacemos el amor porque llegas agotada a casa y te duermes nada más tocar la cama? Y, sin embargo, estás bien, no estás enferma.

—¡Pero yo te quiero! ¡Me moriría si llegara a casa y no estuvieras esperándome! —contestó.

—Olvida la reunión de resucitadores. Vámonos a otra ciudad, vuelve a estudiar, a otra casa en la que te pueda esperar con la luz encendida porque no tienes que esconderme, donde al verme no tengas tantas cosas en la cabeza que te permitan sonreír. Volvamos a escribir cuentos, vayamos a algún sitio donde nieve y puedas ser la reina del Invierno, donde nadie te pida que mates. Amor… No te lo había dicho, pero cada vez que matas, se muere una parte de lo que sientes por mí; cada vez que vistes de negro, el pedazo de cielo que eres se nubla; cada vez que no estás y regresas, vuelves siendo menos tú.

—¿Pero eres idiota? ¿No ves que todo lo hago por ti? Porque te quiero, porque quiero protegerte —me dijo.

—No necesito que me protejas, cariño…

—Pero yo sí lo necesito. Quiero saber si quieren hacerte daño, quiero que te traten como mereces, que puedas salir libremente, que te dejen examinarte en la Universidad, que vean en ti a alguien normal. ¡Joder! Para mí tampoco está siendo fácil, ¿sabes?

—¡Mírame! No sólo estoy encerrado en una casa, sino que estoy con la luz apagada, escondido como si fuese un criminal. Esperando a una chica que cuando llega lo hace tan cansada y hasta las narices de todo que casi ni me mira. ¿Imaginabas así nuestra vida juntos? Si protegerme es dejar de quererme, no necesito que lo hagas —le repliqué sintiendo que me faltaba el aire para hablar.

—¡No dejo de quererte! ¿Es que sólo ves lo mal que lo pasas tú? ¿Y yo? ¡Pues claro que llego cansada! 

¡Llego cansada de andar de aquí para allá buscando información, resucitando a gente desaparecida, haciendo preguntas, siguiendo a algún resucitador e incluso matando si me lo piden! ¿Te crees que me gusta matar? ¡Si lo estoy haciendo por ti! —justificó.

—¿Cómo quieres que la gente me vea normal si ni siquiera puedes hacerlo tú? ¡Nunca me habías tratado como alguien tan débil e indefenso hasta que no descubriste que eras una resucitadora! ¡Te comportas como si tú fueras superior, como si tuviera que cruzarme de brazos mientras tú puedes arriesgar la vida por la mía! ¿Qué pasa si mañana vas a esa reunión y te matan? ¿Crees que van a resucitarte? ¿Has pensado que me moriría si llegara a suceder? ¿Para qué vale todo esto? Dime, joder, ¿para qué? ¿Vas a cambiar el mundo? ¿Vas a cambiar la mentalidad de la gente?

—¿Pero por qué me gritas? —me preguntó.

—¡Porque nunca has estado tan lejos! —le respondí desesperado—. ¿Me quieres? Pues entonces quiéreme, haz como has hecho siempre y no seamos dos desconocidos que viven bajo el mismo techo. No vayas a esa reunión y larguémonos a otra ciudad. Vinimos a estudiar y ninguno de los dos lo está haciendo. Vinimos a vivir juntos y esta casa es una cárcel para mí. Por favor, amor mío…

Suspiró. En su interior estaban hirviendo cientos de argumentos que justificaban lo que estaba haciendo, pero, aunque no lo dijera nunca, un pensamiento se alzaba por encima de todo lo demás “Tiene razón. Está enfermando y es motivo suficiente”.

—Está bien, mi amor. Nos iremos mañana temprano. Encontraremos un lugar en el mundo para nosotros dos.

—Ese lugar ya existe. Es un abrazo.

Me abrazó mientras sus lágrimas humedecían mis mejillas, sentí el calor de su burbuja, el olor, su tacto y la fiebre bajó.

—Busquemos un hogar, no una casa —me susurró.

Nos quedamos dormidos en ese sofá después de llamar a sus padres para que nos llevaran al día siguiente a cualquier sitio. A un lugar que no fuera una ciudad llena de resucitadores, sino un sitio más pequeño y acogedor, con poca gente. Algo parecido al lugar de donde veníamos. Ni siquiera pedíamos que los habitantes llegaran a tratarnos con normalidad, nos bastaba con que nos toleraran.

—Conocemos el sitio perfecto —nos dijo su madre.

Fuimos cogidos de la mano en los asientos traseros, como cuando éramos pequeños, y nos quedamos dormidos durante el largo viaje. Volvimos a pasear juntos con los ojos cerrados por los cuentos de nuestra imaginación, soñando que despertábamos en una luna con dunas de nieve.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

AMOR INMORTAL IX: GÉNESIS Y APOCALIPSIS

Durante días estuve recabando información acerca de resucitadores, mortales, inmortales, etc. La primera resurrección de la que se tiene constancia fue hace cincuenta y ocho años. Una viuda lloraba desconsolada sobre el pecho de su difunto marido, aunque la verdad es que era todo teatro, ya que ella lo había envenado, cuando, de pronto, éste abrió los ojos. A la mujer le dio un infarto, cuatro personas se desmayaron, unas cuantas huyeron, varias se quedaron paralizadas y unas pocas, quizá creyendo que había llegado el apocalipsis zombi, se lanzaron sobre el pobre hombre para volverlo a matar. Se analizaron pruebas médicas y se llevó a juicio al forense, pero todo quedó en anécdota periodística en pocos días. No obstante, poco a poco, iban surgiendo más casos de resurrecciones de gente que había sido asesinada e, irónicamente, resucitada por su verdugo sin saberlo. No había ninguna razón científica que explicara estos sucesos, así que se empezó a especular con ideas que iban desde que, dado que habían sido personas asesinadas, se trataba de un milagro, una especie de justicia poética, hasta llegar a pensar que esas personas eran dioses inmortales. Los crímenes de sangre se redujeron notablemente por miedo a que las víctimas regresaran de la muerte exigiendo venganza. No obstante, hubo quienes no dudaron en experimentar y en el plazo de una década, llena de investigaciones, hipótesis y teorías con sus respectivos detractores que defendían otras propias, llegó a dilucidarse qué estaba sucediendo. A pesar de ello, había cuestiones que ya nunca podrían resolverse, como cuánto tiempo hacía que el ser humano tenía ese don y cuántas personas asesinadas podrían haber seguido vivas si se hubiera sabido.

Por otro lado, la gente empezaba a morirse por mal de amor y fue lo que retrasó tantos años consolidar una teoría que explicara todo, porque si, por ejemplo, una mujer enamorada era asesinada por su marido para heredar y vivir la vida junto a su amante, esa mujer ya no podía resucitar porque tenía el corazón roto. Por otro lado, había más mortales y suponía una época de transición en la que era casi imposible dar con las leyes que empezaban a regir este mundo, por no mencionar la excepción que conformaban los resucitadores universales. Creeréis que habría surgido el dilema de amar o seguir vivo. No, de ninguna manera, la tendencia era clara: dejar de amar, sacrificar el amor, a cambio de vivir más era un precio que el mundo estaba dispuesto a pagar. Las discusiones, los debates y los gritos fueron sustituidos por los homicidios con sus consiguientes resurrecciones y, cuanto más se mataba la gente, menos capacidad se tenía de amar. Así que, llegado a este punto de mi investigación, un nuevo miedo nacía en mí: ella ya había empezado a matar. ¿Me quería entonces menos que antes? Explicaría esos momentos de frialdad y arrebatos de ira conmigo. Si seguía matando, acabaría por dejar de quererme y partiéndome el corazón. Por tanto, estaba claro por qué ella y yo habíamos contraído esta “enfermedad” mientras los demás habían logrado esquivarla. No habíamos matado en la infancia como los demás niños, no habíamos asesinado esa parte humana que nos permitía amar, no nos habíamos entregado a la violencia y al odio como los demás. Entonces… ¿si hubiésemos matado, no nos hubiésemos enamorado? No quería creerlo, porque yo lo sentía como un hechizo, una aurora mágica cuyo albor me iluminaba desde dentro, era el brillo de su mirada meciéndose en mi pecho, y ella… Ella era un punto de no retorno, algo predestinado a suceder porque no lo había elegido, sino que había surgido sin consentimiento de mi voluntad. Para mí, era un amor inmortal.

