sábado, 6 de enero de 2018

CARTA TARDÍA A LOS REYES MAGOS

Queridos Reyes Magos:

No sé cuántos años hace que no os escribo una carta. Tengo muchas cosas, demasiadas… Una cicatriz por cada golpe de realidad, un insomnio por cada sueño que ardió hasta hacerse cenizas, una lágrima por cada latido, un frío de soledad que no se extingue, un inabarcable vacío que en su día creí poder llenar de whisky, una infancia que me hace seguir llorando como un niño, una caja de Pandora sin esperanza llena de demonios, un talento innato para dejar folios en blanco, una declaración de guerra contra el mundo cuando he perdido todas las batallas, una alianza con el silencio que hay entre el rayo y el trueno, la mirada perdida deshojando su brillo en la oscuridad, una luna medio vacía, constelaciones de estrellas muertas que ya se fueron, pero que aún contemplo y una vitrina llena de trofeos al mejor fracaso. Eso todo lo he conseguido solo, me lo he ganado a pulso, sin pediros nada.

Sin embargo, hay una cosa que no he podido: conformarme. No sé, ¿la gente os pide salud, no? Yo me conformo con sentirme vivo, aunque me muera mañana. No pediré felicidad si ya parece imposible, sólo acostumbrarme a esta tristeza. No pediré que se cumplan mis sueños, sólo dormir sin darle vueltas a una almohada entre insomnios ni tener pesadillas. No pediré ese abrazo que ocuparía el hueco de mi cama, simplemente que ese vacío no penetre en mi corazón. No pediré ni musa ni inspiración, sólo sentir esa satisfacción que ya no tengo cuando termino de escribir algo. No pediré que el mundo tenga sentido, únicamente que me deje tranquilo y que su realidad no me viole cuando mi mente me exilia de él. No pediré que salga el sol para que deje de llover; solamente que me guste el gris. No pido entender, sólo dejar de preguntarme; ni esperanza, sólo no desesperar; ni sonreír, sólo no sufrir; ni tener, sólo saber soltar; ni ganar, sólo no tener tan mal perder.

Por otro lado, hay cosas que no quiero cambiar. No quiero que me arrebaten la inocencia que aún pervive en mí, ésa que aún me hace creer que todo el mundo está lleno de buenas intenciones. Quiero seguir siendo sincero, quiero continuar sin odiar, quiero seguir teniendo esa sensibilidad que me caracteriza para darle la importancia que merecen los pequeños detalles, quiero seguir teniendo el impulso de correr a los columpios cuando veo uno, continuar admitiendo que estoy en un error cuando me equivoco, hablar con el corazón en la mano aunque me tiemble el pulso, susurrar lo que pienso aunque deba callarme, bromear sobre mis tragedias, no temer hacer el ridículo... Seguir siendo yo, pero sin que duela tanto.

Ya sé que este año ya no podrá ser, pero considerad esta carta como la primera del año que viene.

P.D.1: Espero que sigáis mi blog porque no tengo vuestra dirección para mandarla por correo.

P.D.2: Si seguís mi blog, podríais haber comentado alguna vez o, al menos, haberme dado un +1 en el G+.

P.D.3: Por si lo estáis pensando, no, no le he escrito una carta a Papá Noel igual ni soy un chaquetero.

P.D.4: Soy ese niño que tiene todos sus juguetes rotos, pero que, gracias a su imaginación e ilusión, sigue jugando con ellos.


P.D.5: Gracias.

miércoles, 3 de enero de 2018

AMOR INMORTAL XI: EDÉN

Llegamos a un pueblo, ni siquiera era una ciudad pequeña. Se escondía en las profundidades de un valle y no debía de tener más de doscientas casas. Al estar rodeado de montañas, el sol se ocultaba antes y la nieve que había caído en diciembre aún no se había derretido como en la ciudad de la que huíamos. Apenas vimos gente cuando entrábamos con el coche y varias de las casas parecían abandonadas.

—Ya hemos llegado —dijo su padre antes de que su madre empezara a reducir la velocidad.

Paramos al final del pueblo, enfrente de una casa rural de dos plantas, antigua, pero en buen estado. Tenía un patio espacioso, como el doble de grande que el que sus padres tenían en su ciudad, aunque se notaba que no había sido cuidado durante años porque los árboles necesitaban una buena poda y por la cantidad de escobas que habían crecido. Seguramente, cuando llegara primavera estaría lleno de malas hierbas. Sabía que era el final del pueblo porque casi al lado de la casa nacía un camino que se adentraba en un bosque donde se perdía entre los desnudos árboles cubiertos de nieve.

—¿Qué es este sitio? —preguntó ella.

—Es el pueblo de tus abuelos y donde nos criamos tu padre y yo —respondió su madre—. Esta es la casa de mis padres y la casa de tus otros abuelos está un poco más abajo, pero os hemos traído a ésta porque se encuentra en mejor estado.

—¿Por qué no me habíais traído nunca aquí? —preguntó ella desconcertada, quizá incluso decepcionada.

—Lo hicimos —contestó su padre—, pero eras muy pequeña y no te acuerdas.

—Y nunca me hablasteis de mis abuelos...

—Vayamos a dejar vuestras cosas en la casa primero, después daremos un paseo por el pueblo.

