domingo, 5 de julio de 2015

LA NIÑA DE FRANKENSTEIN




Ella tiembla, y su pálida piel es una estrella tintienado en un rincón de un oscuro universo oculto en una inmensa caja de inseguridades con dos vueltas de llave sin posibilidad de ida ni de huida. Tal vez fuera miedo a la soledad, a su caricia truculenta y fría de unos dedos fantasmales de humo gélido que pasan sus yemas por el pelo y le clavan las uñas en el cráneo; tal vez fuera un vacío replegándose sobe sí mismo en el interior del hueco de su lado izquierdo del pecho; tal vez se tratara de algo desconocido fuera de toda explicación razonable y, cuando eso sucede, nadie debería osar a sumergirse en los retorcidos laberintos tortuosos de las emociones y su psicología. Tal vez, lo que le sucedía era algo humano.
Es raro sentir un pedazo de humanidad cuando el mundo te ha lanzado un rayo mientras grita “¡Está viva!”. El monstruo llora apartado en una esquina de su habitación como la niña que dejó de ser hace tiempo, con el cuchillo ensangrentado entre sus manos, con el amanecer en su camisón blanco y amapolas en el suelo.
El cuerpo del demonio yace muerto a escasos metros de ella. Ese cuerpo que le había dado la vida para después profanarle su virginidad, que había entregado su inocencia a oscuros ritos que ella no entendía, a juegos de manos sacrílegos ocultos en las penumbras, a la liturgia de la sangre cayendo por sus piernas cuando el demonio daba por concluido el pacto, cuando ya le había arrebatado un trozo más de alma tras la blasfemia de ese diablo.
Y ella, ese monstruo de labios secos y rajados, sigue llorando porque creía que se sentiría segura después de dar muerte a su Dr. Frankenstein personal. Nunca estuvo viva, sólo es que el cadáver respira. Lo que la creó, la destruyó.