sábado, 18 de octubre de 2014

CARTA TARDÍA



9 de octubre, 2003

Te escribo ahora porque ya nada importa, y cuando ya nada importa quiere decir que es tarde. Me he derretido frente al calendario y me he vaciado con cada suspiro que exhalé pensando en ti, me he vaciado con cada vez que he vomitado bebiendo para olvidarte o pensarte de una forma distinta. Y no sé por qué te escribo esta carta con la pretensión de que acabe siendo un acto de amor frustrado no olvidado cuando todas mis líneas suelen acabar en una especie de pensamientos cardíacos suicidas.

Recuerdo la primera vez que te vi. Hacíamos cola en el baño del Betty Boop para entrar cada uno en nuestros respectivos baños. Eras la diosa más borracha que había visto en mi vida; yo era un mortal haciendo milagros por mantenerme en pie. Olía a meado en ese pasillo de paredes fríamente húmedas y que no lograban sostenernos. Entonces buscamos el equilibrio en el hombro del otro. Sentí tu piel cálida sobre la mía y cada vez nos dejábamos caer más el uno sobre el otro. Ni siquiera me miraste… Ni siquiera sabía si eras consciente de ese contacto. Te separaste para entrar en el baño. Si hubiera llegado mi turno me hubiera meado encima por seguir ahí a tu lado mientras las puntas de tu pelo me hacían cosquillas en el cuello. Después entré en el baño y, al salir, te busqué mientras todo parecía confuso  y quería ver en cada chica tu rostro.

Volví a casa derrotado, decepcionado, insultándome por no haberte rodeado por la cintura y haberte escrito con mi lengua en tu boca las blasfemias que ni al mismísmo puto Satanás podrían habérsele pasado por los cuernos. Me masturbé pensando en lo irreal, en lo que no había sucedido. Y… es extraño, porque, tras llegar al orgasmo, lo lógico hubiera sido limpiarme, subirme los calzones y haberte olvidado… Pero no. Joder, me quedé con una mano apretando el papel higiénico y con la otra la polla mientras seguía pensando en ti. ¿Y cómo podía hacer eso si ni siquiera sabía tu nombre? No sabía ni cómo era tu voz, ni tu nombre, nada… Parece de locos… Sin embargo, lo pienso ahora y creo que, cuando una persona lo sabe todo de otra, es imposible que ya pueda estar enamorada. Me dormí columpiándome entre el pánico y la fantasía. Soñé que me decías que no te tocara, pero yo lo hacía y ardías entre gritos de dolor para acabar siendo cenizas cayendo por mis dedos. Me desperté sudando y me levanté a las 8 de la mañana a beber agua. Tenía una resaca impresionante. Mi compañera de piso estaba desayunando:
-¿Qué tal la noche?—Me preguntó—.
-Me dan ganas de volver a emborracharme—le contesté tras haber bebido de un trago un vaso—.

Volví al Betty Boop a la semana siguiente esperando encontrarte. Y ahí estabas, con tus amigas. Eras tan distinta…, pero igual de deseable. No había bebido lo suficiente como para acercarme, no tenía el valor ni de mirarte fijamente, ni de separarte de ellas para aislarte en mí. Me miraste tímidamente y giraste el cuello rápidamente avergonzada. Sólo estaba pensando la típica frase ingeniosa con la que comenzar a hablar contigo, pero únicamente me venían a la mente acciones que mi cobardía ataba con camisas de fuerza. Odié no estar loco, no tener un trastorno mental que me hubiera hecho cometer cualquier heroicidad; odié no tener un poco de fe en mí, ni en ti, ni en nosotros, ni en este incomprensible mundo que me gritaba que era mejor estarse quieto.