A pesar del impecable estado de la casa, se notaba que hacía mucho tiempo que nadie vivía allí. Había cosas tapadas con sábanas que no descubrimos en ese momento, es decir, cuando sus padres se fueron, ya sabían que tardarían tiempo en volver. Quizá nunca habrían pensado en hacerlo. El polvo cubría los muebles, pero su madera estaba en un estado perfecto porque hacía años que la luz del sol no entraba por las ventanas. De hecho, la casa debía de haber sido restaurada poco antes de ser abandonada. Tal vez quisieran venderla, pero nadie la quiso comprar por estar en mitad de ninguna parte. Lo sé, en vuestro mundo mataríais por una casa así, pero en el nuestro, irónicamente, al no haber muchas personas a las que matar, no. A las personas les gustaba el bullicio, el contacto con otra gente, los grupos que entraban en un local y que ocupaban la mitad del espacio, una buena pelea masificada como las que se hacían en el patio del colegio con otro gran grupo que había, las matanzas callejeras, los atropellos bajo las luces de las ciudad, las bocinas, matar con la intención de no resucitar para huir camuflado entre la marabunta de personas que se arremolinaban en la ciudad, presumir del homicidio en los bares, creerse el mejor durante un breve espacio de tiempo sobre las miles de personas que se concentraban en una ciudad, ganarse una reputación entre tantos y la admiración de unos cientos, que un nombre viajara a otra ciudad... Fama, las ciudades otorgaban fama y este sitio tan tranquilo no lo hacía, únicamente proporcionaba paz, algo que para un inmortal era insultantemente aborrecedor.

Mientras dábamos un paseo, sus padres nos contaban historias sobre el pueblo y alguna anécdota. Ellos se habían criado ahí, por aquel entonces, había más gente, había un colegio en funcionamiento y ninguna casa estaba abandonada. Su infancia fue como la de cualquier niño, de vuestro mundo, es evidente que la infancia de un niño ahora es, como poco, peculiar. Lo único que podría ser un poco distinto es que, al igual que nosotros, sus padres siempre habían estado juntos y se habían enamorado también a una edad muy temprana. Más tarde, se fueron a la ciudad en la que ella y yo nacimos para cursar estudios más avanzados y, con el tiempo, trabajar. No obstante, siguieron volviendo a su pueblo natal, aquel lugar en el que había nacido su amor entre juegos de pelota con otros niños, emocionantes exploraciones por el bosque con el deseo de encontrar el lugar idóneo para construir una cabaña y carreras por las calles cuando jugaban al escondite. Su amor les hacía viajar a esa infancia cada vez que volvían a ese sitio y, por eso, regresaban siempre que podían, a pesar de que ya sus pequeños amigos habían volado a otras ciudades y se habían olvidado de ese pueblo que les había visto crecer. Quizá, para todos aquellos que no habían regresado, nunca tuvo nada de especial, las luces de la ciudad los había deslumbrado y atrapado como polillas en la marabunta que se concentraba en las fascinantes alfombras rojo sangre de la fama urbanita. Más tarde nació ella y, si por aquel entonces, hubiese habido niños y un colegio abierto, hubiesen estado dispuestos a volver para criarla en la magia de ese pueblo, junto al calor de la chimenea de leña y del cariño de sus abuelos. Es decir, jamás la hubiese conocido, pero supongo que la vida está llena de condicionantes que, si nos paramos a pensar, parecería que llenan nuestra existencia de pequeñas circunstancias únicas, casualidades que podrían ser consideradas como milagrosas o, como lo llamáis en vuestro mundo, “destino”.

El pueblo se mantenía al margen de todo ese revuelo que había suscitado la recién descubierta inmortalidad. “Paparruchas” decían los abuelos mientras no se podían creer que hubiese gente que se matara por aquel entonces sólo para comprobar que era cierto. Por supuesto, ellos creían que era una broma, que sus hijos les estaban tomando el pelo y no tenía ninguna gracia. En ningún momento, esa gente, que nunca había salido de ese pueblo, llegó a poder pensar por un segundo que en las ciudades la gente se estaba matando y después resucitando. Aunque pudiese llegar a ser cierto que se podía resucitar, les parecía ridículo asesinar.
Fue entonces cuando su madre, con el consentimiento de su marido, lo mató delante de sus padres cuando sus abuelos se imaginaban que sería una burda interpretación teatral, una broma, un simulacro, sin embargo, la muerte fue real para su asombro, tan real que no pudieron esperar a ver cómo se desarrollaba el proceso de resurrección porque los padres de él enloquecieron ante la atroz y fría muerte de su hijo a manos de la que habían considerado hasta entonces una hija. Por supuesto, no creían ni por un segundo que fuera a resucitar y se abalanzaron sobre ella, no sin que los abuelos maternos salieran en su defensa. Ella gritó para que parasen, su marido seguía muerto en el suelo y los abuelos se enzarzaban en una batalla ciega en la que habían olvidado que pertenecían a la misma familia. La sangre corrió entre gritos de dolor e ira. Al no haber posibilidad de resurrección porque el último en matar había fallecido desangrándose, hicieron llamar a un resucitador universal que tardó dos días en llegar. Quizá fuera por el calor que había corrompido lo suficiente los cuerpos o, tal vez, ninguno de los abuelos era inmortal, pero el caso es que nadie volvió a la vida.