Y, sin embargo, ¿para ella sería lo mismo? ¿Lo sentiría igual que yo? Sé que lo había sentido, pero ahora estaba distinta. ¿Acaso estaba equivocado? ¿Cada vez que ella se manchaba de sangre su amor por mí decrecía? No, ella mataba por mí, para protegerme. No, la última vez no había matado por mí. Me iba a estallar la cabeza porque una pregunta tenía varias respuestas y cada una de ellas, varias interpretaciones. Ella pidió como pago que no se me matara y que no se desvelara mi existencia. Ahora, claro, una de las razones para ocultarme no era asegurar mi integridad, sino hacer creer que seguía los preceptos de los resucitadores universales y que la aceptaran para saber qué sucedía en esas reuniones sectarias. ¿Fingir mi muerte no era recluirme aún más? Evidentemente, quería satisfacer esa curiosidad, pero, a su vez, esas ansias por saber habían sido originadas al sospechar que los resucitadores estaban tramando asesinatos contra mortales como yo. ¿Pero qué la movía realmente ahora: matar esa curiosidad o defenderme?

Pocos detalles nuevos encontré sobre los resucitadores universales. Parece ser que es cierto que tienen un código, como que no pueden interferir en asuntos de otros. Es decir, si un resucitador universal mata a otra persona y se niega a resucitarla, está prohibido que otro resucitador la devuelva a la vida. El libro afirmaba por deducción que, de esta manera, el resucitador asesino debía de dejar una marca, algo que señalase a otros resucitadores que esa persona no podía volver a la vida. ¿Cuál era esa marca? Se ignoraba. No pueden interferir, pero están obligados a apoyarse. Si un resucitador universal le pide ayuda a otro, éste tiene el deber de socorrerlo. Y, por último, parece que era cierto lo que nos había dicho el hombre acerca de que los resucitadores, una vez que proponen un precio y la persona que acude a ellos acepta, no pueden negarse a cumplir la misión. Por esta razón, ella había cometido un error: los resucitadores universales no proponen el precio hasta que no ven el cuerpo, ya que puede haber sido asesinado por otro y entrarían en un conflicto. Así que aceptan o rechazan a placer las misiones que se les encomiendan, pero no proponen el precio hasta que no ven el cadáver. Por suerte, ella no había tenido que resucitar a esa chica desaparecida. Bueno, “por suerte”. ¿Qué sucede si se viola el código? También era un misterio.

Además, se dio un pequeño problema: al haber prestado de forma gratuita sus servicios a ese hombre sin exigir un alto pago económico o un gran favor, las personas que requerían de los servicios de un resucitador universal acudían a casa. Llegaban incluso de otras ciudades bastante lejanas, así que los resucitadores no debían de estar demasiado contentos al ver que ella se estaba haciendo con el monopolio. Por esta razón, llegó la tan deseada carta invitándola a una de sus reuniones extraordinarias que se celebraba en una semana.

—¿Vas a ir? —le pregunté cuando terminó de leerme la carta.

—Claro que sí —respondió convencida.

—¿Y si es para matarte porque les estás quitando clientela?

—Cariño, si quisieran matarme, ya hubieran venido aquí hace días y, aprovechando, te hubieran matado a ti también.

Tenía lógica, pero este mundo cada vez me parecía menos coherente y, conforme iban sucediéndose los días, estaba más convencida de que teníamos que fingir que me rompía el corazón y que yo me moría. Sinceramente, yo lo veía como una forma de renegar de mí, de borrarme de su vida o de ocultarme como si fuera una vergüenza. Entonces, ya no podríamos salir nunca libremente hasta que ella satisficiera su curiosidad. Ni siquiera podrían verme con ella, tendría que esconderme cada vez que alguien llamara a la puerta y, por supuesto, se habría acabado lo de columpiarnos en el patio de la casa de sus padres porque, aunque fuera en nuestra ciudad, estaba demostrado que la voz corría más que el viento. Alegué que, si fingía mi muerte, no podría terminar la carrera porque los muertos no hacen exámenes. La razón era aplastante y era lo que había evitado seguir con su plan, hasta que hubo profesores que me exigieron hacer los exámenes de forma presencial en la facultad. Fue el golpe más duro que había recibido en la vida. El hecho de no poder finalizar mis estudios, que se me negara la oportunidad de realizar una carrera poniéndome trabas y, viendo aquellas conductas, supe que, aunque me presentara, hiciera el examen y consiguiera volver sano y salvo a casa, habría sido arriesgar mi vida tontamente porque me suspenderían igualmente.

Lloré a solas aquella tarde, las lágrimas se suicidaban sobre un papel de líneas gritando tan furiosa como calladamente contra un mundo que quería precisamente eso, que gritara, que me enfadara, que me desgañitara de dolor, que me sometiera. ¿Qué haría con mi vida si no podía estudiar? La carrera había sido escogida para lograr posteriormente un trabajo que podría realizar en casa. Quería montar una consulta de psicología en casa, a pesar de odiar a los psicólogos por mis malas experiencias con ellos. ¿Qué haría entonces en esta ciudad si no podía estudiar y tampoco podía salir a encontrar trabajo? Es cierto que no necesitábamos el dinero porque ella había ganado el culto de primavera, pero quería sentirme útil, desarrollarme, quería demostrarles a mis padres que no era tan tonto como para no sacarme una carrera y necesitaba estar entretenido en casa.

—Amor, si vamos a fingir mi muerte, entonces volveré con mis padres. No puedo estar aquí escondido en esta casa sin hacer nada —le dije cuando insistió en su plan.

—¡Pero necesitamos estar juntos! Yo te quiero conmigo. No puedes irte, no puedes dejarme aquí sola y no quiero volver a pasar por esas épocas de no vernos, fiebre, malestar y sudores fríos en insomnios.

—¡Y yo quiero estar contigo! ¿Pero voy a estar encerrado en una casa en la que ni siquiera podré asomarme a la ventana por si alguien me ve? —le rebatí.

—Sólo es temporal, cariño. Después de saber cómo son esas reuniones y qué se habla en ellas, no hará falta que te ocultes más.

Entonces recuerdo que la vida se me antojó demasiado complicada, como una madeja enredada, con hilos conectándose mediante nudos de causas y efectos lógicos que saturaban y colapsaban mi mente, porque yo sólo quería una cosa muy simple: que me dejaran vivir. Mi vida, toda mi vida, se reducía a ella. Amarla era lo único que había podido hacer, aunque no de forma libre, durante todos estos años. Ella, sin embargo, no se daba cuenta de que su vida tenía bastantes más horizontes. Ella seguía paseando por las calles con ansias de descubrir nuevos rincones, tenía sus estudios, ya no era una marginada y entablaba conversaciones con compañeros de clase, la gente llamaba a nuestra puerta preguntando por ella para pedirle ayuda y salía a buscar un desaparecido o a resucitar a alguien cuyo asesino había decidido no devolverle a la vida. Se iba y me quedaba a solas en esa casa echándola de menos, deseando que volviera pronto porque ya no sabía distinguir la calma del vacío, porque, en realidad, ella sabía, que al volver, yo seguiría en esa casa, esperándola, pero yo nunca sabía si volvería esa noche, si sería asesinada, y entonces regresaba a altas horas de la madrugada, cansada, seria, apagada, sin alma y veía a esa chica vestida de negro entrar en casa como si fuera un espectro fantasmal dirigiéndose directamente por inercia a la ducha y me parecían un pasado distante e imposible producto de mi imaginación los juegos en la nieve, los cuentos que también forjaban sueños, las tardes de columpio bajo el sol, los besos dulces, los abrazos burbuja, las sonrisas atrapando la luz de la luna… Todo parecía desvanecerse convirtiéndose en un delirio frente a esa chica con la que parecía ser imposible haber vivido todos aquellos momentos maravillosos.

