lunes, 30 de junio de 2014

PERFUME



Nunca había dormido en su cama. Ni siquiera había dormido nunca con ella durante el tiempo en el que habíamos estado juntos. Ella se había ido a dormir a casa de una amiga y a mí me tocaría pasar la noche en su habitación, en su cama.
Olía a ella. El mismo olor de cuando estaba a centímetros de mí, olor a sus abrazos, a sus besos, olía a recuerdos olvidados que se caían ahora de las telarañas de mi mente. Y no había ninguna fragancia varonil en toda la almohada, ni en las sábanas. Sólo ella. Estar en esa cama era como dormir con el cadáver de un amor muerto dando vueltas de un lado hacia otro sin conseguir que esa esencia se fuera.
Podía sentir su fantasma a mi lado, respirándome la nuca mientras me abrazaba a la nada. Intentaba dormir cerrando los ojos, pero su olor no me dejaba, porque era como si ella estuviera allí, como si hubiera vuelto colándose con la luz de luna por la ventana para acostarse junto a mí.
Cada inhalación era una tortura transformada en “te echo de menos”. Un pelo suyo yace sobre la almohada, y no me atrevo ni a tocarlo, por si en mi demencia me da por acariciarlo como si aún estuviera en su cabeza. Finalmente, me dormiría envuelto en su aroma mientras soñaba con ella.
Al levantarme, rociaría con mi perfume la almohada y las sábanas de aquella cama en la que ella dormiría aquella noche.


domingo, 29 de junio de 2014

DESVARÍOS



A veces, cuando estás dormido y te dejas mecer por los sueños, la vida te da estabilidad, un orden, y el caos te deja de arrinconar contra las cuerdas. Y construyes como un niño pequeño tu castillo de naipes sin dejar ningún as en la manga. En realidad, no sé si era estabilidad o monotonía…, pero ambas cosas causan ese efecto de estabilidad que tanto deseas. No, era monotonía… Me levantaría a las 5 de la mañana, le daría los buenos días al ángel en su turno de noche, desayunaría café con leche, me ducharía con agua caliente a pesar del calor murciano porque me duele la espalda si lo hago con agua fría y me vestiría a prisas porque me habría entretenido demasiado hablando con ella porque a las 8 tendría que estar en Alicante.
Iría por una autopista de cuatro carriles, siempre por el segundo de ellos, para dejar incorporarse a los coches de la derecha. Antes me levantaba a las 5:30 e iba a unos 130 km/h, pero se reduce mucho más el consumo si vas a 100 km/h. “Hoy vendo, hoy vendo. Hoy hago cambiar de compañía telefónica a alguien” me decía durante el trayecto mientras el sol me pegaba de frente y los camiones me comían el culo. “Tengo gasoil para ir, pero no para volver. El gasoil es más barato en Murcia que en Alicante”, pensaba. Iría escuchando a Marilyn Manson, a Pretty Reckless, a Kase O o a 50 cent a todo volumen.
Llegaría a la oficina y saludaría a los compañeros en la acera mientras esperábamos a que las puertas se abrieran entre cigarros y conversaciones intrascendentales. Después entraríamos, saludaríamos a la recepcionista, a los gerentes y pasaríamos a una sala para hacer simulacros de situaciones de ventas. A esto, se sucedería una charla de motivación, una charla en la que te dicen que hay un protocolo que funciona para vender, un sistema que nunca falla. Un sistema que no puedo describir porque estaría en contra de las normas de la empresa y que, por decirlo de alguna manera, es “secreto de sumario”.
Después desayunaríamos y me enteraría de a qué localidad iríamos a trabajar. Cogeríamos el coche e  iríamos a… no sé… Benidorm, Villajoyosa, Alcoy… y empezaríamos a llamar a portales para que nos abrieran e ir puerta a puerta intentando que la gente se cambiara de compañía telefónica. Y volvería a casa sin haber vendido nada, pese a seguir un sistema que decían ser infalible. Regresaría a casa tras haberle escrito al ángel diciéndole que hoy no ha sido el día más productivo de mi vida, a volver a casa de mis tíos a las 20:45 para aguantar interrogatorios como:
-¿Has vendido algo hoy?
-No, pero casi.