Sus padres nunca más regresaron al pueblo, aunque demostraron que sí era cierto que había gente resucitadora y que podía ser revivida cuando su padre despertó de su muerte, nadie del pueblo quiso conceder importancia al hecho. El primer derramamiento de sangre se había llevado en su familia y a nadie del pueblo se le pasó por la cabeza comprobar quién tenía ese don, así que todos envolvieron en el oscuro velo del secretismo la historia, nadie volvió a hablar de resurrecciones y el puñado de gente que quedaba allí calló hasta llevarse la tragedia a la tumba. De otra manera, ni sus padres ni nosotros hubiésemos podido volver a ese pequeño rincón ajeno a todo, donde la vida seguía como hacía cincuenta y ocho años antes. En ese momento supimos por qué habían decidido dejar de matar y comenzar a vestir de blanco rebelándose contra las genocidas tendencias sociales. Fueron precisamente esas gentes las únicas en percatarse que la inmortalidad creaba monstruos, que el don de poder devolverle la vida a alguien era una maldición que convertía a la persona más cándida en un letal asesino, que no importaba la sangre que se podía derramar si el corazón podía seguir latiendo después.

Así que las pocas personas que nos encontramos no conocían a sus padres, pero mientras volvíamos a casa nos suplicaron que no mentáramos nada acerca de inmortalidades ni resurrecciones y, mucho menos, sobre la horrible historia de la familia. Se despidieron y prometieron ir a visitar a mis padres para decirles que estaba bien, aunque no fueran a desvelarles mi ubicación porque, dado el gran tacto de mi familia, temían que se presentasen en el pueblo sin tener ningún tipo de escrúpulo. En este mundo ocultar que eres inmortal y no alardear de todos las muertes que han provocado tus manos es como si en vuestro mundo os liaseis con un actor famoso y no lo contarais en el bar… y en la panadería, en casa, en el trabajo, en un tanatorio o, incluso, a vuestra pareja.

Descubrimos los muebles que estaban tapados con sábanas y cuál fue nuestra sorpresa al conocer los tesoros que se escondían en lo que parecía ser un despacho o una sala de lectura. Había un piano de cola blanco, una bola del mundo antiquísima en la que había dibujados dragones nadando en los mares o monstruos custodiando fronteras de tierras otrora bautizadas con nombres de lenguas extrañas, las paredes cubiertas de estanterías repletas de literatura que ya había sido olvidada en poco más de medio siglo, un antiguo gramófono y cientos de vinilos, una pesada mecanográfica negra que tenía la caja y las teclas talladas en ébano, una imponente arpa durmiendo silenciosa en uno de los rincones, un gran sillón de cuero negro con un exagerado respaldo cuya corona eran unas monstruosas fauces que se curvaban sobre la cabeza del sedente, un imponente escritorio, una colección de estilográficas y un telescopio que jamás había dejado de apuntar a través de la ventana al cielo a pesar de la sábana que lo cegaba.

Deshicimos las maletas enseguida, colocamos nuestras cosas, no es que llevásemos mucho equipaje, y decidimos ir a comprobar cómo eran las personas que aquí vivían. El mejor lugar, sin duda, era la taberna.

—Bien, mis padres llevan muchos años sin venir. No sabemos si durante este tiempo han averiguado que son inmortales y que hay resucitadores universales. Así que tendrás que ir de blanco por si acaso; yo iré con mi vestido azul para no parecer la Muerte. Tenemos que dar buena impresión a la gente y no buscarnos problemas —me dijo ella.

—De acuerdo.

Yo nunca había estado en una taberna, en un bar ni nada parecido. La verdad es que nunca había llegado a comprender qué podía ver la gente en ir a beber a un lugar de esos para acabar matándose en una pelea. Bueno, quizá esta vez y, si todo seguía igual que como cuando sus padres se habían ido, no hubiera muertes.
Al entrar, el puñado de pueblerinos que allí había enmudecieron nada más vernos.

—Mierda —le susurré a ella.

La reacción podría decirse que había sido la misma que otras veces, la estupefacción, los ojos abiertos, el análisis al que nos sometían… sólo que no hubo ningún movimiento y el silencio era tan puro que parecía haberse detenido el tiempo. Nos acercamos con cautela hacia la barra mientras todo parecía una fotografía. Por fin, algo se movió, algo se oyó: los pasos del tabernero acercándose. Un tipo fuerte, en realidad, todos eran fuertes, desaliñados y el más joven tendría cincuenta años. En vuestro mundo, se asemejaría a una taberna llena de vikingos, pero sin esos cascos con cuernos.

—Qué va a ser —nos dijo con desconfianza.

—Un café con leche —pidió ella.

—Yo otro.

Todo volvió a detenerse, como ese silencio dramático que hay antes de una gran catástrofe o el que hay entre el rayo y el trueno. Vi cómo ella se llevaba la mano lentamente a la daga que tenía oculta en el vestido, yo tragaba saliva y el simple hecho de no saber a ciencia cierta lo que parecía evidente, que un mortal había entrado acompañado de una inmortal en aquel lugar, lo volvía todo ridículamente tenso, más tenso que cuando supimos a ciencia en aquellos restaurantes que la masa iba a intentar caer sobre nosotros con toda su violencia. Todo estalló en una escandalosa carcajada y, entonces, fuimos nosotros los que pasamos a ser las estatuas.

—¿El chico casto y puro va a tomarse un café con la princesita azul? —preguntó retórica y sarcásticamente uno.

—Esto no es una casa del té para mariconas —dijo riéndose el tabernero.