Yo podría aparecer muerto al día siguiente y, si algo sabía sobre la muerte, era que simplificaba el mundo. Yo era consciente de que en cualquier momento podía acabar todo para mí. Llevaban recordándomelo cada día desde que descubrieron que no era un inmortal, que era débil, vulnerable, que la naturaleza no quería que sobreviviera, que la muerte me acechaba, pero los demás no tenían esa conciencia porque tenían cientos de oportunidades para vivir, yo no. Y, si algo tenía claro, es que para mí la muerte era un motor que me impulsaba, que me motivaba porque estaba claro que yo tenía un tiempo definido para vivir que no me permitía detenerme para pensar ni dudar, tenía que ir a por lo que quería y disfrutarlo lo que pudiese antes de que alguien me matara o una bala perdida impactara sobre mi cabeza. La muerte me empujaba a llegar más vivo que nadie a mi última hora, a necesitar pensar en el último hálito “sí, he vivido”, pero para el mundo la muerte ya no tenía importancia, no había por qué precipitarse a conseguir un sueño porque hay tiempo, no hay por qué tenerlo porque se creen inmortales cuando no lo son. Es que ellos se burlaban de la muerte mientras la vida se mofaba de ellos. Para mí, lo más importante era este amor que el mundo prohibía. ¿Cómo decirles que sentía que este amor me llenaba y que prefería morir a los veintisiete años con esa sensación de plenitud, junto a quien amaba, que no a los ciento cincuenta sintiéndome vacío porque lo único que me había preocupado había sido jugar con el tiempo sin aprovecharlo? Y lo más importante, ¿cómo le explicaba a ella que, si un día había hecho soportable este mundo, ahora formaba parte de ese engranaje que lo complicaba? ¿Cómo le decía que no quería obligarla a nada, pero que ojalá vistiera de azul y que cuando me besara cerrando los ojos sintiera que estaba en la luna? ¿Cómo le confesaría que yo no era el débil, sino que era ella la que estaba siendo vencida porque veía los hilos que la movían?

Me quedé, sentí que la dejaba abandonada si me iba y, además, había concedido fingir mi propia muerte. Creí que se sentiría más feliz y por eso accedí, pero no, no era más feliz. No lo sería hasta que fuera a esa maldita reunión, aunque después no supiéramos qué sucedería si salía viva de ese claustro y se descubría que mi muerte había sido un engaño. Al día siguiente, llegó pronto a casa, hecho que me alegró porque la echaba de menos, porque era ese rayo de sol que entra por la ventana de una casa en penumbras. El motivo era que quería ensayar la escena de mi muerte, cómo montar el espectáculo, los diálogos y mi escena final hasta que mi interpretación fuera totalmente creíble. A las dos de la mañana ya me dolía el culo de haberme tirado al suelo cientos de veces. Al día siguiente, debutábamos.

Entramos de la mano a un restaurante que estaba cerca de casa porque hubiese sido mucho mejor en uno del centro de la ciudad donde nos vería bastante más gente, pero había más posibilidades de que me mataran de verdad en el trayecto. Yo, cómo no, iba vestido de blanco; ella, de negro. La reacción de la gente fue la misma que la otra vez: una mezcla de asombro, respeto por ella y malas miradas hacia mí. El plan era morirme antes de que la masa se abalanzara sobre mí, a pesar de estar con una resucitadora universal. Es cierto que teníamos más tiempo porque el colgante que llevaba imponía respeto, pero, una vez que las emociones se estabilizaran y la razón les dijera que eran mayoría, aquellos que no quisieran seguir en deuda con un resucitador atacarían como una jauría de perros. Así que actuamos rápido. Ella tiró de pronto un vaso al suelo estallándolo con furia:

—¡Estoy harta de que mi reputación se vaya a la mierda cada vez que me ven contigo!

—Pero amor…

—¿Amor? —cuestionó antes de echarse a reír con presuntuosidad—. ¿Crees que alguien como yo llegaría a enfermarse de amor por alguien como tú? ¿Amor? Eso es para débiles como tú.

Por las miradas de la gente, sus sonrisas, el deleite con el que estaban observando todo mientras me llevaba la mano al corazón fingiendo un dolor agudo y que me empezaba a faltar la respiración, supe que no me matarían porque les daba morbo ver cómo alguien moría de amor, porque era una muerte real, algo que casi nadie había presenciado. En vuestro mundo sería como ver la aurora boreal. Me dejé caer desde la silla, tan bien que mi cabeza llegó a golpear el suelo para después agonizar en el suelo con un último arqueo de espalda antes de yacer sin vida. Después ella me empezó a arrastrar fuera ante la mirada atónita de los testigos:

—Con el debido respeto, señorita. ¿Por qué no deja el cuerpo aquí en vez de cargar con él? —preguntó alguien con curiosidad.

—Soy una viuda negra. ¿No sabes lo que es? Seduzco y enamoro a mortales para después partirles el corazón. Le debo algunos favores a un colega y me pidió que le presentase los cuerpos, pero tienes razón con eso de cargar con el cuerpo. A ver, tú y el que está a tu lado, cogedlo y seguidme hasta casa.

Acataron la orden de la resucitadora universal sin rechistar. Esto no estaba planeado y temí que averiguaran que seguía respirando. Irónicamente, mi pulso se disparó y mi respiración quería ir al compás. Por suerte, sólo estábamos a cinco minutos de casa. Cinco minutos que se me hicieron una eternidad porque casi me ahogo tres veces intentando reducir la respiración al mínimo.

—Aquí está bien —dijo al llegar al umbral.

Esos dos cabrones, en vez de posarme, me dejaron caer en el suelo como si fuera un saco de patatas. Mientras se iban, ella me arrastraba dentro y después me ayudaba a levantarme tras cerrar la puerta.

—¿Estás bien, amor? Menuda hostia. Lo siento, no sabía que te iban a dejar caer al suelo.

—Para estar muerto, me duele bastante —dije intentando bromear.

Esa noche me la pasé con los ojos abiertos, sin quitarme de la cabeza las miradas de esas personas que querían mi muerte, que disfrutaban de cómo expiraba aun sabiendo que no tendría posibilidad de resucitar. Para ellos solamente era un mortal, un fallo evolutivo y un enfermo de amor siendo destruido por su arma más avanzada, un resucitador universal. Siempre me había sentido marginado e inferior, pero nunca odiado y eso que ni siquiera sabían que, si yo mataba a uno de ellos, no podría resucitar.

Ella, lejos de relajarse al ver que todo seguía según lo planeado, se estaba perdiendo. Al día siguiente, iba con la intención de decirle a algún compañero de clase que me había matado partiéndome el corazón, pero el rumor ya estaba corriendo. Tan sumergida estaba en todo este asunto, que olvidó por completo sus estudios y estaba suspendiendo todo. De hecho, me dijo que iba a dejar la carrera por empatía hacia mí, que no era justo que yo no pudiera estudiar mientras ella sí y que así pasaría más tiempo conmigo, que no le hacía falta por la recompensa que había recibido al ganar el culto de primavera. No quería que hiciera eso, pero su razón no era más que una excusa porque nunca había compartido tan poco tiempo conmigo. Las pocas veces que estaba en casa estaba absorta entre libros leyendo sobre resucitadores y la mayor parte del tiempo estaba buscando a algún desaparecido para resucitarlo y que los demás resucitadores creyeran que pertenecía a su gremio, que podían confiar en ella. No obstante, siguió sin cobrar por temor a que la carta únicamente le hubiera llegado porque todos acudían a ella. Si empezaba a cobrar, quizá le llegara otra diciendo que la reunión quedaba cancelada.