-No vales para eso. Quiero que hagas el doctorado, que hagas un proyecto, que prepares un currículum., que…
Y, mientras, pienso “Tía, me tienes idealizado. No soy ese chaval que se sacó una carrera a la primera con notable de media. Que quiero trabajar, ser útil. Que me importa una mierda el dinero, pero quiero algo que me haga independizarme y nada más”.
Volvería a hablar con el ángel. “No te preocupes, mañana seguro que vendes algo”. No sé… Era el único apoyo que tenía en ese momento y siempre dándome ánimos. Le daría las buenas noches y ella me diría que me echa en falta.
Pero esa estabilidad, esa monotonía se iría rompiendo día a día. Porque a mí ese sistema infalible no me funcionaba, porque no hablaba con el ángel todo lo que quería o necesitaba y nos estábamos alejando, porque la presión de “no vales para eso y quiero esto lo otro y lo de más allá” de mi tía me iba oprimiendo un  poco más cada día, porque sólo estaba deseando que llegara el fin de semana para escribir algo, ya fuera a ese ángel, ya fuera cualquier historia que sólo a una mente enferma se le pudiera ocurrir.
Llegaría cada día más roto a la oficina pensando “Joder, tengo dotes de manipulación más fuertes que las vuestras”. Sería llamar a una puerta, hablar con alguien y que ese alguien diga “No, sé. Pásate mañana porque lo tengo que pensar”. Sólo había que responder cosas como “Mañana no estaré si no vendo hoy. Me echan del trabajo, porque dicen que soy demasiado sincero cuando digo los precios con I.V.A incluido, porque yo no soy de esta ciudad y  es la primera vez que hago esto”. Y esa persona al otro lado de la puerta, se compadecería (o no, pero alguna habría que sí), y le pediría mil veces perdón por molestarla en su hora de la siesta, pero que no le estoy mintiendo cuando le digo que se va a ahorrar unos cuantos euros en su factura, que soy de un pueblo de León y que no me haga regresar allí a cortar leña, a caminar sobre mierda de pollo y gallina, a cargar piedra, a estar en un pueblo donde la media de edad está en unos 65 años y donde no me relaciono con casi nadie. Donde todo eso lo hago sólo para creer que merezco un plato de comida en el que mi padre se ha gastado el dinero. Pero no, porque por una vez en la vida dije “Voy a seguir las normas, voy a hacer las cosas bien”. En realidad, a veces me daban ganas de meterme en un bar, liarme a cervezas, hablar con la gente, pagar unas cuantas rondas, solucionar el mundo y puede que le hubiera hecho cambiar de compañía a medio local.
Entonces, un día en Altea, tras pasar un Jueves Santo de portal en portal hablando más inglés que en español, ese castillo de naipes empieza a desmoronarse. Y digo “A la mierda”, y me siento a la orilla del mar a ver el agua salada meciéndose como un millón de lágrimas. Un mar que no había visto en la vida, porque los únicos mares que he visto son los de Asturias, Galicia o Santander, mares que se erizan, que se revuelven, de aguas frías que chocan contra las peñas. Y frente a ese mar azul y tranquilo de Altea, me senté en busca de calma y tranquilidad, pero no la hubo. Porque los demonios de la derrota volvían, porque esas inapreciables olas que llegaban a la arena me traían de nuevo el Infierno.
-¿Bonito, verdad?—Me dice una voz detrás de mí—.
Era mi compañera. Le había mandado un mensaje cinco minutos antes diciéndole que había llegado al coche cuando, en realidad, llevaba sentado allí media hora mirando la playa.
-Es lo más bonito que he visto en la vida—respondí—.
-Vamos a comer.
Fuimos a un bar. Yo no comí, no tenía hambre. Mi compañera me daría ánimos y me inyectaría un poco de motivación para sonreír y seguir intentándolo. Y aquella tarde, aquella maldita tarde, estaba llamando a un portero cuando una señora de unos sesenta años justamente salía por el portal, maquillada, oliendo a ese tipo de colonias que suele usar la gente mayor y que te revuelve el estómago.
-¿A quién llamas?—me diría en valenciano—.
-A todos—respondí en castellano, porque responder en valenciano implicaría verme envuelto en una conversación en la que no podría seguir mucho tiempo hablando ese idioma—.
-¿Por qué tenéis que andar molestando a todo el mundo?—Me increpa—.
Respiro y guardo la calma, porque es difícil que me enfade, a pesar de los malos días que llevaba.
-No molesto a nadie. Me abre quien quiere—respondo—.