Pensé que quizá deberíamos haber pedido un refresco. Yo ni siquiera quería café, pero como ella era la que había estado en las cafeterías y bares de la ciudad, pues la imité. Entendía que se hubieran metido con mi vestimenta blanca, pero no con su vestido azul. ¿Es que el azul simbolizaba algo que desconocíamos? No, no podía ser porque nunca se habían metido con ella por vestirse de azul. ¿Acaso es que únicamente era en este sitio dejado de la mano de Dios? El tabernero nos puso dos jarras de cerveza que no sabría decir si estaban rayadas o escandalosamente sucias, con decisión, golpeando el culo del cristal fuertemente en la barra, derramándose la bebida por los bordes y cayendo lenta la espuma mientras el líquido ya encharcaba la barra. La gente esperaba a que bebiéramos. Sin duda, un momento que aprovecharían para abalanzarse sobre nosotros.

—Bebe —me susurró ella cogiendo la jarra.

Uno se levantó con su jarra de cerveza, sentí el movimiento de la mano de ella apretando la empuñadora de la daga, se acercó, diría que demasiado relajadamente, se paró a escasos centímetros de nosotros, alzó la jarra y la bebió de un solo trago para después soltarnos en la cara el más largo y ruidoso eructo que había presenciado en mi vida. La mano de ella se relajó. Por supuesto, era una competición, un reto, y a ella le encantaban las competiciones. Me preguntaba si la intención de toda esa gente era emborracharnos y luego abrirnos en canal. Había que disimular y yo también cogí la jarra para pegarle un pequeño sorbo y probar ese líquido con color a meado mientras no desechaba la idea de tirarle la jarra a alguien a la cabeza si la situación se volvía insostenible.

—Joder, amor. Esto sabe a mierda —dije cuchicheando sin saber muy bien si había disimulado la cara de asco que me producía el sabor.

—Mejor, así es más emocionante.

—¿Pero tú has probado este brebaje? —le pregunté.

—No me hace falta —contestó convencida.

Así que cogió la jarra sin pensar y se la llevó a los labios para beberla de un solo trago como parecía ser costumbre en esta taberna. Yo la seguí, no por orgullo ni para demostrar que yo también podía. En realidad, no sé si sabría muy bien explicar por qué lo hice. Tal vez, porque supusiera una demostración de fuerza que evitaría problemas; tal vez, no por demostrarle nada a ninguno de esos pueblerinos, pero sí a ella. Quizá quería que viese que no era una débil criatura que se podía achantar y también era una forma de decirle que no la iba a dejar sola. Cuando acabamos la jarra, ella le eructó en la cara al hombre; yo hubiera hecho lo mismo, pero hubiese vomitado al abrir mínimamente la boca. La taberna estalló en aplausos, las voces volvieron, la vida siguió en aquel lugar tras haber pasado la prueba de fuego y otras dos jarras de cerveza se deslizaron con maestría por la barra hasta nosotros. Ella no entendía qué había pasado y yo, por supuesto, tampoco. Seguramente, en vuestro mundo está claro, pero en este es evidente que no porque todo debería haber acabado en muerte o nosotros huyendo. Ella nunca había estado en un pueblo y yo casi nunca salía de casa, desconocíamos muchos aspectos del mundo. Luego entendería que prácticamente nadie de este mundo lo hubiera entendido.

Parecía buena gente, nunca había hablado con nadie tan distendidamente y me alegraba que no me hubieran discriminado por estar vestido de blanco, sino sólo por ser, según sus palabras, “un apijotado de ciudad”. Tenían razón sus padres, todo seguía como hacía cincuenta y ocho años.
Volvimos a casa dando tumbos y paramos a vomitar un par de veces por el camino.

—Si alguna vez les dices que he vomitado, ya puedes correr —me dijo mientras le sujetaba el pelo porque no sé qué había hecho para que se le deshicieran las trenzas y pareciera que tenía un nido de cuervos en la cabeza.

—Lo mismo te digo —le contesté justo antes de soltarle el pelo para vomitar yo.

Quizá fuese esa repugnante pócima cuyo sabor no parecía tan horripilante como al principio, tal vez el cambio de aires y la tranquilidad que reinaba en el pueblo, lejos de guerras, conspiraciones y discriminaciones, pero ella no había estado tan cariñosa desde hacía meses y nuestros cuerpos se columpiaron entre abrazos, caricias y besos. Sus ojos brillaban y reflejaban las llamas de la chimenea de leña con ese amor e ilusión que temí que se hubieran perdido en ella, por fin sonreía al mirarme distraída de todos los problemas de este mundo y el cielo nocturno de su pelo se enredaba entre mis dedos como si nunca quisiera soltarme. El silencio por fin fue algo que no nos estaba alejando, sino uniendo como hacía tiempo que no lo hacía, ese silencio que también podía ser poesía.

No obstante, en este mundo nada es perfecto. Llamaron por teléfono y me levanté a cogerlo. Eran sus padres. Nuestra anterior casa había ardido. No dormí en toda la noche pensando en si debería decírselo por si nos estaban persiguiendo o si no merecía la pena porque, al irnos de la ciudad, nos dejarían en paz. Ella durmió cálidamente abrazada a mí mientras yo lo hacía a esa niña que había vuelto y que no quería que se fuera de nuevo para que saliera la asesina que llevaba dentro.

A veces, las llamas del Infierno son tan altas que llegan a cualquier parte del Edén.

jueves, 28 de diciembre de 2017

AMOR INMORTAL X: OSCURIDAD

Recuerdo que estaba en casa, sin hacer nada, dejando que el tiempo me atravesara, oyendo cómo el reloj daba puntadas de soledad y los últimos rayos de luz se despedían dejándome la última visión de una casa grisácea, como una foto en blanco negro o, más bien, una casa sin colores. Llegó la oscuridad, la sensación de que el vacío se expandía entre el negror y el sonido del segundero aumentaba haciendo eco en mi cabeza. Me encogí en el sofá hasta acabar siendo una bola y cerré los ojos imaginando que aún había sol, que mi cabeza reposaba sobre sus piernas mientras me acariciaba el pelo vestida de azul, intentando captar su olor y sentir su tacto, pero tan sólo había oscuridad y nada más, mi cuello sufría sobre un cojín que se aplastaba, olía a cuero del sofá y no había nada que me tocara salvo la soledad.