Me quedaba esperándola de noche, con las luces apagadas porque se suponía que no había nadie en casa. A veces, había sangre en su vestido y en cada espera me preguntaba si esa noche habría vuelto a matar, si era cierto que con cada muerte su amor por mí se iba disipando, si la niña que una vez fue seguía habitándola o había sido su primera víctima, si estaba enamorado de un fantasma e, irónicamente, el muerto era yo. Aunque fuera cierto, no dejaba de agradecer que hubiera llenado mi vida durante todos estos años, de dar las gracias por cada sonrisa, por cada mundo imaginario que había recorrido con ella de la mano a través de los cuentos, por cada abrazo que me había dado sacándome del mundo, por cada beso entre suspiros, por cada “idiota” dicho con cariño, por cada sueño que nacía cuando nuestras miradas brillantes se cruzaban. Sí, no me importaba si así debía de ser mi final porque, gracias a ella, me había sentido vivo, aunque a su vez pudiera acabar siendo la causa de mi muerte. Lo verdaderamente importante era ese último pensamiento: “Sí, he vivido”, pero quizá se truncara y fuera ya no un pensamiento, sino un sentimiento: “Te quiero y lo hubiera seguido haciendo durante una eternidad si hubiera vivido más”.

AMOR INMORTAL VIII: SIN INVITACIÓN

Cuando éramos pequeños e íbamos al colegio, nos cambiaban en numerosas ocasiones de aula para recibir clases especiales sobre mortalidad. Básicamente, trataban de hacernos sentir vulnerables, los peligros de salir o el estricto hábito de vestir de escrupuloso blanco mientras los demás recibían clases sobre leyes de resurrección, protocolos, etc. Por eso, por ejemplo, yo no sabía cuál era el procedimiento a seguir cuando alguien mataba a una persona en el autobús. No obstante, nosotros no éramos los únicos que recibían un trato especial, los resucitadores universales también y los apartaban en determinadas horas de clase para recibir lecciones específicas por su condición.

Ella había venido a llamarme una tarde. Mi padre le abrió la puerta, se inclinó a besarle la mano y la invitó a pasar con todo el respeto.

—Qué agradable sorpresa. Por favor, pasa. Espera, lo llamo ahora. ¡Mortalbécil, mueve el culo y baja aquí!
No había tardado nada en bajar, pero mi padre ya la había acomodado en el sillón y le había ofrecido una taza de té.

—Supongo que ya habrás recibido la carta para la reunión de Mortandad —le dijo mi padre.

—¿Qué carta? —preguntó ella con curiosidad.

Mi padre abrió los ojos sorprendido.

—¿Qué carta? —insistí yo.

—Hijo, estamos hablando los inmortales. Los resucitadores universales hacen al menos cuatro reuniones al año y una de ellas es la de Mortandad. Se envían cartas a todos los resucitadores de la ciudad para convocarlos —explicó mi padre.

—¡Oh! Esa carta —contestó ella haciéndose la despistada—. Sí, sí, claro. Por cierto, desconozco cuándo son las otras reuniones.

—Nadie lo sabe. Son secretas… —contestó mi padre desconcertado.

—Bueno, tenemos que irnos. Muchas gracias por el té —dijo ella apurando la taza.

Se levantó del sillón, me cogió de la mano y me arrastró hasta la salida. Cuando estuvimos alejados de la casa y, después de mirar en todas las direcciones comprobando que no había nadie que pudiera escucharnos, me advirtió:

—No hablemos del tema hasta que lleguemos a mi casa.

Así que pensamos. Yo, desde luego, no sabía si en realidad había recibido esa invitación porque no había dicho nada. Así que supongo que había mentido a mi padre, ¿pero por qué? Lo más preocupante de todo es que, si yo desconocía muchos aspectos de este mundo con muertes y resurrecciones (por no decir todo), ella también. El problema radicaba en que yo no tenía por qué saberlo, pero ella sí.

—No has recibido esa carta, ¿verdad, amor? —le pregunté una vez que habíamos llegado a su habitación.

—No, te lo hubiera dicho —me contestó—. Y creo saber por qué.

—Yo también. Es porque eres la novia de un mortal.

—Exacto. Me da igual si me invitan o no. La razón es por qué no lo han hecho. ¿Qué pasa en esas reuniones para que no pueda ir la novia de un mortal?

—Cariño, ya sabes que es un grupo muy selecto. Dudo de que sean reuniones en las que traman dominar el mundo —le repliqué.

—Se te olvida que son los que quieren a los mortales muertos porque son los únicos que saben que no puede resucitarse lo que ellos maten. Llámame paranoica, pero conocen cosas que los demás no y en esas reuniones se conspira contra vosotros.

—Y no te ha llegado la carta porque estás con el enemigo —concluí.

—Exacto.

Pasó Mortandad y sus padres volvieron a llevarnos a la ciudad en la que estudiábamos. Lo primero que hicimos al despedirnos de ellos fue mirar en el buzón a ver si la carta había llegado a esa dirección. No íbamos con demasiadas ilusiones de encontrarnos la invitación porque imaginábamos que se emitían las cartas con tiempo. Como habíamos supuesto, el buzón estaba vacío.

Ella había resuelto volver a vestir de negro y portar ese colgante para que vieran que se sentía una resucitadora universal, quería que pensaran que era una de ellos, necesitaba que la aceptaran y asistir a una de sus reuniones para cerciorarse de lo que se cocía allí.

—No te aceptarán mientras sepan que sigues conmigo —le dije.

Dudó un momento en si ponerse el vestido azul o negro. Finalmente, guardó el azul mientras sostenía el negro.

—Tenemos que fingir que te he roto el corazón, estás muerto y que vivo sola —me dijo.

Sinceramente, no me sorprendía nada lo que me acababa de decir y agradecí que en ese momento llamaran a la puerta. Abrió ella, con desconfianza, tras asomarse a la mirilla y abrir lentamente acariciando el mango de un puñal. Era un hombre de mediana edad, aunque en este mundo nunca se sabe.

—Por favor, mi mujer lleva dos días desaparecida —dijo entre lágrimas.

Ella se le quedó mirando con desconcierto. Ese hombre, por un momento, mudó su expresión de tristeza a la de admiración y observó, en efecto, que ella vestía de negro.

—Todos los demás resucitadores están ocupados con otros asuntos y he recurrido a ti.

Entendimos entonces que el trabajo de los resucitadores no era tan simple. La gente recurría a ellos para beneficiarse de su don, pero no era llegar, resucitar, cobrar y a casa. A veces, había que encontrar el cuerpo. Mucho más asombrado pareció al verme a mí, vestido de blanco, detrás de ella.

—De acuerdo, pasa.

Nada más cruzar el umbral, ella lo registró. Era evidente que había tenido un instinto oculto hasta la celebración del culto de primavera. Recordé su estrategia en esa competición, cómo caían sus víctimas una tras otra o, incluso, en grupo ante su habilidad. ¿Y yo había creído que podría haberla ganado en una batalla de bolas de nieve? Nunca había conocido el fracaso, por muy buena que creyera que era mi estrategia. Hubiese sido irónico haber vencido a la mayor homicida en potencia del mundo. Lo peor de todo es que nunca fui consciente de ello. Para mí sólo era una niña, incluso en la última batalla, una niña inocente jugando con la nieve, pero, hasta en esos juegos, estaba actuando ese instinto asesino y de supervivencia. Sí, era un idiota. Le sacó una daga y una cimitarra de debajo de la gabardina. Él no hizo ademán de recuperarlas y ella le invitó a sentarse, cosa que hizo vacilando tras volver a mirarme sin comprender qué hacía una resucitadora universal con alguien como yo.