Entonces, esa señora que, por su maquillaje y bolso de marca, tendría la vida resuelta desde hace mucho eleva el tono de verdad y vuelve a atacar:
-¿Por qué no te buscas un trabajo de verdad?
Juro que no le grité, que no perdí en ningún momento la educación, pero había hurgado en una herida.
-Señora, ¿qué es un trabajo de verdad hoy en día? ¿Cree que estaría aquí yendo de puerta en puerta si hubiera encontrado algo mejor? ¿Sabe que yo tengo una carrera y que debería ser profesor de lengua y literatura pero que no puedo porque no sacan oposiciones? ¿Sabe que vengo de un pueblo de León de criar pollos y abejas y de andar de mierda de animal hasta las rodillas? Y esto, esto que estoy haciendo ahora, que según usted es tocar los huevos a la gente, es lo único que he encontrado después de haberme ido a la otra punta del país.
Y la señora se queda muda, mirándome, y no sé cuántas personas detenidas en las aceras escuchándome. Sé que al final entré, llamé a todas las puertas y salí con esa sensación de derrota.
Volví media hora antes de lo previsto a sentarme a orillas de ese mar que me traía tormentas. Me llamaron al móvil, era mi madre:
-Siento todas las putadas que te he hecho.
Las olas siguen sin moverse, el mundo sigue igual, la gente pasea, el gorrilla sigue diciendo dónde hay hueco para aparcar y, de vez en cuando, me lanza una mirada amenazadora porque no le he dado una limosna cuando aparqué el coche.
-Vale.
El gorrilla vuelve a mirarme, y al coche. Le jode que ya tenga el coche tan rallado que no pueda hacerle nada él.
-Te quiero—Me dice—.
El mar se mece, se adormece, como la gente que camina por la costa. Por un momento, todo parece un sueño y yo me siento también cansado.
-Vale—contesto—.
Cuelgo, y me quedo pensando, acogiendo todos aquellos demonios que me traen esas pequeñas olas. Después llega mi compañera y cogemos el coche para volver a Alicante.
-Ten cuidado con esa curva—me dice—.
No le hago caso, esa curva en las carreteras de montaña que hay aquí ni te la señalizan.
-No sé si llegaremos a tiempo, porque va a haber atasco en Alicante.
Ella me va señalizando por la ciudad. Ahí ya no corro tanto, ni sé, ni puedo, y sigo con mis cosas en la cabeza. Demasiados coches, demasiadas luces, señales, pasos de peatones. No sé dónde estoy, la verdad. Llevo sin saber dónde estoy toda una vida. Llegamos a la oficina justo a tiempo, estamos allí una media hora y luego me voy.
En la Avenida México se me pone el semáforo en rojo. Estoy parado allí… no sé, segundos, minutos. Se ha puesto en verde desde hace un rato y se oyen voces, bocinas, insultos. Es curioso, a alguien le da por pensar en una ciudad y puede llegar a paralizarla. Me hubiera quedado en ese semáforo toda la vida por no tener fuerzas por seguir, por estar en algún sitio de continuo. Pero el mundo te empuja, te insta a que prosigues y aceleras, tomas la rotonda intentando que no te encierren y tengas que estar dando vueltas. Salgo a la autopista de cuatro carriles. Me he confundido de salida y resoplo, porque tenía que haber cogido la siguiente y por la que voy me vuelve a meter en Alicante, me hace regresar a la Avenida México, al maldito semáforo, a la rotonda, al atasco que vuelvo a provocar porque se me ha calado el coche. En realidad, se ha calado mi mente, no tiene gas para acelerar. Otra vez la autopista de cuatro carriles y cojo la salida correcta a Murcia. Entre mi equivocación y que he tenido parar a echar gasoil, llego a una casa vacía a las 21:30 porque mis tíos se han ido a pasar la Semana Santa a León.
No tengo hambre, pero necesito un trago. Llevaba dos meses sin beber y esa noche me bajo media botella de Larios más dos litros de cerveza que he comprado en un chino. A la noche siguiente ya compraría una botella de Whitelabel por la tarde y Coca Cola. “¿Tan difícil es encontrar Trina de Manzana?” me pregunto mientras cojo la cola y me voy a casa.