Llegó la fiebre producida por la nostalgia, el sudor frío empapando mi cuerpo, la respiración acelerada, la ansiedad encarnándose en dolor pectoral, los pequeños temblores evolucionando a convulsiones y las lágrimas resbalando por mis mejillas para colgarse en mis labios durante un momento y dejarse caer como quien ya no tiene fuerzas para seguir aferrándose a la esperanza, rindiéndose. Yo ya no era, ni estaba, sólo existía sin ninguna cualidad en una nada. No había pensamientos, no había ideas, ni recuerdos, sólo un yo vacío siendo devorado por ese pequeño rincón del mundo mientras esperaba.

No esperaba el milagro de la luz, un paliativo para la fiebre o un caldo caliente para el frío. Sólo la esperaba a ella, de una manera violenta y desesperada, con la tormenta en mi mirada y el trueno en el corazón. La esperaba de cualquier manera, vestida de negro, azul o blanco; seria o sonriendo; niña o monstruo. Únicamente necesitaba que abriera la puerta y llenase esta nada que me envolvía, aunque lo hiciera con su oscuridad e ira, aunque entrase manchada de sangre y sin saludar para irse a la ducha. Necesitaba que sus pasos sustituyeran el caminar de los segundos, que diera la luz y verla, saber que al menos compartía espacio conmigo, a pesar de que, en realidad, estuviera a años luz de mí. Me bastaba con después ir a la cama y sentir que la abrazaba, aunque fuera como rodear con los brazos una piedra.

Cada día pasaba menos tiempo en casa, volvía más tarde, no sufría ese síndrome de abstinencia. ¿Estaría curada de este amor? No sé cuánto tiempo pasó, cuando por fin se abrió la puerta y dio la luz. Fue como despertar de una pesadilla. No, fue como morir, tener una pesadilla durante ese eterno y último sueño y regresar del Más Allá. La casa entonces no me pareció un agujero negro, ni tan gris, su olor volvía a aromatizar la atmósfera, el reloj se calló o mis oídos lo ignoraron. Debía de estar en un estado lamentable para que se sentara conmigo en el sofá y, poniendo la mano en mi frente para tomarme la fiebre, me dijera con sorpresa:

—¿Estás bien, amor? —me preguntó en voz baja, casi susurrando.

—¿Y tú?

—Claro que estoy bien, cariño —me respondió confundida—. Eres tú quien está enfermo.

—¿No lo ves? Tú estás bien… yo no —le dije.

La fiebre debería de haber remitido con ella a mi lado, los temblores deberían haber desaparecido, pero no. Me había dejado de sentir querido al sentirme encerrado en casa mientras no la veía prácticamente nada. Ella ya no sonreía cuando cruzaba esa puerta y me veía, no la hacía feliz. Me había convertido en algo inercial en su vida, algo cotidiano que había perdido su cualidad de maravilloso, como si fuera otro mueble de la casa. Lo maravilloso de su vida ahora estaba en esa reunión, en toda esa información que anhelaba descubrir sobre los resucitadores, esa nueva vida. Yo nunca había sido algo nuevo, quizá cuando nos conocimos, pero llevaba desde el principio con ella. Tal vez fuera ya algo desgastado por el tiempo para ella. Quizá el amor había perdido su magia porque era lo único que conocía y en ese momento los resucitadores le ofrecían una excitación que conmigo ya no sentía.

Recordé aquella vez en el coche. Su padre mirando a su madre como si fuera la primera vez, deslumbrándole como si nunca la hubiese visto, ignorando la nieve que caía al otro lado del cristal de la ventanilla, apreciando la sonrisa de ella, quedando obnubilado como si después de tantos años a su lado le siguiera pareciendo un milagro que esa mujer le amara. Creí que nos sucedería lo mismo, pero ella llevaba tiempo con el rostro vuelto hacia la nieve.

—No te entiendo… —me respondió negando con la cabeza.

—Apenas nos vemos, sólo estamos juntos cuando llegas a casa de noche. ¿Cuándo fue la última vez que tuvimos una conversación? ¿Hace cuánto que no hacemos el amor porque llegas agotada a casa y te duermes nada más tocar la cama? Y, sin embargo, estás bien, no estás enferma.

—¡Pero yo te quiero! ¡Me moriría si llegara a casa y no estuvieras esperándome! —contestó.

—Olvida la reunión de resucitadores. Vámonos a otra ciudad, vuelve a estudiar, a otra casa en la que te pueda esperar con la luz encendida porque no tienes que esconderme, donde al verme no tengas tantas cosas en la cabeza que te permitan sonreír. Volvamos a escribir cuentos, vayamos a algún sitio donde nieve y puedas ser la reina del Invierno, donde nadie te pida que mates. Amor… No te lo había dicho, pero cada vez que matas, se muere una parte de lo que sientes por mí; cada vez que vistes de negro, el pedazo de cielo que eres se nubla; cada vez que no estás y regresas, vuelves siendo menos tú.

—¿Pero eres idiota? ¿No ves que todo lo hago por ti? Porque te quiero, porque quiero protegerte —me dijo.

