jueves, 30 de octubre de 2014

CARTA A UN MUERTO



9 de octubre, 2015

Sólo han pasado dos días y una luna de insomnio desde que ya no estás. Te escribo porque sé que me lees, porque quiero decirte las lágrimas que solté en tu funeral. Lágrimas de orgullo, hijo.
Aún la conservo… y sonrío cada vez que la veo. Esa primera cabeza de muñeca que cortaste con un cuchillo mientras que la ramera de tu hermana se dedica a peinarlas. Esa bastarda sólo valdrá para parir.
Eres un héroe y se me hincha el pecho al pensar en ti, en todo lo que has hecho. Alá castigará a los infieles y tú le has ayudado llevándote a medio centenar en un segundo. La gente me para por la calle y me agradece haber tenido un hijo como tú, Mohamed.

Ahora estarás en una verde pradera con cuarenta vírgenes y te envidio por ello. Yo tengo que conformarme con la furcia de tu madre que sólo sabe darme hembras. Sólo he tenido un hijo varón y has sido tú. Vales más que cien hijos de los demás. Me gustaría estar allí contigo, pero mi misión es tener más varones como tú y espero que seas el primero de muchos.
Cuando saliste de casa aquella mañana, dejaste un vacío en ella, pero supiste expandirte bien fuera. Ojalá hubiera tenido más dinero para haberte puesto más dinamita.

Una vez dudaste, una vez… Una vez, en un momento en que la fe flaqueó, me preguntaste:
-¿Pero matar está bien?
¿Recuerdas qué te conteste? Que morir era inevitable, pero matar era una elección. Tú elegiste matar, tú elegiste ser mártir para que nuestro pueblo sobreviva en este mundo lleno de infieles, de capitalismo, de países donde dejan que las mujeres tengan voz y voto, de maricones… Tú, Mohamed, tú fuiste la espada de Alá blandiéndose contra este mundo demoníaco.
Tu madre te llora, pero te llora con tristeza y me dan ganas de lapidarla por ello. Es una maldita egoísta que no entiende el sacrificio que has hecho por nuestro gran Alá. Ella sólo quería tenerte para sí misma cuando tu designio era algo mucho más grande que vivir entre sucios e impuros mortales.

¡Allí fuera te calumnian, hijo! El resto de este ignorante planeta condena tu muerte y la de los demonios que te llevaste. Eso es lo que verdaderamente me duele y no dejaré que nadie lo haga. Por eso aún bailamos entre gritos en tu honor, hijo mío. Llegará el día en que nadie tenga el valor de enfrentarse a nuestra fe ni a nuestros actos. Sé que llegará ese amanecer en el que todos se arrodillen ante nuestro dios Alá y será en gran parte gracias a ti.

Queda tu recuerdo en nuestra mente, tu sangre épica en el suelo y las paredes y algo de carne en forma de albóndiga cruda esparcida. Quedará tu hazaña escrita en la historia, Mohamed.

Tu agradecido padre,
Abu.

P.D.1: Tu madre vuelve a estar preñada, espero que esta vez esa puta pueda concederme otro varón.

P.D.2: Hemos decidido empezar a hacer muñecas nosotros. Los norteamericanos se están enriqueciendo por la gran cantidad de Barbies que les compramos.

P.D.3: No dejo de preguntarme cómo un niño de diez años le estará dando placer con ese pequeño pene a cuarenta vírgenes, pero a quién le importa si ellas disfrutan o no, ¿verdad?

martes, 28 de octubre de 2014

PARA EL I CONCURSO DE MICRORRELATOS QUE ORGANIZA ALMAS DE BIBLIOTECAS Y CINES



VEN...

Él escucha susurrar su nombre como un afilar de cuchillos y se gira viendo su rostro pálido. Es tan bella, aunque ya no respire, y hacen el amor con los latidos de un solo corazón, como un yin yang de frío y calor.

-¿Me quieres?—Dice ella—.

-Sí—afirma él—.

Y cogiéndole de la mano le conduce a la cocina. Hay una silla y una horca.

-Entonces… ven.
Él se cuelga, la silla cae. Los ojos de ella se tornan de cuervo mientras ríe a carcajadas y el cuerpo de él forcejea antes de caer en la nada.

LILITH



Lilith juega con muñecas a pesar de tener ya cuarenta años. Lilith les da de comer, les canta nanas, las besa y abraza… las quiere. Lilith peina a sus muñecas de trapo con cuidado y cariño.
Lilith todas las noches las baña y las ahoga entre lágrimas para que no sufran como sus otros hijos en este despiadado mundo lleno de demonios. Lilith sólo está en un manicomio queriendo volver a ser la mejor madre del mundo.

sábado, 18 de octubre de 2014

CARTA TARDÍA



9 de octubre, 2003

Te escribo ahora porque ya nada importa, y cuando ya nada importa quiere decir que es tarde. Me he derretido frente al calendario y me he vaciado con cada suspiro que exhalé pensando en ti, me he vaciado con cada vez que he vomitado bebiendo para olvidarte o pensarte de una forma distinta. Y no sé por qué te escribo esta carta con la pretensión de que acabe siendo un acto de amor frustrado no olvidado cuando todas mis líneas suelen acabar en una especie de pensamientos cardíacos suicidas.