Ya es de noche. He intentado escribir algo, pero tengo el cerebro averiado y eso me produce aún más malestar. Me he bebido tres cuartos de botella y creo que no son ni las 22:00. Estoy en la terraza, con una temperatura de 22ºC, en manga corta, mirando como unos gitanos están desmontando una lavadora que alguien ha dejado junto a los cubos de basura. Hablo con el ángel y le digo que estoy rallado, porque ya van dos noches que no me da las buenas noches, que es más fría de lo que yo pensaba. En efecto, se ha enfriado todo. Estábamos envueltos en un sueño y ella se ha despertado. Y volvió, volvió a mí esa sonrisa, la sonrisa de Joker, la sonrisa de las cicatrices. Sigo bebiendo, pensando en cosas que ahora parece que se magnifican dentro de mí y hago crack por todos los lados, por todo lo que he guardado durante años.
A la mañana siguiente, a las 9 me llega un mensaje de una amiga:
-Hola.
-Es un sábado a las 9. ¿Qué haces levantada a estas horas?
-Tengo un curso ahora por la mañana. ¿Qué haces tú?
-La maleta. Me voy.
-¿A dónde?
-A León.
-¿A León? ¿Aquí?—Me pregunta—.
-Sí, a León.
-¿Estás bien?
-Me he dado la mayor hostia de la vida.
Hago la maleta y le dejo una nota a mis tíos de despedida. No se merecían una despedida tan fría, pero tampoco me hubieran dejado marchar. Tampoco me hubiera quedado dinero si me hubiera querido ir a la semana siguiente. Y cojo el coche con 35ºC y voy quemando kilómetros por la autopista. Entonces llego a Madrid, me clavan 15 euros de peaje y después opto por ir por la nacional, porque como soy un paleto de pueblo no sé si puedo pagar con tarjeta el resto de peajes ya que me he quedado con 3 euros en efectivo. Lo bueno es que no hay tantos radares y voy a 150 km/h parando sólo para echar gasoil, tomar un café y mear.
No sé, sé que salí de Madrid y al meterme en Castilla y León todo está nublado y oscuro, hay tormenta, llueve y sólo hay 15ºC. “Bienvenido al Infierno” pienso. Una amiga me espera en León, las otras han tachado todos sus planes de Semana Santa y vienen de Asturias o de la otra punta de León. La primera noche la paso en casa de una amiga. “Otra cama extraña”, pienso. Y al día siguiente me despierto y no sé dónde estoy. El siguiente mes lo pasaría en casa de dos amigas, una de ellas, mi ex novia.
Odio León, pero es mejor que volver al pueblo de mi abuela a llenarme los tobillos de mierda de pollo. Las cosas no van bien, porque pasa el tiempo y me voy rompiendo más porque no encuentro nada de trabajo. El lunes no sé cuántas llamadas y mensajes tengo porque mis tíos han vuelto a Murcia y yo no le he dicho a mi familia que me había ido. Tendría que haberme ido a Barcelona y tirarme en una acera a vender lo que escribiera mientras me emborracho y la gente me mira con desprecio.
Una tarde, estábamos mi ex novia y yo en el sofá. Ella estaba estudiando porque tenía un examen. Y no sé cómo explicarlo… Pero fue de la chica de la que más enamorado he estado en la vida. Recuerdo que vino a presentarme una noche con una sonrisa, con un brillo en los ojos, con voz dulce, con desparpajo y seguridad en sí misma. Un día se acabó la relación, la recuerdo montándose en un taxi dando un portazo mientras yo me quedaba en esa acera viendo cómo se alejaba. Y ahora la estoy viendo, en ese sofá, sin sonrisa, con los ojos oscuros, porque ella en su momento también se rompió. La muerte de un padre, un sueño de ser enfermera que se vio truncado porque no logró acabar bachillerato, problemas económicos y tíos que le fueron endureciendo el corazón porque nunca la quisieron. Callé, callé porque… no sé, supongo que el mundo nunca nos permitió ir diciendo por ahí todo lo que pensamos. Fue una chica por la que estuve esperando seis años, cerrándome en banda a todas las demás. Y en ese momento me di cuenta de que ya no era la chica que había conocido, ni yo el chico ideal. Ese chico por el que a veces lloraba borracha cuando la dejaba un novio mientras le confesaba a nuestras amigas “Sólo Joker me quiso de verdad”. Dicen que el tiempo lo cura todo, y nos estamos pudriendo. Le hubiera dicho a ver en qué momento se fue todo a la mierda en su vida, si alguna vez había pensado que la vida le metería la zancadilla, qué hubiera cambiado en nosotros si hubiéramos seguido juntos.
