viernes, 5 de septiembre de 2014

NO ERA UNA HISTORIA DE AMOR



No sé cuántos años tenía, creo que 16. Llamaron al portero de casa con un correo certificado. Eran dos cajas. Unos librillos de música clásica con un disco; en la otra, había una minicadena. Mi padre, que no sé en qué momento le pareció interesante adquirir esa colección de música clásica por la que te regalaban una minicadena y una estantería para colocar los librillos. En mi casa, la atracción era la minicadena con lector de CDs. Pasamos de comprar cintas a CDs.. Para mí, lo mejor de un CD, es que podías escuchar una canción una y otra vez, la misma canción sin tener que andar rebobinando una cinta. Yo, por entonces, escuchaba los Suaves, Deep Purple…Y sobre todo Led Zeppelin. Mi padre compró unos auriculares, de esos de casco que te envuelven toda la oreja y te aíslan del mundo sólo con ponértelos aunque no escuches música.
Progresivamente, la minicadena dejó de ser el centro de atención de la casa y todos volvieron a la televisión. Yo no, seguí con esos cascos escuchando Rock a todo volumen.
Supongo que fue la monotonía de escuchar Led Zeppelin todos los días, o la curiosidad, o que por aquel entonces nuestros padres nos habían enviado a solfeo y a piano y ya llevábamos dos años tocando y escuchando música clásica por interpretarla. Mi hermano pequeño era el que mejor tocaba el piano. Hacíamos ensayos en un estudio antes de cada concierto. Los típicos conciertos de Navidad y de fin de curso que se hacen para que los padres vayan obligados a ver a sus hijos un par de minutos mientras esperan dos horas hasta que les llega el turno. En esos días de ensayo en el estudio, había colas de alumnos esperando para entrar y tocar para esperar a que nuestra profesora de piano nos diera el visto bueno. Un día estaba tocando mi hermano pequeño, Héctor, en el estudio. La puerta se abrió, empezó a entrar a gente y otros profesores. Al profesor de guitarra le encantaba el piano. “Es una pasada este chaval” susurraba en aquel estudio mientras escuchaba cómo mi hermano tocaba la “Marcha turca” de Mozart.
Yo estaba un día ensayando en el estudio.
-¿Y esa pieza? Nunca la había escuchado—preguntó el profesor de guitarra a mi profesora de  piano—.
-Pues está en el repertorio, pero nadie la había elegido hasta ahora.
Era una sonatina de Beethoven.
-Este es el hermano mayor del otro que acaba de tocar antes.
Todo entre susurros. Cuando alguien toca, puede estallar el mundo ahí fuera que tú sólo estás concentrado en las partituras.
-No toca tan bien, pero le pone pasión. Parece que hace suya la pieza—dijo el profesor de guitarra—.
Llegó el día del concierto. Me puse nervioso, pensé demasiado. Tocar es como.... No sé, ¿cómo lo diría? Es como la mecanografía, lo haces todo sin pensar, inconscientemente. Si piensas, la cagas. Pensé en lo estrechas que eras las teclas, la precisión con la que tiene que caer el dedo en cada una de ellas, el ritmo, el pedal, la sincronización…. Todo me pareció tan complejo que me pareció tan difícil, tan imposible… Recuerdo todas las butacas ocupadas esperando escuchar algo decente. Salías a un escenario iluminado y, mientras de dirigías a un piano, te cegaban unos focos que no te dejaban vislumbrar al público. Ahí estaba, la butaca, el piano, el corazón latiendo a ritmo de ametralladora. Me confundí tres veces, por pensar. Me sentí como una mierda, la verdad.
Tal vez fue ese fracaso, o la curiosidad de ver que esa colección de música clásica estaba aún forrada en plástico sin estrenar. Bach, Mozart, Grieg, Beethoven, Stravinsky, Handel, Bernstein, Schumann, Wagner… ¿Qué escucho primero?
Sinceramente, no sé cuál fue el primer CD que escuché. Pero me di cuenta de que mi hermano era un Liszt. Frío, técnico, calculador, perfecto, era una máquina de hacer música y, sin embargo, Liszt tenía su odio, su mal genio, sus excentricidades. Tal vez, Liszt lograra enjaular toda esta turbulencia cuando se sentaba delante de un piano. Escuché a Chopin. Chopin se ganó la mayor parte de su vida como profesor de piano. Lo primero que les enseñaba a los alumnos no era a tocar el piano, sino a acariciar el piano, a que las yemas de sus dedos bailaran con las teclas. A que el piano no fuera un instrumento, sino una amante.