—Bien —comenzó ella—, ¿tienes una foto de ella? ¿Cómo se llama y a dónde iba?

Le extendió una foto y contestó a las preguntas pertinentes.

—¿Cuál es el pago? —preguntó entonces.

—Nada —respondió ella sin pensar.

Deberíamos haber montado una consulta de psicología porque las preocupaciones de ese hombre se habían desvanecido para dejar sitio a su sorpresa.

—Perdona, ¿cómo? —inquirió seguro de que había escuchado mal.

—Nada —repitió ella—. Bueno, me basta con que no le mates a él —dijo señalándome a mí— y que guardes el secreto.

—Bien —respondió él.

—Pues entonces procura no salir de esta casa con esa cara de corzo deslumbrado antes de ser atropellado que tienes ahora. Mira amor, esa cara también es poesía —me dijo sonriendo.

—Perdona —interrumpí de pronto—. ¿Nos disculpas un momento, por favor? Amor, ¿puedes venir un momento a la cocina?

—¿Por?

—Es que me acabo de acordar de que el pez se ha ahogado y necesito que lo resucites.

—¡¿Qué pez?!

—¡Los peces no se ahogan! —intervino el hombre.

—Está bien, soy muy malo poniendo excusas. Amor, ¿puedes venir un momento a la cocina con la intención de hablar contigo sobre este asunto sin que este hombre tan amable que ha llamado a casa llevando una daga y una cimitarra no nos oiga mientras hablamos también de él a sus espaldas?

—¡Por supuesto! —respondió ella ya más convencida.

Nos fuimos a la cocina y cerramos la puerta.

—¿Qué te preocupa? —me preguntó.

—Nunca has hecho esto. Quiero decir, ¿qué sabes tú de encontrar a gente desaparecida? ¿Qué pasa si no encuentras a esa mujer? No sabemos cuál es el protocolo si fallas.

—Se lo estoy dejando gratis, no debería ponerse exigente y menos cuando ninguno de los otros resucitadores se ha prestado a ayudarle.

—Cariño, creo que yo me pondría exigente si fueras tú la desaparecida.

—Bueno, tú me quieres; él a ella, no —concluyó de manera aplastantemente lógica.

—Seguimos sin saber qué pasa cuando un resucitador falla, si es que fallan.

—¿Me has visto fallar alguna vez? Pues tranquilo y ahora salgamos. Te recuerdo que hay un cadáver a punto de descomponerse. Por suerte, es invierno y tardará más en hacerlo.

Salimos. Ese hombre seguía sentado en el sofá esperando a que regresáramos.

—¿Hay algo más que quiera saber sobre mi mujer? —preguntó.

—No se me ocurre —contestó ella.

—Bueno… —intervine—. Quizá si había quedado con alguien, cuáles son sus aficiones y cómo la definiría psicológicamente.

—Había salido a comprar, le gusta matar y, psicológicamente, es una imbécil engreída que se cree mejor asesina que yo. Aunque no sé por qué quieres saber cómo es y más cuando no creo que salgas tú a buscarla.

Puede que yo no tuviera grandes dotes como asesino ni instinto de supervivencia, pero poseía una inteligencia emocional que este mundo de asesinos ignoraba por completo. Seguí haciéndole un par de preguntas más. El supermercado estaba a un minuto andando de su casa y nadie la había visto allí. Es decir, no había ido al supermercado. Podía ser posible que le hubiese ocurrido algo en un paseo de incluso cinco minutos, ¿en un minuto en el que ni siquiera tenía que cruzar la calle? No. Ella le había mentido, pero tenía que cerciorarme.

—¿Te dijo que iba a comprar mucho y que iba a tardar, verdad?

—¿Cómo lo sabes?

Ella empezaba a darse cuenta de que no estaba haciendo preguntas a lo tonto y empezaba a dilucidar lo mismo que estaba sospechando yo.

—¿La quieres? —pregunté.

Se revolvió en el asiento. Preguntar eso en mi mundo es como si en el vuestro le preguntaseis a alguien “¿Tienes alguna enfermedad de transmisión sexual?”.

—¡Claro que no!

—Bien, porque hay dos opciones… —dedujo ella triunfante—. Una es que haya salido a matar a alguien y haya fracasado o, probablemente, tenga un amante. Lo que no sabemos es que si la ha matado el amante o se ha fugado con él.

Al considerarse el amor como una enfermedad mortal, la fidelidad no es algo común en nuestro mundo. No duele en el corazón, pero sí que hiere el orgullo.

—Hija de puta… Quiero que la encuentres igualmente. Si está muerta, quiero que la resucites para matarla yo mismo. Si está viva, quiero que la mates y me la traigas para resucitarla en casa.

—Lo siento, los resucitadores no nos dedicamos a matar ni nos inmiscuimos en esos asuntos.

—Sí, sí que lo hacéis. Ya has propuesto el pago y, por vuestro código, ya no puedes echarte para atrás.
Resoplamos mirándonos. Estuve a punto de restregarle un “te lo dije”, pero estaba demasiado preocupado por todo como para comenzar una discusión entre nosotros. Supongo que, como dijo mi padre, había que apoyarla en sus errores porque en eso consistía el amor.

Por fin nos despedimos del hombre mientras ella se preparaba para emprender la búsqueda.

—Necesito que encuentres toda la información que puedas sobre resucitadores universales. Voy a buscar a esa mujer.

—De acuerdo. Si está viva…

—Entonces, pronto no lo estará.

Me pasé la tarde entre libros y llamadas telefónicas. Pensaba que mi padre sería una de las personas que pudieran darme bastante información, pero, sorprendentemente, no fue él, sino los padres de ella y tenía sentido, eran unos rebeldes y sus motivos tendrían. Desconocían también muchas cosas, pero, si algo estaba claro, es que mi novia no era una conspiranoica, cosa que tampoco es que me tranquilizara demasiado.

Ella regresó tarde. Supe que la había encontrado por las casi imperceptibles manchas de sangre que se camuflaban en su ropa negra. Saludó sin besarme, prácticamente sin mirarme y mientras se iba directamente a la ducha me recordó:

—Sigue en pie lo de fingir que no estamos juntos.

Se cerró la puerta y se oyó el agua correr. La imaginé resbalando por su cuerpo mientras se teñía de rojo y caía por el desagüe. Pese a la ducha, sabía que no saldría por dentro tan limpia. Esa noche fue como dormir abrazado a una piedra. No hablamos del tema e intuía a su espalda los ojos abiertos, mirando por la ventana, anhelando llegar a esa luna cuya luz acariciaba ahora ya su blanca piel.


—Yo también mataría por ti —le susurré sin obtener respuesta, pero en ese momento mis manos se teñían de sangre también.

AMOR INMORTAL VII: INVIERNO

Llegó Mortandad, en vuestro mundo es Navidad. Los padres de ellos se ofrecieron para venir a buscarnos, ya que era demasiado peligroso para mí coger un autobús en esta ciudad. Sus padres, esas dos personas que habían sido más padres conmigo que los míos propios, esas personas tan amables y que tenían una ideología bastante clara de cómo querían que fuera el mundo, que nunca habían tenido una falta de educación ni un mal gesto con nadie, se llevaron una decepción cuando vieron a su hija vestida de negro. Habían comprendido que hubiese dejado de vestir de blanco porque le encantaba vestir de azul, ¿pero vestir de negro y llevar ese colgante? Nunca le dijeron nada, pero les temblaba la voz al vacilar en cómo hablarle, en cómo disimular el gran disgusto que sentían al ver a su hija tan distinta. A mí me abrazaron afectuosamente, como siempre, y nos montamos en el coche.

