martes, 15 de julio de 2014

TE SIGO ESCRIBIENDO



Será una noche de insomnio. Y tu recuerdo hecho fantasma aparecerá en las esquinas de las paredes susurrándome:
-¿Qué haces?
La luna estará llena y mi botella vacía; el cenicero a rebosar y yo vacío. Te gritaré.
-¡Déjame, puta! ¿No ves que te estoy escribiendo lo que nadie te dirá jamás?
Tu fantasma se irá, y me quedaré a solas conmigo mismo. La soledad no es cuando hablas contigo mismo, sino cuando empiezas a escucharte. Será mentira. Aún no te habré escrito nada. Miento, sí lo habré hecho. Pero estará tachado, y habrá folios arrugados y rotos. Tal vez ya nunca llegue a escribirte nada que merezca la pena. Tal vez tu fantasma aparezca mientras me duermo con el amanecer y lea:

Lo siento, perdona. Perdona por no poder volver a escribir como antes, por haberte decepcionado hasta en un folio. Siento no poder volar y no saber poner los pies en la tierra. Perdona si tus alas blancas ahora en parte son negras porque te las he ensuciado de tinta. Que siento que ya no tropieces con las sonrisas que hay en cada silencio tras un punto, que siento si te he acojonado a golpes de latido. Que no sé cómo se guardan las distancias en un cuerpo a cuerpo ni sé dónde está la frontera que hay entre el Cielo y el Infierno.

Y habrá más líneas, palabras que jamás llegarás a entender, demencias cicatrizadas en un papel. Nunca lo leerás, sólo lo hará ese fantasma que veo, ese recuerdo que se materializa cuando me hacen delirar los “te echo de menos”.
Me despertaré en la esquina del fracaso. Tendré resaca, porque el pasado produce resaca. Leeré lo que la locura me dictó la noche anterior y lo tiraré, porque no quiero enfrentarme a mis líneas, ni al mundo, ni a la realidad. Porque tal vez esa demencia que se derrama por el papel soy yo y no lo quiero aceptar. Y no se puede huir de lo que uno escribe. Aunque lo borre, aunque lo tache, lo queme, lo tire… aunque lo guarde en el cajón que he convertido en el ataúd de las palabras que no cobrarán vida porque nadie las leerá.
Y un rayo atravesará mi memoria reviviendo la última vez que te vi.
-Antes de irte, ¿vendrás a verme al trabajo?
E iría. Y estaría frente a ese mostrador de recepción viendo cómo atendías llamadas y tecleabas en el ordenador. No recuerdo de qué hablamos. Me viene un:
-Es que me miras y me pongo nerviosa.
Sonreías. Tus ojos brillaban. Yo te miraba, te miraba como quien mira un amanecer.
-Me tengo que ir ya—dije—.
-Espera, vete a esa puerta.
Y desapareciste tras recepción y apareciste en esa puerta. Nos estábamos despidiendo y yo ya te estaba echando de menos. De pronto, te separas porque ha habido un ruido. Yo no oí nada. Podría haberme pillado el fin del mundo en ese momento y yo no me hubiera enterado de nada.
-Te echaré de menos—te confesé, te eructé, te vomité, te escupí, me desgarré—.
-Y yo a ti—respondes—.
Sonreías y yo me fui. Sin esperar a que volvieras a recepción. Salí de allí y lo oí. Oí las puertas cerrándose tras de mí y eché la mirada atrás. Nunca más te vi, porque los cristales hacían efecto espejo. Pero oí las puertas cerrándose y, en mi mundo, cuando oyes una puerta cerrándose algo te has dejado al otro lado. Recordé un portazo de taxi. Algo dentro de mí sabía que sería la última vez que te vería.

También recuerdo cuando te dije que te hablaría de mis demonios. Veo la habitación en penumbras y tú… Joder, tú brillabas en esa habitación. Me acariciabas el brazo. Y no te conté casi nada. Mi voz temblaba. En realidad, no era mi voz. Era yo entero tiritando. Quisiera… y quiero decirte tantas cosas… Pero me cuesta hablar contigo porque siempre quiero decirte que te echo de menos y sé que no puedo, porque me has puesto un bozal y una camisa de fuerza con tu “si haces alguna locura, me pierdes”. Soy un perro, soy un perro inquieto al que le han dicho “Siéntate y quieto”. Muevo el rabo, me cuesta, hago ademanes de levantarme y echar a correr para subirme a ti. Sé que cuando hablas conmigo no oigo tu sonrisa porque te la borro con mi melancolía.

-¿Por qué sigues hablando con ella?—Me preguntó mi mejor amiga—.
Porque ellas, mis amigas, siempre han creído que hay que alejarse de todas aquellas personas por las que sientes algo y no sienten lo mismo. Sé que pasaron mil respuestas por mi mente. Que es un ángel, que le canta nanas a mis demonios, que me hace ser lo que había sido antes, que nunca me hizo dudar y que, si alguna vez tuve una duda, fue si entre quedarme con su sonrisa o su mirada. Pero nunca hubiera comprendido nada y me limité a responder:
-Porque es lo más bonito que me ha pasado en la vida.
Porque me sigue haciendo sonreír, aunque no sea como antes. Y añadí:
-Porque ante todo es una amiga y que puede llegar a ser como tú.