Mi hermano era un Liszt; yo, un Chopin. Y me leía las técnicas de uno y de otro, y de su vida, las obras.... Seguí quitándoles el forro a los CDs y a apasionarme por la vida y obra de casi todos aquellos músicos (sólo yo he escuchado esos CDs, y algunos aún están plastificados).
Y todo ello para decir que un día llegué a escuchar a Ludwig van Beethoven. Había dos CDs de Beethoven: uno de sinfonías y otro de piano. Mi primera pregunta fue “¿Por qué en el CD de piano no está el famoso Para Elisa?
Casi todo el mundo cree que Beethoven estuvo enamorado de una tal Elisa. Nunca existió esa Elisa, pero al mundo le gusta creer que existen historias de amor. El mundo no necesita, quiere creer que Ludwig van Beethoven estuvo enamorado de Elisa y que en un par de noches de insomnio, Ludwig le dedico una canción para piano.
La realidad es que Beethoven había ido a un recital de piano de una joven en el que se tocaban piezas de piano de varios compositores y no había tocado ninguna de él. Me los imagino a la salida, bajo la lluvia vienesa, pisando charcos que temblaban con las gotas. Me imagino a Ludwig tapándola con un paraguas en la calle mientras le preguntaba:
-¿Por qué no has tocado ninguna de mis creaciones?
La chica, la pobre chica, bajaría la mirada a los charcos y vería su imagen distorsionada en el agua de la acera respondiendo:
-Porque son muy difíciles para mí.
Ludwig no había tenido una buena vida. Había sido maltratado por su padre borracho que le había adiestrado en la música a base de latigazos de cinturón de cuero. Un padre que observaba durante interminables horas cómo su hijo de apenas…. no sé cuántos años, ¿doce? Tal vez menos, cómo se dejaba los dedos tocando partituras. El típico padre que no descansa hasta ver el fallo y castigarlo. Por decirlo de alguna manera, era el típico padre que buscaba la fama que no había conseguido por él mismo y que proyectaba en su hijo. Esa vida le habría agriado su carácter, pero por, un momento en su vida, sintió compasión por aquella chica y compuso una obra para piano sencilla dedicada para esa joven.
Esa chica no se llamaba Elisa. El famoso compositor tenía tan pésima caligrafía, que a la hora de llevar a la prensa su composición, el editor leyó “Elisa” cuando, en realidad, ponía “Para Theresa” (Für Theresa). Sólo hizo esa obra por lástima, por compasión. Tal vez por orgullo porque no había escuchado ninguna de sus composiciones en ese recital.
Y el mundo olvidó a Theresa porque alguien había escrito que la pieza estaba dedicada para una Elisa. Y el mundo quiso creer que era un amor frustrado de Ludwig. Uno de esos amores en los que una mente brillante es rechazada. Pero no, la realidad, es así de simple. Se llamaba Theresa y no reunía los requisitos para interpretar una obra de piano digna de Beethoven.
¿Cuántas veces se ha creído amor lo que no era? Y en la vida, va pasando el tiempo, y sustituimos un nombre por otro. Muchas veces por equivocación. Ludwig se quedaría sordo. Nunca oiría esa pieza interpretada por esa chica por la que sintió compasión. Es como escribir siendo analfabeto, como intentar releer algo cuando ya estás ciego. ¿Cuántas veces has sido ciego a la hora de leer lo que has escrito?
La cruda realidad es que era pena, compasión, pero todos lo convirtieron en historia de amor. Y qué bonita pieza para alguien que se llame  Elisa, ¿verdad? No, se llamaba Theresa y lo que no sé es si ella llegó a interpretar alguna vez esa pieza ante el maestro. Si la llego a oír en caso de que ella lo llegara a hacer.
Somos Theresa, desempeñando un gran papel en la historia de alguien, pero en eso consiste la vida, ¿no? En sustituir un nombre por otro. Pensad en cuántas veces habéis hecho eso. Cambiar el nombre, pero no a la persona, su esencia. No era una historia de amor, como todo en la vida. Sólo un mal entendido, pero si hay música es todo más bonito.
Elisa representa el engaño, la idealización. Theresa es la realidad, la realidad es olvidada y repudiada. Se olvida como palabras escritas a lápiz que se borran, que está condenada al olvido, de la que nadie se acuerda porque la idealización es más fuerte que la verdad.
Sé lo que estás pensando: “Estoy en el bando de Theresa mientras que Theresa no ha hecho nada y no existe para nadie”. Piensa, al menos, que Ludwig, tuvo un pedazo de corazón para Theresa; Elisa sólo son unos pentagramas con los que los niños empiezan a tocar el piano.