—No necesito que me protejas, cariño…

—Pero yo sí lo necesito. Quiero saber si quieren hacerte daño, quiero que te traten como mereces, que puedas salir libremente, que te dejen examinarte en la Universidad, que vean en ti a alguien normal. ¡Joder! Para mí tampoco está siendo fácil, ¿sabes?

—¡Mírame! No sólo estoy encerrado en una casa, sino que estoy con la luz apagada, escondido como si fuese un criminal. Esperando a una chica que cuando llega lo hace tan cansada y hasta las narices de todo que casi ni me mira. ¿Imaginabas así nuestra vida juntos? Si protegerme es dejar de quererme, no necesito que lo hagas —le repliqué sintiendo que me faltaba el aire para hablar.

—¡No dejo de quererte! ¿Es que sólo ves lo mal que lo pasas tú? ¿Y yo? ¡Pues claro que llego cansada! 

¡Llego cansada de andar de aquí para allá buscando información, resucitando a gente desaparecida, haciendo preguntas, siguiendo a algún resucitador e incluso matando si me lo piden! ¿Te crees que me gusta matar? ¡Si lo estoy haciendo por ti! —justificó.

—¿Cómo quieres que la gente me vea normal si ni siquiera puedes hacerlo tú? ¡Nunca me habías tratado como alguien tan débil e indefenso hasta que no descubriste que eras una resucitadora! ¡Te comportas como si tú fueras superior, como si tuviera que cruzarme de brazos mientras tú puedes arriesgar la vida por la mía! ¿Qué pasa si mañana vas a esa reunión y te matan? ¿Crees que van a resucitarte? ¿Has pensado que me moriría si llegara a suceder? ¿Para qué vale todo esto? Dime, joder, ¿para qué? ¿Vas a cambiar el mundo? ¿Vas a cambiar la mentalidad de la gente?

—¿Pero por qué me gritas? —me preguntó.

—¡Porque nunca has estado tan lejos! —le respondí desesperado—. ¿Me quieres? Pues entonces quiéreme, haz como has hecho siempre y no seamos dos desconocidos que viven bajo el mismo techo. No vayas a esa reunión y larguémonos a otra ciudad. Vinimos a estudiar y ninguno de los dos lo está haciendo. Vinimos a vivir juntos y esta casa es una cárcel para mí. Por favor, amor mío…

Suspiró. En su interior estaban hirviendo cientos de argumentos que justificaban lo que estaba haciendo, pero, aunque no lo dijera nunca, un pensamiento se alzaba por encima de todo lo demás “Tiene razón. Está enfermando y es motivo suficiente”.

—Está bien, mi amor. Nos iremos mañana temprano. Encontraremos un lugar en el mundo para nosotros dos.

—Ese lugar ya existe. Es un abrazo.

Me abrazó mientras sus lágrimas humedecían mis mejillas, sentí el calor de su burbuja, el olor, su tacto y la fiebre bajó.

—Busquemos un hogar, no una casa —me susurró.

Nos quedamos dormidos en ese sofá después de llamar a sus padres para que nos llevaran al día siguiente a cualquier sitio. A un lugar que no fuera una ciudad llena de resucitadores, sino un sitio más pequeño y acogedor, con poca gente. Algo parecido al lugar de donde veníamos. Ni siquiera pedíamos que los habitantes llegaran a tratarnos con normalidad, nos bastaba con que nos toleraran.

—Conocemos el sitio perfecto —nos dijo su madre.

Fuimos cogidos de la mano en los asientos traseros, como cuando éramos pequeños, y nos quedamos dormidos durante el largo viaje. Volvimos a pasear juntos con los ojos cerrados por los cuentos de nuestra imaginación, soñando que despertábamos en una luna con dunas de nieve.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

AMOR INMORTAL IX: GÉNESIS Y APOCALIPSIS

Durante días estuve recabando información acerca de resucitadores, mortales, inmortales, etc. La primera resurrección de la que se tiene constancia fue hace cincuenta y ocho años. Una viuda lloraba desconsolada sobre el pecho de su difunto marido, aunque la verdad es que era todo teatro, ya que ella lo había envenado, cuando, de pronto, éste abrió los ojos. A la mujer le dio un infarto, cuatro personas se desmayaron, unas cuantas huyeron, varias se quedaron paralizadas y unas pocas, quizá creyendo que había llegado el apocalipsis zombi, se lanzaron sobre el pobre hombre para volverlo a matar. Se analizaron pruebas médicas y se llevó a juicio al forense, pero todo quedó en anécdota periodística en pocos días. No obstante, poco a poco, iban surgiendo más casos de resurrecciones de gente que había sido asesinada e, irónicamente, resucitada por su verdugo sin saberlo. No había ninguna razón científica que explicara estos sucesos, así que se empezó a especular con ideas que iban desde que, dado que habían sido personas asesinadas, se trataba de un milagro, una especie de justicia poética, hasta llegar a pensar que esas personas eran dioses inmortales. Los crímenes de sangre se redujeron notablemente por miedo a que las víctimas regresaran de la muerte exigiendo venganza. No obstante, hubo quienes no dudaron en experimentar y en el plazo de una década, llena de investigaciones, hipótesis y teorías con sus respectivos detractores que defendían otras propias, llegó a dilucidarse qué estaba sucediendo. A pesar de ello, había cuestiones que ya nunca podrían resolverse, como cuánto tiempo hacía que el ser humano tenía ese don y cuántas personas asesinadas podrían haber seguido vivas si se hubiera sabido.