-Voy a dar una vuelta—le digo—.
-¿A dónde?
-Adivina.
Y en quince minutos ya voy por mi segunda cerveza y aparece ella allí, diciendo que está preocupada. Ella, que desde que se rompió, la envolvió la indiferencia, que tiene un “me da igual” para todo… Ella estaba allí, con los ojos llorosos porque decía que había cambiado, que ya no me reía, que ya no hacía chistes ni sonreía, que bebía más que comía, que… Dio igual, porque no supe valorarlo. Y sé que le fue difícil mostrar ese interés por mí, porque, a pesar de ser amigos, siempre guardamos las distancias. Nos vamos a casa, me meto en la cama e intento dormir.
Al día siguiente iría a hablar con mi madre. Le dejaría las llaves de casa y le diría que nunca ha merecido que la llamara “mamá”.
-Perdón—me dice—.
-Ya es tarde—le respondo—.
Y la dejo ahí llorando mientras abro la puerta.
-Deberías haber llorado todo esa hace años.
Y cierro. Todo se acaba con una puerta cerrándose. La puerta de un taxi, la puerta de una casa, la puerta de un hotel, la puerta de un hospital… Al menos en mi vida, muchas veces cierras una puerta y no sabes en qué lado te has quedado. Pero sabes que has perdido algo tras ella.
Con mi padre fue distinto. Sólo he visto llorar a mi padre una vez que casi se mata en la mina. Fumaba un cigarro tras otro pensando en que habría dejado a una mujer y a tres hijos, en que se puede romper todo tan fácil en un segundo, en que si ese costero de una tonelada hubiera caído medio metro más hacia la derecha él no estaría ahí fumando y llorando mientras nos miraba. Y esa tarde mi padre estaba llorando, escuchándome y diciéndome que todo saldría bien.
-Necesitas un psicólogo. Yo iré contigo al médico. Pero llevas necesitándolo mucho tiempo.
Y he vuelto al pueblo de mi abuela, a este pueblo de autodestrucción, a beber, romperme y a desgastarme más. He vuelto al principio, pero en vez de empezar desde cero, lo estoy haciendo desde números rojos.
Es difícil ir al médico y decir “Necesito un psicólogo”.
-¿Por qué? ¿Qué te pasa?
Y menos mal que habló mi padre, porque yo habría mandado a la mierda a esa médico que estaba de sustitución. “Hazme el volante y no me lo pongas más complicado”. Hubiera sido mucho más sencillo con mi médico habitual, al que ya conozco. A los pocos días me llamaría mi médico para que fuera y hablar. Me daría Alprazolam 0.5mg. y me diría que lo tomara cuando estuviera nervioso.
-Cuéntale todo el psiquiatra, ¿de acuerdo?
-Sí.
El Alprazolam no me hace nada. De hecho, llego a pensar si no serán pastillas de placebo.
Y llegas a la consulta del psiquiatra. El simple hecho de estar allí ya te hace sentir que estás loco. “¿Estaré perdiendo la cabeza? ¿Estoy loco de verdad?” No dejo de preguntarme. Y de pronto, sale un señor de unos cincuenta años que dice mi nombre. Es más bajo que yo, pelo canoso, perilla, ojos achinados, serio, con traje y corbata. Se presenta dándome los buenos días y presentándose. Me lleva a un despacho:
-Bueno, cuéntame… ¿Qué te pasa?
“¿Qué te pasa?” Pienso. Se me da mal hablar. ¿Cómo le digo que lo que me pasa es una vida? ¿Cómo empiezo? ¿Cómo ese tío que tiene una carrera de psiquiatría puede intentar simplificar todo en un “¿Qué te pasa?”. Me callo muchas cosas, me es difícil abrirme y menos ante un desconocido. Me habla con un tono suave, lentamente. Eso sí lo hace bien. Esa gente te habla muy tranquilamente, para no alterarte. Porque, sinceramente, ahora mismo me altera la multitud, no soporto a la gente, los gritos, las voces, que me hablen deprisa…
-¿Pero qué te ha hecho la gente?—Me pregunta—.
Y no respondo, pero… Tal vez no sea la gente, sino yo, que no he adaptado a este mundo que han creado. Que desde que nos hemos bajado de las ramas y dicen que hemos evolucionado lo hemos complicado todo mucho. Protocolos, trabajos, normas sociales, idiomas, estudios, economía, política, relaciones… El mundo ha impuesto demasiadas leyes. Me receta Ketazolam 15mg.
