jueves, 27 de octubre de 2016

CLASE

Dick no era guay. Yo tampoco, pero Dick era subnormal o retrasado mental o algo. Los que no somos guays no jugamos bien al fútbol y por eso Dick y yo llevábamos un balón y jugábamos en un rincón del patio nosotros dos solos. Él siempre era el portero, decía que era Casillas y yo Cristiano Ronaldo. Empezamos usando como portería dos piedras, pero había demasiadas discusiones sobre si mis goles habían sido altos o habían entrado por la escuadra con una precisión animal, así que dibujamos una portería con tiza.
Así nos pasábamos los recreos, con un balón de mierda que se volaba con el viento. Los dos raritos, los que no molaban. A veces, venían a quitarnos el balón y Dick lloraba llamando a su madre. No podría describir lo que me producía ver a Dick de aquella manera, era una mezcla entre tristeza y vergüenza ajena.
Un día había metido un gol de liga, de Champions. Dick gritaba que había sido de punterolo y yo le gritaba que había sido con el empeine. La puta desgracia es que había rebotado el balón y le había dado a un chaval de los mayores, sería de 2º de la E.S.O., en toda la puta cara. Creí que al ser un balón de mierda que no pesaba una cagada, no le habría hecho daño y que, como mucho, el chaval le daría una patada para que fuéramos a buscarlo a casa Dios. Pero Dick, el subnormal de Dick, se río a carcajadas mientras le señalaba con el dedo. El chaval nos miró:
—¿Quién ha sido el gilipollas?
Dick dejó de reírse y me señaló con el dedo. Tragué saliva, sabía que iba a cobrar. Ese chaval que me sacaba dos putas cabezas vino corriendo para saltar sobre mí y empezar a meterme puñetazos. Dick empezó a gritar y yo a ver muchos pies a mi alrededor que producían un gran tumulto:
—¡Dale! ¡Vamos, Chuck! ¿A quién le está partiendo la cara?
—¡Es el amigo del subnormal! ¡Es Jake!
Y risas… Y burlas. Después oí la voz de un profesor de guardia que nos separaba.
—¡Chuck! ¡Déjalo! ¡Vamos!
Ese profesor cogía a Chuck para separarlo. Dick lloró y gritó “Mamá”. Todos se rieron.
—¡Venga, Chuck! ¡Vete para allí! ¡No te acerques a él! ¿Me has oído?
Chuck se fue junto a otros. Los demás me miraban, algunos entre risas; otros parecían un poco espantados. Estaba sangrando como un cerdo.
—¿Cómo te llamas? –Me preguntó el profesor.
—Jake.
—Jake, ¿estás bien? Tienes que lavarte.
—Sí, sí. Vale.
—Voy a buscar al tutor de ese animal para que hable con él y con sus padres.
—No hace falta. No quiero más jaleos, profe.
Y se fue para hacer lo que le salió de los cojones. Cinco minutos más tarde vi cómo se acercaba Betty. Betty era la tía más buena que había en clase, era la que tenía las tetas más gordas. Nunca pensé que fuera a hablarme en la vida, creí que había que ganar peleas para que las tías se te acercaran. Se inclinó sobre mí. Olía bien, no olvidaré ese olor en la vida.
—Chuck dice que a la salida te espera.
Joder, me cago en la puta. ¿No me había ahostiado ya lo suficiente? Se me paró la respiración y el corazón galopaba a toda leche en mi pecho. Mierda… Ojalá estuviera en Bachillerato en vez de en 1º de E.S.O. Le iba a reventar la cabeza a ese mamón. Dick se sacó la polla y empezó a meneársela mirando a Betty. Ella gritó, la gente se rió y otro profesor de guardia vino a recoger a Dick para llevárselo sin antes decir:
—¡No os riais! ¿No veis que tiene problemas mentales?
Dick lloró porque pensó que le iban a echar la bronca. Simplemente, le estaban diciendo que eso no se podía hacer. Pero él siempre quería agradar a todo el mundo y, qué hostias, él no sabía por qué cojones estaba mal hacerse una paja mirándole las tetas a Betty.
Sonó el timbre y fui a lavarme para después ir a clase. Entré tarde, por supuesto. Todos estaban sentados mientras el profesor explicaba. Hubo un silencio de muerte cuando entré con mi cara amoratada, después susurros. No pude concentrarme en nada de lo que estaba explicando el tío ese sobre mates y fracciones.
—¿Lo habéis entendido?
—Yo no —dijo Dick.
Los demás se rieron.
—¡Silencio! Dick, tú no tienes que entenderlo. Haz los ejercicios de sumas y restas que te he dado.
Dick contaba con los dedos cuchicheando números.
—Haced los ejercicios de la página 42.
—¿Todos, joder? —Dijo alguien.