Fueron dos horas de viaje prácticamente en completo silencio. Nosotros, como cuando éramos pequeños, íbamos cogidos de la mano y jugando con los dedos, aunque esta vez nos mirábamos más. Por mucho tiempo que hubiera pasado con ella, su belleza me seguía obnubilando; cada vez que la veía desnuda, la contemplaba como aquella primera vez que nos quitamos la ropa juntos y cada mirada era como si fuera la primera, algo único e irrepetible. Para mí, ella siempre fue arte, una obra de arte que no me dejaba indiferente por muchas veces que la hubiese admirado. Esa belleza no era únicamente física, a través de su mirada, podía ver lo preciosa que era por dentro. Bien es cierto que sabía que no era perfecta, que a veces me había llegado a asustar, que tenía defectos, pero aquello yo lo veía como algo formidable porque no era un amor ciego, sino que era un amor consiente. Me gustaba, la quería, la amaba y la deseaba, aun sabiendo que no era perfecta porque, en realidad, no hay nadie perfecto, sólo miradores idóneos y yo la había visto desde todas las perspectivas posibles. Seguía siendo lo mejor del mundo para mí. ¿Quién sería sin ella? ¿Quizá un mortal recluido mirando por la ventana preguntándose qué se sentiría al matar? ¿Alguien que se compadecería de sí mismo por no ser como los demás? No sabría qué son los cuentos, ni qué se siente al columpiarse y nunca hubiera visto la nieve tan pura y blanca sin teñir de sangre como la vi en su patio. Nunca hubiera sido un rey, ni hubiera pensado en vestir de otros colores y, lo más importante, nunca hubiera tenido sueños. Mis únicos sueños, probablemente, fueran frustraciones, ese deseo por ojalá ser inmortal como los demás. “Los sueños pueden ser peligrosos”, me había dicho una vez, pero todo es peligroso en este mundo, aunque ella hacía que lo viera más hermoso. Es irónico cuando sólo podía verlo la mayoría de las veces a través del cristal de la ventana. Quizá no sea irónico, sino magia.

Cuando llegamos a nuestra ciudad natal, sus padres insistieron en llevarme a casa, a pesar de decirles que prefería ir andando porque hacía mucho que no paseaba por las calles.

—Está nevando y llevas una maleta —intentó convencerme su padre.

Finalmente cedí, más que nada porque noté que había más que un simple favor en llevarme a casa. Así fue, detuvieron el coche y se giraron desde los asientos delanteros para mirarme.

—¿Qué tal te va allí? —me preguntó su madre—. Supongo que sea durísimo para ti…

No sabía cómo decir la verdad sin preocuparles y, por un momento, pensé en mentir, pero siempre odié hacerlo y, además, no hubiese sido creíble.

—Sí es más duro, pero me estoy adaptando y no lo llevo tan mal.

—¿Por “adaptando” quieres decir “recluyéndote”, verdad? —me preguntó su padre con una de esas sonrisas que transmiten tristeza.

—Más bien, “sobreviviendo” —respondí con otra sonrisa, más sincera.

Suspiraron. Esas dos personas inmortales que vestían de blanco me querían, se preocupaban por mí y allí estaba, teniendo una conversación que debería haber tenido con mis padres, pero que nunca existió. Indudablemente, también estaban preocupados por su hija.

—¿Y ella?

¿Cómo decirles que a veces temía que acabara siendo tan homicida como los demás? ¿Que la mayoría de la veces veía en ella a un ángel, pero que había momentos en los que la envolvía una oscuridad que no había visto en la vida?

—También se está adaptando —respondí de la forma más sincera que pude sin traicionar su intimidad.

—Estamos muy preocupados por vosotros. Para nosotros, eres como un hijo —comenzó a decir él—. Imaginamos que no debe de ser sencillo para ninguno de los dos. Tú encerrado en una casa y ella… Ella ha cambiado tanto... Lo notamos en su voz, en ese colgante que lleva ahora al cuello, en sus vestidos negros…

—Hemos fallado como padres —prosiguió su madre—, pero sabemos que eres un buen chico, que no dejarás que se pierda.

Asentí en silencio. Ellos volvieron a mirar hacia adelante y el coche rugió antes de continuar. “Si llega a perderse, será precisamente por mi culpa” pensé en lo que quedaba de viaje.
Esa noche la pasamos cada uno con su familia y dormimos en nuestras respectivas casas. La eché de menos, la cama parecía más grande; la noche, más oscura; las sábanas, más frías y la fiebre me había subido como si hubiera estado cinco días sin verla.

La tarde siguiente fui a su casa y me recibió vestida de negro.

—¿Qué haces vestida de negro aquí? Te queda bien el azul.

Me invitó a entrar con una sonrisa y me dijo que esperara mientras se cambiaba. Volvimos a merendar magdalenas de chocolate y a ensuciarnos con el chocolate entre risas.

—¿Una guerra de nieve, reina del Invierno? —le pregunté.

—¿Es una sublevación, rey de la Primavera?

—Sólo un duelo por los Juegos de Invierno.

—Está bien —respondió con una sonrisa—, pero no olvidéis que en mi reino siempre es invierno.

La reina del Invierno volvió a situarse tras el sauce llorón, no sin antes sacudirlo para evitar ser sepultada como la primera vez. Al caer la nieve, le había quedado una buen muro de protección. Yo no pude hacer lo mismo con el pino porque la nieve ya había caído.

—¡Preparaos para ser derrotado! —me gritó ella tras el árbol.

—¡Esta vez no habrá piedad! —le contesté.

Ahora teníamos la fuerza suficiente como para lanzar las bolas y alcanzarnos desde cualquier punto del patio. No había terminado de hablar y una bola me había rozado la cabeza. Así que no tenía sentido avanzar ni había oportunidad de levantar fortalezas. Lanzamos las bolas con gritos de guerra que siempre impactaban contra uno de los árboles tras los que nos protegíamos. Exigía venganza, necesitaba volver a recuperar el prestigio y orgullo que había perdido en aquella batalla, pero la reina del Invierno sabía lo que se jugaba en este duelo. Intentamos acertarnos cuando nos asomábamos para lanzar una bola, pero también éramos rápidos de reflejos. Entonces vi cuál debía de ser la estrategia. Nuestra única protección eran dos árboles, debía reservar la nieve que había tras el mío mientras ella desperdiciaba la que había tras el sauce. Llegado el momento, no le quedaría más remedio que salir de su socaire para abastecerse y ese sería mi momento para atacar. No obstante, tenía que disimular, puesto que la reina del Invierno no era tonta. Ella se asomaba en un intervalo de tres a cinco segundos, espacio de tiempo que aprovecharía para hacerle ver que mi idea era ir corriendo para protegerme tras la casa, aunque era imposible llegar en tan poco tiempo quedando expuesto. Esa reina del Invierno tenía una puntería endemoniada, entonces me pillaba corriendo hacia la casa a escasos pasos de mi pino, instante en el que lanzaba dos o tres bolas mientras regresaba a la protección del árbol. Casi me dio en varias ocasiones. Era una estrategia muy arriesgada, pero yo no tenía nada que perder y mucho por recuperar.

No debía de tener ya muchas reservas de nieve y esperaba a que se asomara para lanzarle bolas como al principio y ocultar ya totalmente mi estrategia, pero no llegó a asomarse. Creí que la reina del Invierno se había quedado ya sin nieve cerca y se daba cuenta de que estaba perdida. Probablemente, estuviera paralizada pensando en cómo volver a rearmarse. Esperaba un intento desesperado por parte de ella de salir corriendo hacia algún lugar o al menos alejarse, aunque quedara a descubierto, pero no hubo ni un solo movimiento. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al pensar que quizá le hubiese dado tiempo a llegar a protegerse detrás de la casa, que ahora la estaba bordeando y que podía sorprenderme por un lateral.

—¡Rendíos ahora, reina del Invierno! —grité para que contestase y tenerla localizada.

Al no contestar, aumentaron mis sospechas de que estaba rodeando la casa. ¿Y si era una trampa? ¡Maldición! Aproveché que no se asomaría para ir silenciosamente hacia la pared de la casa. Mejor encontrarla de frente y medirnos en igualdad de condiciones, confiaba en mi rapidez a la hora de abatirla. Quizá cayéramos los dos, pero no estaba dispuesto a perder esa batalla que era más que un juego de invierno.