Mis únicas amigas las tengo porque se las robé a mi primera ex novia. Recuerdo que me llamó para dejarlo por teléfono y yo me aislé en este pueblo de autodestrucción porque ella no quería verme. Pero ya no había ninguna frontera entre ella y yo, porque sus amigas me abrieron los brazos. En este pueblo no tengo cobertura. Tendría que irme hasta la carretera. Había veces que andaba a través de la noche por la carretera durante un par de kilómetros en busca de un par de rayas de cobertura esperando un mensaje de ella. Daba igual si llovía, si hacía frío, si iba tan pedo que no podía seguir la línea blanca del arcén. Sólo esperaba un mensaje de ella. Me hubiera bastado un “Hola, ¿qué tal?”.  Y… no sé… Casi todas las noches, en ese deambular nocturno, siempre llegaba el mensaje de alguna de sus amigas diciéndome que se me echaba de menos. Siempre las he tenido ahí, en lo mejor y en lo peor. Y eso que hubo una época en la que estuvieron dos años sin saber de mí, pero nunca, nunca me olvidaron.
Esa tarde, cuando Mery (mi amiga, mi mejor amiga), me preguntó por qué seguía hablándote recordé todo eso. Guardé silencio, porque mi ex novia también estaba allí. Pero me hubiera abierto en canal y habría sangrado ante ella como nunca lo había hecho antes. Porque le hubiera dicho que tú siempre estabas pendiente de mí, que me escribías preguntándome a ver qué tal, que no te habías olvidado de mí. Y eso es algo que nunca había hecho mi ex. Yo, en esa época, sólo necesitaba eso. Unas palabras, un “¿Qué tal?”. Me hubiera valido un simple “Hola”. Y tú sigues siendo un ángel, aunque hayas emprendido el vuelo y sólo me queden un par de plumas de recuerdo en el suelo del Infierno.
Lo reconozco, se me fue todo de las manos. Pero tú reconoce que también, sólo que supiste salir del sueño. Yo sigo en él, no sé salir de un sueño que no es mío. No sé en qué momento te quise dar la mano para llegar a ese infinito que estaba por construir. Sólo sé que estaba a un “¿Me desmaquillas?” de quererte. Y era algo que necesitaba. Quería volver allí donde me someto a lo que te late un corazón. Por eso quería volver a verte. Porque otro “¿Me desmaquillas?” hubiera hecho que volviera a fluir con cada latido. Y ni siquiera sé si se ese “¿Me desmaquillas?” se lo has dicho a otros. Y no lo quiero saber, lo quiero hacer mío, aunque no lo sea.

Ahora estoy muy confuso, pero a veces creo que te sientes culpable de cómo estoy ahora. Espero que no sea cierto, porque no es así. Porque me hubiera pasado lo mismo aunque no te hubiera conocido. Sólo que en este castillo de naipes que construí, te metí. Y no eres una situación, una circunstancia… Eres una persona. Una vez me preguntaron “¿Cuál es la cosa más importante para ti?” y yo respondí que “antes que cualquier cosa, están las personas”. Y tú eres una persona, y estás por delante de todas las cosas. Y, aunque sigas sin creerlo, eres el único ángel que conozco.
“Siempre creí que lo de que me llamaras ángel me quedaba muy grande” me sueles decir. “Son las pastillas”, me sueles decir. “Eso que haces no tiene nombre”, me escribes cuando hablamos. “No eres así, te conozco”, me respondes. Y no, porque contigo fui lo mejor de mí mismo, y espero seguir siéndolo. A pesar de que ahora sean tiempos difíciles.

No sé si te acuerdas… Pero una vez, uno de tus amigos, me preguntó:
-¿A qué te dedicas?
Y antes de responder, tú dijiste:
-Es escritor.
Nunca nadie había dicho que yo era escritor. Y me llenaste de orgullo por dentro. Hacía demasiado tiempo que no sabía lo que era el orgullo. Te hubiera abrazado en ese momento mientras te daba las gracias. Son detalles como esos los que te convierten en un ángel.

Sólo quiero abrirme ante ti, pero sólo sé hacerlo escribiendo. Querría llamarte cualquier noche a las tantas de la mañana cuando el insomnio me puede y darte las gracias, porque nunca he conocido a nadie que irradie tanta luz como tú. Decirte que eres un ejemplo a seguir, que te tengo envidia cuando eres capaz de transformar un camino de hojas secas de octubre en primavera.

Querría decirte muchas cosas más y sé que este no es el lugar. Que tal vez debería haberlo escrito en el rincón. Pero ese rincón ya no es nuestro, ya no te pasas por ahí y tampoco sería justo. Por eso te escribo aquí, porque es mi blog, y tengo derecho a escribir lo que quiera, pese a ese bozal y esa camisa de fuerza que me has puesto. Me siento solo en ese rincón…

Hoy me ha dado por ti. Mañana me dará por destrozar el mundo, o por escupir sobre mi pasado, o por… No sé… Sé que, a veces, necesito escribirte. Y que si lo lees, finge no haberlo visto jamás.

Y como es mi blog, mis líneas, mis letras, mis normas… Un beso. En estas líneas no tiene cabida el “Biquiños”. Y te seguiré escribiendo de vez en cuando. Ese “De vez en cuando” significa que te seguiré escribiendo más de lo que tu mundo me lo permite. Y cuando ya no tenga nada más que decirte, me callaré. Y me haré silencio, y con él, olvido.

Te escribo post mortem, aunque ya nada importe.