-¿Sabes que con esto no puedes beber, no?
-No creo que pueda dejar de beber—le confieso—.
-¿Tienes problemas con la bebida?—Me pregunta—.
-Puede que sí. No lo sé. Ahora no sé muchas cosas.
Y entonces sonríe:
-Bueno, entonces no me voy a privar de ponerte en la receta que no bebas. Y escribe en observaciones “abstinencia total”.
“Vaya, pienso. Hay gente yendo a Alcohólicos Anónimos y resulta que parece ser que si te ponen en una receta que te abstengas de beber, vas a dejar el alcohol”. Me deriva a la semana siguiente a un psicólogo.
El Ketazolam tampoco me hace nada. Me noto más cansado, pero no me duerme los demonios. Sé que no me deja escribir, por eso ahora escribo cosas personales (no me da el cerebro para hacer ficción y me cuesta mucho hilar frases y hacer metáforas), me cuesta ordenar las cosas cronológicamente. No sé si algo lo he hecho ayer o antes de ayer, el tiempo se estira o se encoge. Pero por lo demás, no me hace nada. Que tampoco quiero andar zombie, sólo una pastilla que me la tome y que me duerma mientras le digo a la oscuridad de la noche que no quiero jugar con los fantasmas del insomnio.
Vuelvo al psicólogo. A este le cuento todo, porque supongo que si quiero salir de esta hay que ser sincero.
-Bueno, veo que tienes mucho que contar. Vas a enumerarme las cosas, ¿vale?
La cara de un folio escrita a mano, toda una cara. No sé, “debo de estar como una puta cabra”, pienso. Porque hay sólo están enumerados los problemas, ni siquiera están desarrollados ni estudiados.
-¿Algo más?—Me pregunta—.
-Ya está.
-¿Ya está? Como si fuera poco…--Me dice—.
“Gilipollas”, pienso. Y veo que se pone a leer y me hace alguna pregunta al respecto. Yo respondo con toda la sinceridad del mundo.
-¿En serio?
Y ves a ese tío que resopla, que se ha bloqueado, que mueve el bolígrafo entre sus dedos sin saber qué hacer ni qué decirme.
-Iba a hacerte una pregunta… Pero, perdona, se me ha ido porque se me ocurren demasiadas. No importa. ¿En cuántos centros de salud mental has estado?
-En ninguno—respondo—.
Se me queda mirando como diciendo “No me mientas”.
-No me refiero aquí. Me refiero en otras provincias, comunidades, en cualquier otro lado.
-En serio, esta es la primera vez que voy a un psicólogo. Aparte de la anterior consulta que tuve con el psiquiatra—le digo—.
-Bueno, entonces… ¿Desde hace cuánto llevas medicado?
-Nunca me han medicado.
Y vuelve esa mirada…
-¿Ningún ingreso? ¿Ningún ansiolítico, sedante? ¿Nada?
-No, de verdad.
Vuelve a apuñalarme con la mirada. Entonces dijo algo, algo que no se me va a olvidar en la vida.
-¿Entonces cómo has sobrevivido?
¿Es que debería haberme suicidado? ¿Me estás diciendo eso?
-No sé.
Pero pienso, que con una sonrisa de Joker, en sonreír porque ya nada puede ir peor, porque ya no había nada que perder… Pero no fue así y por eso estoy aquí. Sin embargo, me callo porque no creo que me entienda.
-Voy a hacerte un hueco la semana que viene. No es una cita oficial, es algo excepcional.
Y salgo de allí pensando en si estoy para encerrar. En casa pensaría en si me estaría provocando. Él vive de sus pacientes, quizás un “voy a ver si lo jodo un poco”.
Vuelvo a la consulta. Sí, ese cabrón me está poniendo a prueba. Me ha hecho ir sólo para hacer un perfil psicológico, pero la consulta no es privada, ya que otra chica haría el mismo test. Sin embargo, me manda pasar a mí primero para hablar antes. Le digo que el Ketazolam no me hace nada y que, sinceramente, no estoy mejorando nada. Manda pasar a esa chica. Es una prueba, porque ese tío sabe que me altera la gente nerviosa y esa tía parece que se ha metido medio kilo de coca. No calla, habla atropelladamente, no deja de hacer preguntas durante el test, mueve el pie, eleva el tono de voz. Me dan ganas de clavarle un lápiz en el ojo. Termino de responder un verdadero o falso a esas 175 preguntas, la chica va por la setenta y pico aún. El psicólogo me da cita, otra cita de excepción para otro día y me dice que siga tomando la medicación.