Avancé intentando hacer el menor ruido posible, la nieve crujía un poco bajo mis pies, pero el aire bufando en las orejas tapaba el sonido. Seguí, lentamente, con una mano alzada esperando que doblara la esquina para alcanzarla.

Entonces, una milésima de segundo antes de sentirlo en la espalda, sentí la necesidad de girarme por instinto al pensar que ella podía haber estado siempre detrás del sauce y que había avanzado en dirección al pino para atacarme por la retaguardia. La bola estallaba en mi espalda en ese momento mientras me giraba y la miraba con otra bola preparada en la mano.

—Pero… —dije con un hilo de voz antes de caer al suelo.

Ella se acercó, segura de sí misma mientras rezaba por que le cayera nieve del tejado, pero los dioses no estaban esta vez de mi parte. Se puso de rodillas a mi lado y se inclinó mientras me acariciaba el pelo.

—Sois un idiota… Mi idiota… —me susurró antes de besarme—. La herida no es grave, no he lanzado con mucha fuerza, y puedo curaros.

—Sois misericordiosa, mi reina —le dije entrecortadamente.

—Por supuesto, pero puede ser mortal si seguís perdiendo sangre. Os sanaré si renunciáis al trono.

—¿Qué cargo tendré entonces? —pregunté.

—General de mis tropas —me contestó.

—Un perro… El perro de la reina… —suspiré.

Medité por un momento en renunciar a la vida. Supe en ese instante que siempre había algo que perder y, que si alguien piensa que no, es porque no sabe lo que tiene. No obstante, si moría, no volvería a verla. Amaba a mi enemiga, a esa reina del Invierno por la que había renunciado a los colores de la primavera.

—Acepto —contesté resignado.

—Os hubiese salvado igualmente —confesó—. No podría vivir sin vos…

Volvimos a besarnos dulcemente, la tiré sobre mí mientras gritaba entre risas que estaba demasiado herido para ello.

—Y yo podría morir por vos las veces que me pidierais, mi reina.

Rodamos por la nieve entre besos y risas hasta que sus padres nos llamaron para cenar. Había perdido una guerra, pero había conseguido algo que nadie más podría tener: a ella. Bueno, y tener catarro. 

AMOR INMORTAL VI: MONSTRUOS

La principal diferencia que existía entre la ciudad de la que proveníamos y en la que estábamos estudiando era que esta última distaba mucho de ser esa pequeña y acogedora urbe natal en la que nos habíamos criado. En ella, todo el mundo nos conocía y conocían a nuestros padres, las cosas eran bastante más sencillas y sin resucitadores universales exigiendo mi muerte. Por decirlo de alguna manera, en nuestra ciudad natal nos dejaban ser, nos dejaban nuestro espacio y no corría tanto peligro cuando iba a su casa o a clase porque nos toleraban, aunque fuera a regañadientes. En la ciudad en la que estudiábamos todo era muchísimo más complicado, nadie nos conocía y no importaba que un mortal apareciera en un solitario callejón porque nadie tenía una amistad con sus padres, ni nadie le conocía y los resucitadores universales no eran tan amables como en nuestra ciudad. Aquí no había tolerancia ni piedad.

—Hay una cosa que no te he enseñado —me dijo ella una noche—.

Por un momento, pensé que podía ser otra cicatriz de una herida mortal, pero deseché inmediatamente la idea, ya que no había vuelto a llegar tarde y antes de irse a clase no le había visto ninguna.

—Espero que no sea una nueva pizzería —le dije bromeando.

—No, idiota. Espera —me dijo sonriendo.

Subió las escaleras hacia la habitación y volvió con un colgante. La cadena era de oro blanco, con una esclava engarzada que iría por detrás del cuello con el nombre de nuestra ciudad, un año y un número, y colgaba una especie de diamante negro de tres caras que se iba estrechando hasta acabar en punta.

—¿Qué es esto? —le pregunté.

—Me lo dieron por haber ganado el culto de primavera. Es un colgante que me identifica como la ganadora de la competición de este año en nuestra ciudad con todas estas muertes. Da prestigio, quizá nos hubieran dejado en paz si lo hubiera llevado conmigo cuando salimos juntos.

Lo primero que pensé fue en por qué no lo había puesto nunca y, lo segundo, es que se había cargado a doscientas diecisiete personas de las cuatrocientas que participaban en el culto, sin haber jugado antes a matarse, sin haberse entrenado nunca para ello y pensando que era una mortal hasta dos semanas antes del evento. ¿No era increíble? ¿Qué hubiera pasado si hubiera empezado a matar a la edad de los demás? ¿Si no hubiera tenido unos padres tan rebeldes a los ojos de esta sociedad homicida? Un escalofrío recorrió mi cuerpo y otra vez ese pensamiento de culpabilidad que me decía que, si no fuera por mí, su vida no sólo sería mucho más sencilla y llevadera, sino una de las más acomodadas. Las personas luchaban y envidiaban lo que ella había conseguido y, al mismo tiempo, eso las irritaba porque estaba desaprovechando todo por mí.

—¿Por qué no te lo has puesto nunca? —le pregunté.

—Me recuerda a toda la gente a la que he hecho daño. Tengo sentimientos encontrados… Aún recuerdo cuando con cuatro años te dije que dejaría de ser tu novia si eras capaz de hacerle daño a alguien, pero nuestra vida fue mucho más fácil desde el culto. Creí que aquí también lo sería. Quizá nunca deberíamos habernos ido de allí. He sido una egoísta viniendo a estudiar a esta ciudad, pero puede que todo resulte igual de sencillo si llevo este colgante.

Me agitaba por dentro, algo me sacudía el interior y se revolvía como un dragón que acababa de despertarse en la guarida de mis entrañas.

—No lo lleves, por favor. No, si te va a llenar de remordimientos al recordar lo que hiciste aquel día —le supliqué.

—¿No lo entiendes, amor? ¡No quiero que te quedes en casa! ¡No es justo que la persona con la que quiero salir a descubrir esta ciudad tenga que refugiarse y esté estudiando a distancia con un teléfono cerca! ¡Me siento mal saliendo y andando con total libertad mientras tú tienes que permanecer encerrado aquí como si el monstruo fueras tú! ¡Los monstruos son ellos!

Guardé un momento de silencio mientras mi pensamiento ordenaba las palabras adecuadas.

—¿Recuerdas que tu primer sueño era vestir de azul? ¿Que no querías que la gente se matara, que no era normal? ¿Que querías estudiar esta carrera? Y ahora vistes de negro, quieres llevar ese colgante que es una forma de presumir que eres la mayor homicida de nuestra ciudad y, porcentualmente, probablemente del mundo y ahora dices que hubiese sido mejor no haber venido, aunque eso te impidiera estudiar lo que querías. ¿Tú también entiendes lo que te quiero decir?

Volvió a ella la ira y la frustración, dejó salir esos demonios que le quemaban dentro, el negror a su mirada, la oscuridad sin estrellas a su pelo y la tensión a sus labios que se apretaban antes de disparar las palabras que se agolpaban tras ellos.

—¿Qué debo hacer? ¡Joder! ¿Tengo que hacerme la gilipollas y fingir que no ocurre nada, que llevamos una vida completamente normal? ¡No tienes ni puta idea de cómo funciona el mundo porque estás encerrado en una torre de marfil! ¡Los sueños cambian, maldita sea! ¡No, no me hace gracia haber cambiado el azul por el negro! ¡No estoy orgullosa de haberme cargado a esos cabrones! ¡No quiero dejar la carrera para volver allí, entre otras cosas, para no echar a la hoguera a tus padres!

Noté el sudor, me sentí ese niño que se aferraba a la silla del despacho del director mientras su padre le gritaba por ese primer beso de amor, pero esa niña ya no estaba a mi lado, sintiendo que me apoyaba.