4 comentarios:

  1. Toma positivo. SÍ te metes en la cabeza de la gente. SÍ me sentí Theresa. Sabía algo de esa historia pero no pensé que fuera tan de a pie.
    El relato junto con música (no sé si es real y tocas de verdad) me ha gustado mucho. Conozco muy poca música clásica y jamás pisé un conservatorio pero me gusta "El lago de los cisnes" (Tchaikosky, lo busqué para ver como se escribía) y no sé si será clásica o no, "In the hall of the mountain king" que no supe su título ni autor hasta hace apenas tres años (Edward Grieg).
    Lo de poner a dos hermanos (no sé si será de verdad tu hermano) tan diferentes pero tan iguales me hizo gracia porque parecía también una ópera. "Él frío como Listz y el prota como Chopin (lo de acariciar es muy tuyo, tienes razón)". Has metido a toda la orquesta, la intro a la música y todo lo que, en este caso, envuelve al protagonista como si cada parte fuera un instrumento y alrededor del instrumento "jefe", el piano.
    Abrazote
    P.D.: Me estoy empezando a tomar tu blog como un oasis para mis cortas vacaciones. Menos mal que tienes otro.
    P.D.2: Suelo releerlos y contigo veo otras cosas.......eso me gusta también.

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    1. Sí, es todo real. Muchas de las entradas que hay en el blog son reales porque no era capaz de crear ficción y soy de los que necesitan escribir. Así que a veces escribo cosas personales. Gracias a Dios estoy empezando a crear relatos como buenamente puedo.
      "En la gruta del rey de la montaña" sí es clásica, es una pieza que forma parte de "El viaje de Per Grynt" (creo que se escribe así...).
      Muchas gracias por leerme tanto, Ana.
      Biquiños
      P.D.: El otro blog está barrido, lo borré todo excepto un relato y dedicatorias.
      P.D.2: Algún día deberías decirme qué es lo que no te gusta del blog ;)

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    2. Respondiendo a tu segunda postdata: TÚ LO HAS QUERIDO.
      Quizás, en algunos relatos y también porque sé ahora que son reales los que lo son, hay exceso de ego pero evidente también porque lo haces como desahogo. Los relatazos (los que te analizo con pinzas) son buenísimos y me entrejode un poco ese exceso. También no puedo criticarte eso porque por los comentarios que te dejan me doy cuenta que es un punto que les llama, sobretodo a ellas (jejeje, esto es lo de la puntada sin hilo).
      Concluyo que es un exceso que haces con pleno conocimiento de causa y he de confesar que funciona. Es por esto que sólo podría criticarte detalles como estética del blog pero también me gusta (no tanto como el mío, pero está acorde a tu alter ego).
      P.D.1: ¿Por qué lo borraste?
      P.D.2: Continúo pensando en lo de que crees ser homófobo (es como lo de "haber sido de León"). O se es o no se es. Si es por el relato que me leíste, no tengas miedo. Te invito a leer El perro de Orión y así puedes juzgar tú que tan buena soy en ficción (todo es ficción y no creo que para ti, particularmente, sea un problema): http://cuentosnsk.blogspot.mx/2014/10/el-perro-de-orion.html

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    3. Por supuesto que lo quiero, de nada me sirve que me digan lo bueno que hay si no me dicen en qué puedo mejorar. Siempre me centro más en las malas críticas que en las buenas (siempre que sean constructivas y no por el simple hecho de insultarme o trollearme). De los errores se aprende, aunque cabe la posibilidad de que para mí no sea un error. Pero es algo que tendré en cuenta en adelante aun así.
      En lo que se refiere al exceso de ego, soy consciente. Antes escribía bastante en tercera persona, pero es mucho mejor relatar desde un yo poético (al menos así lo veo). Cuando se relata en tercera persona, ya hay una distancia entre el narrador y la historia, esa distancia entonces se multiplica entre el lector y la historia. Así que es mucho más efectivo sumergir al lector en el texto desde ese yo, porque en muchos casos, ese ego acabará fundiéndose con el lector.
      P.D.1: Una crisis de menosprecio hacia mí mismo y todo lo que había escrito.
      P.D.2: Soy homófobo en el sentido que odio las conglomeraciones de gente y las personas que dejan de ser ellas mismas por encajar en una sociedad que no tiene ni pies ni cabeza. La sociedad es una censura. En mi tercera sesión con el psicólogo, ya le había hecho decir "la sociedad es una cínica". Ni siquiera pretendía eso, de hecho debería convencerme de lo contrario.

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Todo lo que calles, te violará por dentro. Así que habla.