Entonces fuiste al baño al cabo de una hora y yo te seguí. Volvía ese nauseabundo olor que ya era marca de nuestros encuentros, a estar uno al lado del otro apoyados en la fría pared esperando cada uno su turno para entrar en el baño. Me mirabas cada poco. No sé… quizá porque sentías que yo no dejaba de hacerlo, que debía de estar mirándote con los mismos ojos con los que un conejo es deslumbrado por las luces largas de un coche justo antes de ser atropellado. “¡Hazlo!” decía mi corazón, “¡Hazlo!” decía mi entrepierna, “¡Ni se te ocurra!” me decía el cerebro. Es tan complicado poner a los tres de acuerdo... No hubo contacto, sólo miradas. Juro que algo dentro de mí me estaba retorciendo, que algo estaba temblando en el interior de un abismo con forma de espiral que se expandía en lo más profundo de mi  pecho. Entonces, oí tu voz. Fue un simple “perdona” cuando me pisaste sin querer. Tu voz era un hilo, un hilo que tejía sueños. Me mirabas esperando una aceptación de las disculpas; yo debía de hacerlo ya con esos ojos de conejo aplastado que ruedan fuera de sus cuencas por el asfalto.
-No pasa nada—respondí igual de tímido—.
Sonreíste, yo también. Pero sí pasaba algo, pasaba todo, pero no acababa de suceder nada. Llegó mi turno. Entré a ese maloliente habitáculo encharcado mientras algo de mí se quedaba a tu lado. Esa entrada al baño era como un viaje astral en el que mi cuerpo estaba con la chorra fuera, pero mi esencia permanecía junto a ti. Cuando salí ya no estabas en el pasillo y esperé haciendo que miraba el móvil. O tardabas mucho o ya habías salido. Y en el Betty Boop tampoco volví a encontrarte.

Me escupí por el camino a casa. Ya en ella volví a vivir lo que nunca aconteció, y ya ni siquiera me limpié. Me quedé pensando en ti tras el clímax mientras sentía derramarse entre mis dedos la viscosa frustración.

Fue una semana de espera y enfermiza obsesión por ti, de querer encontrarte en cualquier sitio, de querer verte en cualquier rincón, en cualquier acera, en el banco, en una biblioteca, en una cafetería, en un coche siendo atropellado por ti como el ruin conejo que era. Hubiera sido feliz en el entierro de cualquier familiar si hubieras aparecido en el cementerio, y no hubiese dudado en tirarte sobre el ataúd y follarte ahí entre las señales de la cruz que se haría la gente (mi difunto familiar hubiera estado orgulloso de mí).  Fue una semana de trazar estratagemas, de imaginar conversaciones contigo, de películas en blanco y negro, de orgasmos que no eran capaces de devolverme a la realidad. Fue la semana de las torpezas, de chocarme contra las paredes porque sólo te veía a ti, de perder el equilibrio al darme contra la pata de una mesa, de clases sin apenas apuntes en los folios, de cafés con leche reflexivos, la semana de los despistes desproporcionados. Habías conseguido lo que nadie había hecho en la vida: volverme más estúpido de lo que era.

Al fin, tras varios encuentros en el Betty Boop, comenzamos a hablar, a decirnos los nombres en ese pasillo asqueroso que recuerdo con cariño. Nos dimos el teléfono, nos dijimos las edades, los gustos, los estudios, alguna anécdota, las aficiones… Esas pequeñas tonterías. No teníamos nada en común. Sinceramente, quise tener un hijo contigo sólo por tener ese algo en común. Es broma, ya sabes que soy gracioso tirando a payaso. Bueno, soy ridículo intentando hacer bromas.

Y llegó el día, ¿lo recuerdas?
-Este es mi novio, Armando. Llevamos una semana saliendo.
No sé si oíste el crack que hizo todo mi ser, no sé si me lo presentaste como advertencia, como amenaza para que ya no intentara nada. Y mi falsa sonrisa estrechándole la mano a ese maldito cabrón mientras le decía:
-Encantado. ¿Armando? Bonito gerundio.
Me miró mal. Yo te miré a ti y te sentí más lejos que nunca.

En casa la fantasía ya no fue la misma. ¡Mierda, Aúrea! ¿Tú sabes lo que es llegar al orgasmo y que justo en ese momento me venga a la mente la cara de ese gilipollas que apenas tenía tema de conversación? Me volviste más estúpido de lo que era y encima me dormí con cierta sensación incómoda de homosexualidad.

