jueves, 21 de julio de 2016

LA MEJOR NOVIA DEL MUNDO

Una noche habían secuestrado a mi novia. Es una larga historia, pero se podría resumir en un simple título: “no le toques los cojones a la mafia japonesa”. El caso es que, una vez pagada la deuda, mi novia había aparecido en casa. No tenía síntomas de haber sido maltratada ni violada y me había confesado que ni siquiera la habían amenazado. Tras tres meses sin verla… Lo sé, me costó reunir el dinero, pero espero que la mafia italiana no se entere de lo que he hecho… Recuerdo la conversación:
-¿Qué tal?
-Bien.
-¿Follamos?
Me la estaba chupando cuando la agarré por la nuca y noté un orificio. No dije nada, me la estaba comiendo tan bien que esperé a mirar. Mientras fumábamos el cigarro de después y ella relamía el esperma de sus labios, le dije que me dejara mirar. Era una puta entrada USB. Ella no recordaba nada y me fue inevitable no conectarla al ordenador en el momento. Resulta que cuando la conectaba, perdía el conocimiento. Mi novia tenía un disco duro con bipartición de 10 terabytes en cada unidad y a una no se podía acceder, la otra estaba en blanco. ¿Qué cojones le habrían metido esos putos japos de mierda? Espero que no fuera el VIH…
Al principio fue divertido. Le descargaba una canción y la reproducía mientras hacía playback cuando se lo ordenaba. En esos momentos, no perdía el conocimiento, pero no era consciente de nada. Le descargué el kamasutra, las mejores recetas de comida del mundo, manuales limpieza, bricolaje, una calculadora, un despertador… Sinceramente, me costaba entender cómo podía haberla querido antes sin todo esto.
Seguía inquietándome qué tendría en la unidad protegida, pero no había actuado de manera extraña y creí que, simplemente, eran programas para el correcto funcionamiento de ejecución de programas. No, esos japoneses le habían metido ordenes establecidas, seguro. Y una de ellas era matarme, estoy convencido. Pensé en formatear a mi novia para borrarle lo que le hubieran metido, pero eliminaría los programas que la hacían funcionar como un ordenador… No podría vivir sin follármela con esos cuarenta modos de vibración que le había puesto, la voz de una locutora de radio que le había descargado y la Wikipedia.
Una noche me despertó con esa voz de locutora de radio, me clavó un cuchillo en el estómago y la miré con dolo. En ese momento sólo pude decirle:
-Tócala otra vez Sam.
Y me siguió apuñalando mientras por su boca salían notas de piano. Mientras me desangraba, se prendió fuego. Ni siquiera gritó.
Cuando me dieron de alta en el hospital no dejaba de pensar en que no volvería a tener a otra novia igual… ¿O sí? Me casé con una ecuatoriana que quería conseguir los papeles y se la volví a jugar a los japoneses.

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