Y hoy escribo esto, porque algo tenía que escribir… Porque supongo que he estado demasiado escupiendo al mundo y tal vez el mundo no tenga la culpa de nada. Que yo he tomado las decisiones que he tomado en mi vida y no han sido las correctas. He llegado a la conclusión de que da igual lo bien que hagas las cosas, porque hacer las cosas bien no cambia nada, porque hacer lo correcto “va todo según lo previsto”. Por ejemplo, ten una novia. Regálale flores, llévala al cine, a cenar, hazle poemas… ¿Cambia algo? No, sólo instante efímero en el que le proporcionas un poco más de felicidad. Haz una sola cosa mal. Sé infiel, ignórala, discute una noche con ella, cualquier cosa. Lo cambia todo, para siempre.
Supongo que he hecho muchas cosas mal… Y no sé cómo saldré de esta, pero evidentemente, no volveré a ser el mismo. Últimamente, lo que más escucho es “Eso no es propio de ti”, “Eso que haces no tiene nombre”, “¿Por qué vas a hacer daño si nunca has sido así?”. En realidad, una parte de mí era así, pero ya no tengo control sobre ella.
 No sé en qué momento caí en el Infierno, pero ahora sé que debajo de un Infierno, siempre puede haber otro más profundo.


jueves, 26 de junio de 2014

BRINDIS



Hoy quiero hacer un brindis, hoy quiero que alcéis vuestras copas porque no podéis hacerlo con el corazón. Quiero que choquemos las copas por todos aquellos ángeles que cayeron al Infierno y de cuyas alas no quedan más que plumas ardiendo por entre las brasas que tenemos por suelo. Quiero acordarme de cada uno de vosotros que intenta olvidar su alma rota buscando orgasmos, que prefiere desnudar su cuerpo que sus entrañas.
Quiero brindar por cada anoréxica a la que no le sujetan el pelo mientras vomita y se le caen las lágrimas en ese túnel donde no hay luz al final, de cada cuerpo con más huesos que piel que vuelve a la realidad tras tirar de la cadena. Quiero que levantéis vuestras copas por todos aquellos que convierten el hoy en la resaca del mañana, que deliran en medio de la realidad con cada droga que se esnifan o tragan, de los que hicieron la barra de un bar su muro de las lamentaciones.
Bebamos por cada uno que se ríe del nihilismo porque ya no hay en lo que creer, por cada sueño roto que aún no nos hemos atrevido a barrer con la escoba de la realidad, por cada acto de autodestrucción que se ve reflejado en la piel o en el corazón.
Un brindis por cada uno de vosotros que es capaz de levantarse por la mañana dejándose el alma en la cama, por cada uno de vosotros que convertís el error en arte; la decepción, en una sorpresa; el mundo, en un manicomio. Por los que lloran en el rincón de pensar mientras el miedo les arrincona, por los que huyen corriendo en círculos sin saber de qué o quién alejarse, por los que bailan con demonios, por los que cantan con la voz de sirenas varadas, por los que lloran con cada amanecer, por los que no lo hacen porque ya agotaron las lágrimas.
Va por los que hacéis guardia en la noche con cada uno de vuestros insomnios, por los que se dejaron envolver por la oscuridad de la noche entre terribles pesadillas, por los que maltratan almohadas y se ven enredados entre sábanas mientras los fantasmas nocturnos les gritan al oído. Por los que se levantan a mirarse al espejo y no se reconocen, por las que se maquillan porque es el mejor velo.
Porque, a pesar de todo, tal vez lo único bueno que quede de nosotros sean nuestras líneas. Palabras al amor aun sabiendo lo efímero de un latido. Va por vuestra sangre derramada en prosa o en verso, por vuestros tweets, por vuestros blogs, por vuestros puntos suspensivos, por vuestros silencios cuando el mundo hace demasiado ruido, por las balas que aún no hemos disparado, por nuestros cañones torcidos, por nuestros cuchillos oxidados.
Sólo un brindis por tener la fuerza de escribir y ser escuchados en el Averno, porque, al final y al cabo, vuestras palabras, vuestras ideas, vuestras actitudes… sobrevivirán mejor que todos nosotros.