Y nos fuimos distanciando con el tiempo… Ya no salías tanto, los mensajes ya eran sólo contestaciones por compromiso. Aúrea, te eché de menos. Y supongo que hoy más que nunca para escribirte lo que nunca te demostré ni insinué. A veces, pienso qué hubiera pasado si me hubiera atrevido, si me hubiera metido contigo en el baño alguna vez, si… ¿Qué más da ya? Hace un año que ni te veo, que ni me escribes un mensaje, ni yo a ti.

Tuyo… ojalá tuyo… algo nuestro…
Whitejoker Manson

P.D.1: Ten por seguro que siempre te recordaré en cualquier apestoso baño en el que me llegue el meado por los tobillos y una fría pared esté allí para sujetarme no tan bien como lo hacías tú.

P.D.2: No es necesario que contestes. Concédeme el placer de malinterpretar tu silencio y seguir teniendo alguna esperanza. Miénteme si lo haces. Miénteme como no lo has hecho en tu vida si me contestas, como si alguna vez hubiera habido algo verdadero entre nosotros…

4 comentarios:

  1. Hola Joker, es la primera vez que te leo y me gustas. Creo que eres un compañero y eso para mí es importante, aunque escribes demasiado cruel para mi gusto.

    PD: si notas que te he plagiado un tuit es porque lo había leído en tu TL pero luego no lo encontré para retuitearlo porque estaba ya muy abajo. Espero que no seas de esos tuiteros que luego te bloquean por un detalle, a mi parecer, tan insignificante. Al fin y al cabo todos tenemos nuestras influencias-

    PD2: cuando grave algo con mi grupo también abriré un blog, más tarde que pronto, supongo.

    Encantado y saludos

    Jesús Lagarto

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    1. Hola, Victorino que se hace llamar Jesús (o al revés...). Muchas gracias por leerme y comentar. Espero que a "cruel" no te refieras a esta entrada, porque si no, creo que voy a dejar de lado eso de escribir cartas románticas. Bueno, el mundo es cruel y no quiero que me acusen de escribir ficción.

      Respecto a lo del plagio, todo el mundo sabe lo que yo opino. Cuando yo escribo algo en Twitter, lo comparto, ya deja de ser mío. Para mí, no deja de ser un halago que la gente tome sus palabras aunque sólo sea para conseguir seguidores a costa de mis demencias. No he bloqueado a nadie y no lo haré, y menos por eso. Así que, por mí, no hay ningún problema.

      Está bien, espero que me pases el enlace entonces.

      Un saludo.

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  2. ¡¡¡¡Ohhhh!!!! Precioso y muy romántico. Al final incluso gracioso dentro de la tristeza. Quizás esos golpes de humor son el sarcasmo y la ironía de la que hablaste en otras entradas pero a mí me parecen un buen desahogo.
    Discrepo del Señor Vitorio, no es cruel. Encuentras detalles positivos, románticos,... incluso con meadas hasta los tobillos. Ves luz donde el resto nos limitamos a vomitar sin pensar en nuestro entorno.
    Me gustó mucho. Ya siento lo del "gerundio" pero creo que si hubiera ido a más, no hubiera sido igual porque quizás nos quedamos atrapados no en las personas, más bien en los momentos.
    Un abrazo y un besote
    P.D.1: jejejeje, te gustan las postdatas y lo sabes.
    P.D.2: siento ser tan pesada pero te estoy utilizando como si fueras mi terapeuta. Muchas situaciones me resultan muy familiares y tu forma de verlo me encanta y me ayuda
    P.D.3: ¡¡¡Aúrea se lo pierde!!!

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    1. La carta no es real, tal vez si haya alguna situación que me haya pasado, pero le habrá sucedido a todo el mundo. Lo mejor de escribir post reales y otros ficiticios es no siempre se sabe qué es real y qué no. También se puede tergiversar lo real escribiendo o introducir realidades en algo ficticio.
      Tal vez sea que las personas modifican los momentos, por eso no todos los momentos son iguales.

      Biquiños, Ana.

      P.D.1: Siempre fui de escribir varias postdatas jajaja. Creo que son lo mejor de las cartas.
      P.D.2: No eres pesada, aunque no creo sea buena idea usarme de terapeuta ;)
      P.D.3: Te voy a responder en la otra entrada.

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