lunes, 8 de septiembre de 2014

ASTRONOMÍA Y DESASTRENOMÍA



Sé que nos sentíamos en la cima de la Tierra, en lo más alto. Sólo estábamos  en el vergel de un prado, apartados de la gente que dormía. Escribo vergel y se me viene a la mente un color verde resplandeciente, pero era de noche. Esa suave hierba tenía el color de las escamas de las víboras. Tú me hablabas de estrellas, de Casiopea, de la Osa Mayor y de cómo encontrar la Estrella Polar midiendo con los dedos la longitud del Carro y multiplicándola por cinco. Yo eso ya lo sabía, después seguiste hablando de más estrellas. Te miro a ti, a las estrellas, tu dedo señalándolas y no se... ¿por qué ser tonto? Tú estás a mi lado, eres lo más cercano, y las estrellas se me antojan lejanas, inalcanzables, inseguras. Pero tú estás aquí, eres algo seguro. Tal vez por eso te prefiera a ti que a las estrellas.
Y después de mostrarme el firmamento, de darle nombre a cada estrella mientras señalas a la nocturnidad de la noche, pero mirándome a mí… Después de… no tengo ni puta idea de lo que me estás diciendo porque te miro mientras me miras. Podría resumirse gran parte de la filosofía en ese momento. Ese momento en el que la razón, la lógica, el sentido el común, señala con el dedo algo, pero tu corazón está mirando en otra dirección. Tú hablando de las estrellas mientras me mirabas. Y yo te miro. La noche, las estrellas y ese universo de velas sobre nuestras cabezas no era más que una excusa.
Entonces te callas, y me miras más profundamente. Tú profundizando en mí y, paradójicamente, soy yo el que siente ahogo. Me enmarcas con esa mirada y una sonrisa. Y sé lo que se te cruza por la cabeza: “Es bonita la noche. Te he impresionado con todo este conocimiento de astronomía cuando yo no me dedico profesionalmente a ello. Te he bajado el incomprensible cielo a los pies de tu ignorancia”.
Se respira magia; yo, exhalé el aquelarre mientras ella esperaba una respuesta. No una respuesta, porque no cabía una respuesta en aquella conversación. Porque ella no había planteado ninguna pregunta, pero, a pesar de ello, esperaba una respuesta. No una respuesta verbal, sólo una respuesta emocional transmitida en palabras… o sin ellas. Y un rayo en esa noche despejada cruza mi cabeza y me digo “A la mierda”. Y respondo porque si no respondo me va a reventar el pecho.
-Está muerto.
Ha cambiado tu mirada. Tus pupilas eclipsan el color de tus córneas, se dilatan y se delatan, porque te sorprendes. Respiro, y sigo:
-¿Sabes lo que sé de astronomía?
Me sigues mirando en silencio. Dicen que el silencio asiente, pero no. Ese silencio afirma “No, no lo sé”. Dicen que quien calla otorga, pero no. Quien calla, duda porque no sabe lo que decir.
-Lo único que sé que es que las estrellas a miles de años luz. Estamos viendo el pasado. Nuestros ojos perciben sólo gracias a la luz y viaja a una velocidad de algo más de trescientos mil kilómetros por segundo. (¿Por qué he escrito “trescientos mil kilómetros por segundo en vez de “300.000 km/seg”?. Pues porque esta conversación onírica la quiero hacer lo más real posible y quiero ser fiel a lo que en realidad imagino, porque no hablamos con abreviaturas, porque todo el mundo dice “kilómetros” y no “km”, porque los números escritos de forma arábica es una alienación entre lo que se dice y lo que se expresa”. Estamos viendo las estrellas de hace trescientos y pico mil años. Estarán muertas. Estamos viendo el pasado. Las estrellas son los traumas del cosmos, están muertas, pero aparecen vivas en nuestras vidas.
Sigues mirándome, pero se te entreabre la boca porque no sabes cómo he podido llevar ese tema hacia un campo tan escabroso como la muerte.
-¿Sabes si esas estrellas siguen vivas? Eres un cielo, nena. Y yo… yo soy una estrella. Ya estoy muerto, pero aún no lo sabes porque me sigues viendo vivo. El firmamento es un cementerio sobre nosotros y la gente lo ve cómo algo maravilloso, ha sabido sacar la belleza de toda esa muerte. Eso hago yo cuando escribo, sacarle la belleza a lo que la gente ve cómo un escupitajo. ¿Sabes que esas estrellas pueden llevar cientos de años muertas? ¿Que cada estrella es una tumba?
-No.
Estás confusa. ¿Sabes por qué estás confusa? Porque pensabas que llevabas en control de la conversación, porque no estaba prevista ninguna de mis palabras.
-Qué fácil es ponerle nombre a eso que está tan lejos, pero dime, ¿sabes ponerle nombre a lo que hay dentro de ti?
Y te quedas callada. No sé si sientes miedo, curiosidad o si ya has marcado en tú teléfono el 112.
Sigues callada. Tal vez no sea callada, tal vez estés hipnotizada. Me levanto mientras me sacudo la hierba del culo:
-¿Y si somos nosotros los que llevamos muertos a ojos de las estrellas desde hace cientos de años?
Y me voy alejando con las manos en los bolsillos, pero algo ha despertado en ti que te hace hablar:
-¡Espera!
Obedezco, me paro sin girarme mientras le sigo dando la espalda, mientas ya sólo soy una sombra sobre aquella piel escamada de víbora. Ella está luchando por mí.
-¿Y por qué no hacerse la pregunta de por qué no siguen vivas? Te he traído aquí, me he currado la estrategia hablándote de lo inalcanzable y lo mínimo que esperaba era un beso, una recompensa.
Me giro:
-¿Cómo te imaginas ese beso?
Y veo cómo se desgarras por dentro mientras aprietas con el puño unas cuantas hierbas y las arrancas en un acto de impotencia, impotencia porque te ves obligada a decir la verdad, porque ya no hay estrategia y en la improvisación no se pueden anular las emociones.
-Perfecto. Apasionado, suave y apuñalador, húmedo y caliente. Lo imaginaba distinto.
Nos veo ahí, besándonos mientras tus piernas se van abriendo poco a poco para encerrarnos el uno en el otro lentamente. Pero estoy pletórico, demencialmente ingenioso, porque tengo respuestas simples para cuestiones tan terrenales.
-Pues no te lo daré, para que sigas con esa fantasía, para no decepcionarte y hacerte sentir que en realidad un beso son dos escupitajos que unen dos lenguas que se alían.
Y me voy alejando, con las manos en los bolsillos. Ella vuelve a hablar:
-Me dijiste que íbamos a ver el amanecer.
Entonces pienso si todo lo que se dice es promesa, si todo lo dicho trasciende a verdad absoluta y por un lado me siento obligado a cumplir con mis palabras; por otro, a demostrarle lo que es la decepción. Evidentemente, supe que era lo más importante y respondí:
-El amanecer es ver cómo la noche sangra acuchillada por los rayos del sol. Es una herida que de repente aparece en el horizonte y que se va haciendo más nítida. Entonces esa luz nos hará vernos tal cual somos, con nuestras ojeras de insomnio, nuestra palidez, la embriaguez del alcohol consumido. Seremos las primeras flores en abrir sus pétalos. Y nos veremos marchitas, porque la magia se desvanece con la verdad, porque la hora del aquelarre ha caducado.
Al fin me fui tras crear el silencio. Ella se quedaría a ver sangrar el cielo mientras yo le había mantenido la ilusión del beso perfecto. Sin duda, si le hubiera dado el beso, lo más probable es que lo hubiera olvidado; pero jamás olvidaría ese momento en el que hice del cielo una tumba.