Ese tío me iba a matar. Y no sé cómo cojones se hacía esta mierda de las fracciones. ¿Para qué cojones valía saber sumar fracciones? ¿Me va a ayudar a partirle la cara a Chuck? Joder, me va a fraccionar a hostias. En dos horas me fracciona.
—Jack, sal a hacer el primer ejercicio.
Venga, no me jodas… Me levanté con el cuaderno. Miré la hoja, en blanco. No sé para qué llevaba el cuaderno. Iba copiando el ejercicio en la pizarra mientras el de la fila de delante me susurraba que me iban a partir esa cara de gilipollas que tenía a la salida. El subnormal de al lado se reía. Fantaseaba con darme la vuelta y tirarle el borrador en la cabeza, abrírsela de una buena hostia mientras yacía tirado en el suelo ahogándose en su puta sangre. Pero tenía cosas más importantes en la cabeza, como intentar saber cómo coño se sumaban 2/4 con 5/6. Sumé 2 y 5 y 4 con 6, escribiendo como resultado 7/10. La gente se rio llamándome gilipollas, el profesor pidió silencio a voces. Una vez todos calmados, Dick habló:
—Tenías que haber dicho que no lo entendías.
La gente volvió a reírse. Y normal, si no entiendes algo, pues te callas la puta boca y así no pareces subnormal, como Dick.
Tampoco me cosqué de la clase de Lengua y, mucho menos, de la de Conocimiento del Medio. Estaba sudando. Sólo quedaban diez minutos para que sonara el timbre. Todo el mundo estaba deseando que sonara el timbre, se notaba en los nervios, en cómo iban recogiendo poco a poco y el barullo iba en aumento. Yo no había tocado nada. Tal vez, si tardaba en salir, el tío se cansara de esperarme y lograra sobrevivir. A dos minutos de que sonara el timbre el jaleo de un viernes a última hora era un caos. Sonó la campana… Todos se fueron corriendo y yo empecé a recoger lentamente. Un boli… Un lápiz… Una goma… El libro… El cuaderno… A cerrar la mochila… Había tardado dos minutos, joder… Salí de clase. Los pasillos estaban ya vacíos. Bajé las escaleras lentamente. Aún me dolía la mitad derecha de la cara, así que esperaba que me diera en la de la izquierda. Bajé las últimas escaleras para dar unos agonizantes pasos por el pasillo que me sacaba del insti. Me acercaba a la salida. Mierda… Estaba lleno de gente gritando mi nombre y el de Chuck. La gente me zarandeaba y me empujaba al centro del círculo. Sabía que nadie iba conmigo porque no tenía quien me sujetara la mochila y tuve que dejarla en el suelo.
Con el primer puñetazo que me había dado en la nariz, caí al suelo. Mis lágrimas caían conmigo. “No llores, mierdas. No llores” me decía a mí mismo. Me levantaron y me empujaron hacía él, hacia sus puños. El golpe esta vez fue hacia la boca, volví a caer al suelo. Notaba el sabor a sangre. Las lágrimas caían sin mi consentimiento y mi cuerpo asumía la derrota, mi mente también. “No llores, no llores”, pero la sal de las lágrimas se mezclaba con la sangre de mis labios. Escupí un diente. Después sentí durante una eternidad las patadas de Chuck en mis costillas hasta que, de pronto, todo acabó. La gente se fue. Pude notar el aire hurgando en mis heridas.
Dick se me acercó y se puso de cuclillas sobre mí.
—Jake, ¿has ganado? No podía ver nada.
—No, Dick. ¿Tengo pinta de haber ganado?
Me ayudó a levantarme como pudo. Me dolía tanto todo que no lograba sentir nada. Después Dick cogió mi mochila y me la llevó. Mi orgullo había quedado allí. Evidentemente, la pelea no era lo único que había perdido, también había perdido el autobús. Dick me acompañó durante quince minutos mientras canturreaba dando patadas al balón que llevaba en una bolsa de plástico.
—Tu mochila, Jake.
—Dámela el lunes en clase.
—Jake, ¿y los deberes?
—Que le den por culo a los deberes.
Se me quedó mirando un rato, con cara de asombro. Después se fue corriendo con su mochila, la mía y el balón. Los otros tres cuartos de hora los hice a pata hasta el barrio. Antes de llegar a mi calle, vi que no había nadie, y lloré aún temblando de miedo sentando en un portal. Ese tío me había partido la cara en el recreo y a la salida. ¿Y si ese capullo quería volver a darme de hostias el lunes?
—¡Jake! ¡Eh, Jake!
Me sequé las lágrimas en un acto reflejo y me puse de pie. Era Walter.
—Jake, joder tío… ¿Qué te ha pasado, colega?
—Un chaval me ha ahostiado. Dos veces.
Me miró atentamente la cara. No parecía preocupado. Walter había visto mucho de eso y no estaba ni impresionado. Se sentó en el portal y sacó para hacerse un peta.