Recuerdo la primera vez que te vi. Hacíamos cola en el baño del Betty Boop para entrar cada uno en nuestros respectivos baños. Eras la diosa más borracha que había visto en mi vida; yo era un mortal haciendo milagros por mantenerme en pie. Olía a meado en ese pasillo de paredes fríamente húmedas y que no lograban sostenernos. Entonces buscamos el equilibrio en el hombro del otro. Sentí tu piel cálida sobre la mía y cada vez nos dejábamos caer más el uno sobre el otro. Ni siquiera me miraste… Ni siquiera sabía si eras consciente de ese contacto. Te separaste para entrar en el baño. Si hubiera llegado mi turno me hubiera meado encima por seguir ahí a tu lado mientras las puntas de tu pelo me hacían cosquillas en el cuello. Después entré en el baño y, al salir, te busqué mientras todo parecía confuso  y quería ver en cada chica tu rostro.

Volví a casa derrotado, decepcionado, insultándome por no haberte rodeado por la cintura y haberte escrito con mi lengua en tu boca las blasfemias que ni al mismísmo puto Satanás podrían habérsele pasado por los cuernos. Me masturbé pensando en lo irreal, en lo que no había sucedido. Y… es extraño, porque, tras llegar al orgasmo, lo lógico hubiera sido limpiarme, subirme los calzones y haberte olvidado… Pero no. Joder, me quedé con una mano apretando el papel higiénico y con la otra la polla mientras seguía pensando en ti. ¿Y cómo podía hacer eso si ni siquiera sabía tu nombre? No sabía ni cómo era tu voz, ni tu nombre, nada… Parece de locos… Sin embargo, lo pienso ahora y creo que, cuando una persona lo sabe todo de otra, es imposible que ya pueda estar enamorada. Me dormí columpiándome entre el pánico y la fantasía. Soñé que me decías que no te tocara, pero yo lo hacía y ardías entre gritos de dolor para acabar siendo cenizas cayendo por mis dedos. Me desperté sudando y me levanté a las 8 de la mañana a beber agua. Tenía una resaca impresionante. Mi compañera de piso estaba desayunando:
-¿Qué tal la noche?—Me preguntó—.
-Me dan ganas de volver a emborracharme—le contesté tras haber bebido de un trago un vaso—.

Volví al Betty Boop a la semana siguiente esperando encontrarte. Y ahí estabas, con tus amigas. Eras tan distinta…, pero igual de deseable. No había bebido lo suficiente como para acercarme, no tenía el valor ni de mirarte fijamente, ni de separarte de ellas para aislarte en mí. Me miraste tímidamente y giraste el cuello rápidamente avergonzada. Sólo estaba pensando la típica frase ingeniosa con la que comenzar a hablar contigo, pero únicamente me venían a la mente acciones que mi cobardía ataba con camisas de fuerza. Odié no estar loco, no tener un trastorno mental que me hubiera hecho cometer cualquier heroicidad; odié no tener un poco de fe en mí, ni en ti, ni en nosotros, ni en este incomprensible mundo que me gritaba que era mejor estarse quieto.

Entonces fuiste al baño al cabo de una hora y yo te seguí. Volvía ese nauseabundo olor que ya era marca de nuestros encuentros, a estar uno al lado del otro apoyados en la fría pared esperando cada uno su turno para entrar en el baño. Me mirabas cada poco. No sé… quizá porque sentías que yo no dejaba de hacerlo, que debía de estar mirándote con los mismos ojos con los que un conejo es deslumbrado por las luces largas de un coche justo antes de ser atropellado. “¡Hazlo!” decía mi corazón, “¡Hazlo!” decía mi entrepierna, “¡Ni se te ocurra!” me decía el cerebro. Es tan complicado poner a los tres de acuerdo... No hubo contacto, sólo miradas. Juro que algo dentro de mí me estaba retorciendo, que algo estaba temblando en el interior de un abismo con forma de espiral que se expandía en lo más profundo de mi  pecho. Entonces, oí tu voz. Fue un simple “perdona” cuando me pisaste sin querer. Tu voz era un hilo, un hilo que tejía sueños. Me mirabas esperando una aceptación de las disculpas; yo debía de hacerlo ya con esos ojos de conejo aplastado que ruedan fuera de sus cuencas por el asfalto.
-No pasa nada—respondí igual de tímido—.
Sonreíste, yo también. Pero sí pasaba algo, pasaba todo, pero no acababa de suceder nada. Llegó mi turno. Entré a ese maloliente habitáculo encharcado mientras algo de mí se quedaba a tu lado. Esa entrada al baño era como un viaje astral en el que mi cuerpo estaba con la chorra fuera, pero mi esencia permanecía junto a ti. Cuando salí ya no estabas en el pasillo y esperé haciendo que miraba el móvil. O tardabas mucho o ya habías salido. Y en el Betty Boop tampoco volví a encontrarte.