—¡Pero no voy a consentir que el mundo te venza! ¡Y no es que te venza, es que te estás dejando ganar! ¡No puedo soportar esa pasividad con la que permites que te marginen, esa docilidad con la que dejas que te aplasten! ¿Pues sabes? Si tú no quieres, vale, pero yo estoy en mi puto derecho de hacer todo lo posible para que no sea así.

Y mis demonios salieron también, ese niño se iba transformando en monstruo a medida que soltaba sus temblorosas manos del asiento para ser dos firmes puños que golpeaban la mesa con fuerza mientras ella me miraba perpleja después de haberse asustado por la violencia.

—¿Y tú no te estás dejando ganar? ¿No has matado como los demás? Dime, ¿estaríamos teniendo esta discusión si fueras como yo? ¡Te hubieras quedado en casa como hago yo diciendo que la gente es gilipollas y que está loca! ¿Quieres que me quede de brazos cruzados mientras veo cómo dejas de ser tú para acabar siendo como ellos? ¡Joder, dime! ¿Qué pasa si ese colgante les importa una mierda y las personas que deben un favor a un resucitador universal se lo pasan por el forro? ¡Es sólo un puto colgante, no un tanque blindado!

—¡Nunca lo sabremos porque no quieres probar! ¡Eso es lo que me jode! ¡Que no quieres intentarlo! —me gritó.

Y se levantó de la mesa, con los puños apretados dispuesta a salir de casa.

—¿A dónde vas? —Le dije.

—¡Yo sí puedo salir! —me contestó antes de abrir la puerta y desparecer tras un portazo.

Yo también salí tras ella. Sabía a qué salía, pero una parte de mí no quería aceptarlo y evitarlo era la única forma que tenía de no constatarlo más tarde. Mi ira se aplacó, la suya no.

—Vuelve a casa y no me esperes despierto, cariño, y no ladres muy alto para no molestar a los vecinos —dijo con sarcasmo.

La agarré por el brazo y la volví hacia mí.

—Hay algo que no sabes... Quizá sea un rumor… Vamos a casa, sólo diez minutos. Después, si quieres salir, sal.

—¿Me estás dando permiso para salir? —me preguntó amenazadoramente.

Controlé la ira que volvía a apoderarse de mí.

—Amor… —dije dulcemente—. Sólo te digo que entres en casa para decirte algo.

—Dímelo aquí.

Respiré hondo, si seguía presionándola para volver a casa, temía que siguiera andando y se fuera.

—No sé muchas cosas de este mundo… —comencé a decir.

—Ni puta idea tienes —contestó.

No sé en vuestro mundo, pero en el mío, ya la hubieran matado y resucitado sólo para volver a matarla treinta veces en cinco minutos.

—Estuve leyendo muchas cosas y, no es seguro porque no hay pruebas, pero puede que sea el mundo quien deba temerme a mí.

Resopló incrédula para lanzar una falsa risa y empezó a caminar sin hacerme caso.

—¿Sabes que no hay ningún mortal que haya matado a un inmortal? —dije siguiendo su paso apurado.

—Vuelve a casa —insistió mientras seguía acelerando la marcha—.

—¡Tal vez no se pueda resucitar a quien yo mate!

Entonces se detuvo en seco y me miró con sorpresa.

—Vamos a casa y lo hablamos. Por favor, cariño… —le supliqué.

Al final cedió y volvimos a casa. Nos sentamos en el sofá mirándonos a los ojos y le cogí la mano con dulzura.

—Explícate —me pidió.

—Es posible que, al igual que un mortal no puede ser resucitado, tampoco pueda resucitarse lo que él mate, que nada pueda alterar las acciones de alguien como yo. No se sabe a ciencia cierta y sólo lo he encontrado en una referencia, pero es posible que sea la razón por la que algunos resucitadores universales piden nuestra muerte.

—Tiene que ser una broma —me dijo asustada.

Lo único que mata un mortal es una rata a la edad de tres años para ver si puede resucitarla. Mi rata nunca resucitó y, evidentemente, no llamaron a un resucitador universal para hacerlo. Después, nos visten de blanco, nos recluyen, nos meten miedo y estamos más preocupados de que no nos maten que de cualquier otra cosa. La presión social es abrumadora y tampoco tenemos el instinto de matar como los inmortales. Por eso ningún mortal había matado nunca, siempre se ha creído una víctima vulnerable del mundo y piensa en defenderse en vez de atacar. Sin embargo, ahora tenía una resucitadora universal a mi lado.

—Mañana iré a comprar una rata a primera hora para que la mates y comprobar si yo puedo resucitarla —me dijo.

La esperaba nervioso. Ni siquiera sabía qué era mejor, si la rata resucitara y todo siguiera como hasta entonces, o el gran cambio que suponía que ella no pudiera devolverla a la vida y se sintiera mejor al ver que la gente debía tenerme miedo. No obstante, eso me hacía pasar de ser un bicho raro a un arma mortífera, un monstruo. ¿Ella tendría miedo? ¿Cómo reaccionaría? ¿Sería algo que le incitara aún más a que yo saliera de casa? No, si el mundo descubría que lo que mata un mortal no se puede resucitar, nos exterminarían a todos y el odio sería mayor. ¡Me odiarían aún más y una de las cosas que más me preocupaba también era que no sabía cómo acabaría con la vida de una rata!

No había ratas y trajo una cobaya. Me encantaban las cobayas.

—Quizá sea mejor que nunca lo sepamos.

—No seas idiota, amor. Hay que saberlo.

—¿Has visto la cara con la que me mira y esos ojos negros y tristes? Nos la podíamos quedar…
Ella negaba con la cabeza.

—Mira, cariño. Te conozco, nos quedaríamos con la cobaya y yo iría a por otro bicho repugnante al que tampoco te atreverías a matar y que querrías quedarte y así sucesivamente hasta que esto pareciera un zoológico. Puede que sea una chorrada, sea capaz de resucitarla y te la puedas quedar. Eso sí, no me la acerques porque le arrancaré la cabeza a ella y después a ti —me dijo tendiéndome un cuchillo y sosteniendo la cobaya sobre la mesa.

No podía creer que me estuviera alentando a que atravesase a ese pobre animalito. Ella siempre había adorado a los animales y estaba convencido de que no le importaría que no la matara. De todas formas, no podía echarme atrás después de haberle contado mis sospechas para luego dejarla en ascuas. Cogí el cuchillo y lo sostuve con dudas. En un primer momento, tuve el impulso de atravesarla despacio, como si haciéndolo con cuidado y dulzura pudiera dolerle menos. “No seas idiota”, me dije.

—¡Venga, amor! —me dijo impaciente.

El cuchillo cayó con fuerza sobre el pequeño cuerpo y después cerré los ojos. Sentí a través del mango cómo el filo penetraba en aquel pequeño cuerpo, su calor, las convulsiones, el dolor, como si el metal fuera un conductor entre el animal y yo.

—Cariño, si sacas el cuchillo para que se desangre más rápido, mejor.

Entonces, sin pensar, sí que retiré el cuchillo despacio… lento… con todo el cuidado del mundo…

—Ya puedes abrir los ojos —me dijo.

Puso su mano inmediatamente sobre el pecho de la cobaya. No pudo devolverle la vida.

—Joder… —susurró ella levantando la mirada para fijarla en mí.

—Igual hay animales a los que no podéis resucitar.

—Cariño, resucitamos hasta plantas… Tiene que haber algún modo de usar esto a nuestro favor.


Aquella noche no dormimos ninguno de los dos. Empezaba a pensar que la noche albergaba monstruos, pero que el amor los creaba. A pesar de ello, también sabía algo más a ciencia cierta: que siempre nos querríamos si esos niños vestidos de blanco que se habían conocido con seis años aún vivían en nuestro interior mientras se columpiaban mirando la luna.