—¿Te duele, tío?
—No, tío. ¿Puedes partirle la cara tú? Es mayor que yo, encima repetidor. Tú tienes ya 17. Le reventarías la cabeza a ese maricón.
Se rio.
—Joder, macho. Que se me va a caer esta mierda —dijo entre carcajadas—. No puedo Jake, acabo de salir del correccional hace pocos meses y no puedo meterme en jaleos, tío.
Terminó de liar el peta. Le dio una calada y me lo pasó.
—Toma tío, te quitará el dolor.
Dudé un momento.
—Joder, macho. ¡No seas marica! ¿Sabes por qué te ha ahostiado el mierdas ese? No porque sea mayor, sino porque tú eres muy pequeño. Haz cosas de mayores, joder. Peléate más. Necesitas entrenar. Mira, mi padre me metía unas palizas de muerte hasta que tuve huevos y le metí esa puñalada. Tres años de correccional y ya estoy aquí, pasando hierba, ganando mi pasta. Y no he vuelto a saber una mierda de mi padre. No tendría huevos ahora a venir a tocarme los cojones. Me he comprado una moto. Cuando tengas los 16 podrás dejar de estudiar y conseguir pasta como yo, pero que no te toquen los huevos mientras. Así que fuma y cállate, joder.
Lo admiraba. Con moto, con pasta y, encima, ni su padre había podido con él. Más las peleas que tendría en el correccional. Le di una calada al peta. Noté el humo en el pecho y lo solté tosiendo.
—Despacio, tío. Venga, vete a tu puta casa y aprende a pelear. Entrena, joder. Y te daré una vuelta en moto.
Me fui a casa un poco mareado. La cocina estaba como por la mañana: con botellas vacías y ceniceros llenos. Mis viejos estarían durmiendo aún el pedo. Prefiero tener unos viejos que pasen de mí que unos como los de Walter, qué puta suerte tengo para algunas cosas. Saqué unos sanjacobos congelados y los metí en la freidora. Walter tenía razón, tenía que entrenar y pelearme más para tener más experiencia. No pude comer los sanjacobos de lo que me dolía la boca y tomé un Cola Cao. Después me tiré en la cama a dormir. No sé cómo Walter podía mantenerse en pie fumando maría. Sí lo sabía, porque él era un tío duro.
Al día siguiente me llamó Dick por teléfono para salir a jugar a fútbol. Le dije que vale, que me esperara donde siempre. A él sus padres no le dejaban entrar a mi barrio. Tenía el balón en esa bolsa de plástico medio rota a la que le daba patadas.
—Dick, tenemos que entrenar para saber pelear.
—Yo quiero jugar al fútbol.
—Dick, tío. Ayúdame a pelear, podemos practicar juntos. Después jugaremos a fútbol.
—¡Yo quiero jugar al fútbol ahora! —Gritó llorando.
—Tío, tío. Tranquilo, ¿vale? Primero entrenamos y después jugamos al fútbol. Si tú no entrenas conmigo, yo no juego contigo.
—Vale…
Nos fuimos a un descampado que había. Nos pusimos uno frente a otro. Yo levanté los puños, él se quedó sujetando la bolsa con el balón mirándome con cara de conejo deslumbrado antes de ser atropellado.
—Dick, joder. Suelta el balón.
—¿Me vas a pegar?
—¡No! Sólo en broma.
Soltó el balón y puso las manos como yo. Le di con el puño cerrado y muy suave en la mejilla.
—¿Ves? ¿Te he hecho daño?
—¡No! —Dijo sonriendo.
Ese subnormal se había reído indestructible, que los golpes no le hacían daño o que tenía superpoderes. Creía que los golpes eran los de las peleas y me había dado un puñetazo. Me había tirado al suelo. Él saltaba gritando que había ganado.
—¡Y una mierda!
Me levanté y me abalancé sobre él tirándolo al suelo. Entonces lloró mientras no dejaba de reventarle la cara a puñetazos. Su cabeza rebotaba contra el suelo. Dejó de llorar, pero yo no podía parar. La rabia de haber sido mínimamente humillado por ese subnormal, la ira, el poder de ver cómo mis manos tenían la fuerza para doblegar a alguien... Nunca había sentido eso. La cara de Dick ya no era ni reconocible, pero ya no era Dick, no para mí. Yo nunca le hubiera hecho eso a Dick.
De pronto, alguien gritó y me cogió apartándome de encima de él.
—¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! —Gritaba una tía mirando a Dick.
Yo también lo miré.
—¡Chris, llama a una ambulancia! —Gritó el tío.
Lo miré y sentí orgullo. Ese pavo me cogió de los hombros y me zarandeó.
—¿Sé puede saber en qué cojones estabas pensando, eh? ¿Eh?
—En ganar. Sólo quería ganar.





No hay comentarios:

Publicar un comentario

Todo lo que calles, te violará por dentro. Así que habla.