Por otro lado, la gente empezaba a morirse por mal de amor y fue lo que retrasó tantos años consolidar una teoría que explicara todo, porque si, por ejemplo, una mujer enamorada era asesinada por su marido para heredar y vivir la vida junto a su amante, esa mujer ya no podía resucitar porque tenía el corazón roto. Por otro lado, había más mortales y suponía una época de transición en la que era casi imposible dar con las leyes que empezaban a regir este mundo, por no mencionar la excepción que conformaban los resucitadores universales. Creeréis que habría surgido el dilema de amar o seguir vivo. No, de ninguna manera, la tendencia era clara: dejar de amar, sacrificar el amor, a cambio de vivir más era un precio que el mundo estaba dispuesto a pagar. Las discusiones, los debates y los gritos fueron sustituidos por los homicidios con sus consiguientes resurrecciones y, cuanto más se mataba la gente, menos capacidad se tenía de amar. Así que, llegado a este punto de mi investigación, un nuevo miedo nacía en mí: ella ya había empezado a matar. ¿Me quería entonces menos que antes? Explicaría esos momentos de frialdad y arrebatos de ira conmigo. Si seguía matando, acabaría por dejar de quererme y partiéndome el corazón. Por tanto, estaba claro por qué ella y yo habíamos contraído esta “enfermedad” mientras los demás habían logrado esquivarla. No habíamos matado en la infancia como los demás niños, no habíamos asesinado esa parte humana que nos permitía amar, no nos habíamos entregado a la violencia y al odio como los demás. Entonces… ¿si hubiésemos matado, no nos hubiésemos enamorado? No quería creerlo, porque yo lo sentía como un hechizo, una aurora mágica cuyo albor me iluminaba desde dentro, era el brillo de su mirada meciéndose en mi pecho, y ella… Ella era un punto de no retorno, algo predestinado a suceder porque no lo había elegido, sino que había surgido sin consentimiento de mi voluntad. Para mí, era un amor inmortal.

Y, sin embargo, ¿para ella sería lo mismo? ¿Lo sentiría igual que yo? Sé que lo había sentido, pero ahora estaba distinta. ¿Acaso estaba equivocado? ¿Cada vez que ella se manchaba de sangre su amor por mí decrecía? No, ella mataba por mí, para protegerme. No, la última vez no había matado por mí. Me iba a estallar la cabeza porque una pregunta tenía varias respuestas y cada una de ellas, varias interpretaciones. Ella pidió como pago que no se me matara y que no se desvelara mi existencia. Ahora, claro, una de las razones para ocultarme no era asegurar mi integridad, sino hacer creer que seguía los preceptos de los resucitadores universales y que la aceptaran para saber qué sucedía en esas reuniones sectarias. ¿Fingir mi muerte no era recluirme aún más? Evidentemente, quería satisfacer esa curiosidad, pero, a su vez, esas ansias por saber habían sido originadas al sospechar que los resucitadores estaban tramando asesinatos contra mortales como yo. ¿Pero qué la movía realmente ahora: matar esa curiosidad o defenderme?

Pocos detalles nuevos encontré sobre los resucitadores universales. Parece ser que es cierto que tienen un código, como que no pueden interferir en asuntos de otros. Es decir, si un resucitador universal mata a otra persona y se niega a resucitarla, está prohibido que otro resucitador la devuelva a la vida. El libro afirmaba por deducción que, de esta manera, el resucitador asesino debía de dejar una marca, algo que señalase a otros resucitadores que esa persona no podía volver a la vida. ¿Cuál era esa marca? Se ignoraba. No pueden interferir, pero están obligados a apoyarse. Si un resucitador universal le pide ayuda a otro, éste tiene el deber de socorrerlo. Y, por último, parece que era cierto lo que nos había dicho el hombre acerca de que los resucitadores, una vez que proponen un precio y la persona que acude a ellos acepta, no pueden negarse a cumplir la misión. Por esta razón, ella había cometido un error: los resucitadores universales no proponen el precio hasta que no ven el cuerpo, ya que puede haber sido asesinado por otro y entrarían en un conflicto. Así que aceptan o rechazan a placer las misiones que se les encomiendan, pero no proponen el precio hasta que no ven el cadáver. Por suerte, ella no había tenido que resucitar a esa chica desaparecida. Bueno, “por suerte”. ¿Qué sucede si se viola el código? También era un misterio.

Además, se dio un pequeño problema: al haber prestado de forma gratuita sus servicios a ese hombre sin exigir un alto pago económico o un gran favor, las personas que requerían de los servicios de un resucitador universal acudían a casa. Llegaban incluso de otras ciudades bastante lejanas, así que los resucitadores no debían de estar demasiado contentos al ver que ella se estaba haciendo con el monopolio. Por esta razón, llegó la tan deseada carta invitándola a una de sus reuniones extraordinarias que se celebraba en una semana.

—¿Vas a ir? —le pregunté cuando terminó de leerme la carta.

—Claro que sí —respondió convencida.

—¿Y si es para matarte porque les estás quitando clientela?

—Cariño, si quisieran matarme, ya hubieran venido aquí hace días y, aprovechando, te hubieran matado a ti también.