Me escupí por el camino a casa. Ya en ella volví a vivir lo que nunca aconteció, y ya ni siquiera me limpié. Me quedé pensando en ti tras el clímax mientras sentía derramarse entre mis dedos la viscosa frustración.

Fue una semana de espera y enfermiza obsesión por ti, de querer encontrarte en cualquier sitio, de querer verte en cualquier rincón, en cualquier acera, en el banco, en una biblioteca, en una cafetería, en un coche siendo atropellado por ti como el ruin conejo que era. Hubiera sido feliz en el entierro de cualquier familiar si hubieras aparecido en el cementerio, y no hubiese dudado en tirarte sobre el ataúd y follarte ahí entre las señales de la cruz que se haría la gente (mi difunto familiar hubiera estado orgulloso de mí).  Fue una semana de trazar estratagemas, de imaginar conversaciones contigo, de películas en blanco y negro, de orgasmos que no eran capaces de devolverme a la realidad. Fue la semana de las torpezas, de chocarme contra las paredes porque sólo te veía a ti, de perder el equilibrio al darme contra la pata de una mesa, de clases sin apenas apuntes en los folios, de cafés con leche reflexivos, la semana de los despistes desproporcionados. Habías conseguido lo que nadie había hecho en la vida: volverme más estúpido de lo que era.

Al fin, tras varios encuentros en el Betty Boop, comenzamos a hablar, a decirnos los nombres en ese pasillo asqueroso que recuerdo con cariño. Nos dimos el teléfono, nos dijimos las edades, los gustos, los estudios, alguna anécdota, las aficiones… Esas pequeñas tonterías. No teníamos nada en común. Sinceramente, quise tener un hijo contigo sólo por tener ese algo en común. Es broma, ya sabes que soy gracioso tirando a payaso. Bueno, soy ridículo intentando hacer bromas.

Y llegó el día, ¿lo recuerdas?
-Este es mi novio, Armando. Llevamos una semana saliendo.
No sé si oíste el crack que hizo todo mi ser, no sé si me lo presentaste como advertencia, como amenaza para que ya no intentara nada. Y mi falsa sonrisa estrechándole la mano a ese maldito cabrón mientras le decía:
-Encantado. ¿Armando? Bonito gerundio.
Me miró mal. Yo te miré a ti y te sentí más lejos que nunca.

En casa la fantasía ya no fue la misma. ¡Mierda, Aúrea! ¿Tú sabes lo que es llegar al orgasmo y que justo en ese momento me venga a la mente la cara de ese gilipollas que apenas tenía tema de conversación? Me volviste más estúpido de lo que era y encima me dormí con cierta sensación incómoda de homosexualidad.

Y nos fuimos distanciando con el tiempo… Ya no salías tanto, los mensajes ya eran sólo contestaciones por compromiso. Aúrea, te eché de menos. Y supongo que hoy más que nunca para escribirte lo que nunca te demostré ni insinué. A veces, pienso qué hubiera pasado si me hubiera atrevido, si me hubiera metido contigo en el baño alguna vez, si… ¿Qué más da ya? Hace un año que ni te veo, que ni me escribes un mensaje, ni yo a ti.

Tuyo… ojalá tuyo… algo nuestro…
Whitejoker Manson

P.D.1: Ten por seguro que siempre te recordaré en cualquier apestoso baño en el que me llegue el meado por los tobillos y una fría pared esté allí para sujetarme no tan bien como lo hacías tú.

P.D.2: No es necesario que contestes. Concédeme el placer de malinterpretar tu silencio y seguir teniendo alguna esperanza. Miénteme si lo haces. Miénteme como no lo has hecho en tu vida si me contestas, como si alguna vez hubiera habido algo verdadero entre nosotros…

lunes, 6 de octubre de 2014

AMNESIAS II



 Otra de esas cosas que me encuentro escritas en el ordenador y que no me acuerdo de haber escrito. Eructado el 14/08/2014

Inspiro profundamente, para hacer el vacío más grande dentro de mí, y, al suspirar, me quedo sin nada dentro. Bebo pensando en ti mientras te escribo en un folio de noche cerrada y venas abiertas, viéndote en desvaríos cómo una serpiente rodea tu cuerpo desnudo y me tienta. La tinta tontea en cada línea mientras tu cadera se contonea mientras bailas eróticamente en un crucifijo con mi cuerpo clavado y una herida en el costado, con una corona de espinas en el corazón. Hay treinta monedas de plata que te tiré al suelo, por vender mi alma porque necesitaba un cuerpo.
Bailas sin música, con el siseo de la serpiente. Y no sé distinguir cuando ella me muerde de cuando tú me besas.