4 comentarios:

  1. Me hiciste pensar en ese beso, y en esa esperanza que mata toda forma racional de mirar a través de la noche o del día, o de la realidad misma.
    Un desencuentro a plena luz del inicio que nunca fue. Hermoso.

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    1. Porque supongo que todo es mas hermoso y perfecto cuando sólo existe en nuestra mente. La realidad decepciona, el mundo desfigura fantasías y la luz te proyecta la realidad.
      Muchas gracias.

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  2. Me gustan las normas que rigen "los desastres" pero no fue desastroso. Al contrario, fue bien. Romántica la tumba del protagonista, una curiosa forma de llevarla a su terreno. También es magia eso. Impresionante.
    Si el protagonista hubiera seguido el juego habría acabado harto (esas fantasías y esos sueños solo auguran muy mal rollo). Ella también. Pasión, sensualidad, magia disney, amor y después del romántico besos, amanecer y decepción. Eso sí que es una norma que se cumple con frecuencia.
    Me ha gustado. Tengo que releerlo porque antes lloré con "Desvaríos II" y aún estoy echando de menos la morcilla y la cecina. No sé si pillaré un vuelo en un par de horas.
    Un abrazo

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  3. Es fácil arrastrar a cualquiera hacia el pesimismo o la decepción, romper sueños, expectativas, metas... las personas son muy frágiles en ese sentido y más cuando no todo depende de ellas mismas.
    Si el protagonista hubiera seguido, ella se hubiera chocado contra la realidad. El protagonista sí que es cierto que está harto de toda esa idealización que, como bien, sólo puede desembocar en un mayor desastre.
    Algún día volverás, tarde o temprano.
    Un abrazo, Ana.

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