Tenía lógica, pero este mundo cada vez me parecía menos coherente y, conforme iban sucediéndose los días, estaba más convencida de que teníamos que fingir que me rompía el corazón y que yo me moría. Sinceramente, yo lo veía como una forma de renegar de mí, de borrarme de su vida o de ocultarme como si fuera una vergüenza. Entonces, ya no podríamos salir nunca libremente hasta que ella satisficiera su curiosidad. Ni siquiera podrían verme con ella, tendría que esconderme cada vez que alguien llamara a la puerta y, por supuesto, se habría acabado lo de columpiarnos en el patio de la casa de sus padres porque, aunque fuera en nuestra ciudad, estaba demostrado que la voz corría más que el viento. Alegué que, si fingía mi muerte, no podría terminar la carrera porque los muertos no hacen exámenes. La razón era aplastante y era lo que había evitado seguir con su plan, hasta que hubo profesores que me exigieron hacer los exámenes de forma presencial en la facultad. Fue el golpe más duro que había recibido en la vida. El hecho de no poder finalizar mis estudios, que se me negara la oportunidad de realizar una carrera poniéndome trabas y, viendo aquellas conductas, supe que, aunque me presentara, hiciera el examen y consiguiera volver sano y salvo a casa, habría sido arriesgar mi vida tontamente porque me suspenderían igualmente.

Lloré a solas aquella tarde, las lágrimas se suicidaban sobre un papel de líneas gritando tan furiosa como calladamente contra un mundo que quería precisamente eso, que gritara, que me enfadara, que me desgañitara de dolor, que me sometiera. ¿Qué haría con mi vida si no podía estudiar? La carrera había sido escogida para lograr posteriormente un trabajo que podría realizar en casa. Quería montar una consulta de psicología en casa, a pesar de odiar a los psicólogos por mis malas experiencias con ellos. ¿Qué haría entonces en esta ciudad si no podía estudiar y tampoco podía salir a encontrar trabajo? Es cierto que no necesitábamos el dinero porque ella había ganado el culto de primavera, pero quería sentirme útil, desarrollarme, quería demostrarles a mis padres que no era tan tonto como para no sacarme una carrera y necesitaba estar entretenido en casa.

—Amor, si vamos a fingir mi muerte, entonces volveré con mis padres. No puedo estar aquí escondido en esta casa sin hacer nada —le dije cuando insistió en su plan.

—¡Pero necesitamos estar juntos! Yo te quiero conmigo. No puedes irte, no puedes dejarme aquí sola y no quiero volver a pasar por esas épocas de no vernos, fiebre, malestar y sudores fríos en insomnios.

—¡Y yo quiero estar contigo! ¿Pero voy a estar encerrado en una casa en la que ni siquiera podré asomarme a la ventana por si alguien me ve? —le rebatí.

—Sólo es temporal, cariño. Después de saber cómo son esas reuniones y qué se habla en ellas, no hará falta que te ocultes más.

Entonces recuerdo que la vida se me antojó demasiado complicada, como una madeja enredada, con hilos conectándose mediante nudos de causas y efectos lógicos que saturaban y colapsaban mi mente, porque yo sólo quería una cosa muy simple: que me dejaran vivir. Mi vida, toda mi vida, se reducía a ella. Amarla era lo único que había podido hacer, aunque no de forma libre, durante todos estos años. Ella, sin embargo, no se daba cuenta de que su vida tenía bastantes más horizontes. Ella seguía paseando por las calles con ansias de descubrir nuevos rincones, tenía sus estudios, ya no era una marginada y entablaba conversaciones con compañeros de clase, la gente llamaba a nuestra puerta preguntando por ella para pedirle ayuda y salía a buscar un desaparecido o a resucitar a alguien cuyo asesino había decidido no devolverle a la vida. Se iba y me quedaba a solas en esa casa echándola de menos, deseando que volviera pronto porque ya no sabía distinguir la calma del vacío, porque, en realidad, ella sabía, que al volver, yo seguiría en esa casa, esperándola, pero yo nunca sabía si volvería esa noche, si sería asesinada, y entonces regresaba a altas horas de la madrugada, cansada, seria, apagada, sin alma y veía a esa chica vestida de negro entrar en casa como si fuera un espectro fantasmal dirigiéndose directamente por inercia a la ducha y me parecían un pasado distante e imposible producto de mi imaginación los juegos en la nieve, los cuentos que también forjaban sueños, las tardes de columpio bajo el sol, los besos dulces, los abrazos burbuja, las sonrisas atrapando la luz de la luna… Todo parecía desvanecerse convirtiéndose en un delirio frente a esa chica con la que parecía ser imposible haber vivido todos aquellos momentos maravillosos.

Yo podría aparecer muerto al día siguiente y, si algo sabía sobre la muerte, era que simplificaba el mundo. Yo era consciente de que en cualquier momento podía acabar todo para mí. Llevaban recordándomelo cada día desde que descubrieron que no era un inmortal, que era débil, vulnerable, que la naturaleza no quería que sobreviviera, que la muerte me acechaba, pero los demás no tenían esa conciencia porque tenían cientos de oportunidades para vivir, yo no. Y, si algo tenía claro, es que para mí la muerte era un motor que me impulsaba, que me motivaba porque estaba claro que yo tenía un tiempo definido para vivir que no me permitía detenerme para pensar ni dudar, tenía que ir a por lo que quería y disfrutarlo lo que pudiese antes de que alguien me matara o una bala perdida impactara sobre mi cabeza. La muerte me empujaba a llegar más vivo que nadie a mi última hora, a necesitar pensar en el último hálito “sí, he vivido”, pero para el mundo la muerte ya no tenía importancia, no había por qué precipitarse a conseguir un sueño porque hay tiempo, no hay por qué tenerlo porque se creen inmortales cuando no lo son. Es que ellos se burlaban de la muerte mientras la vida se mofaba de ellos. Para mí, lo más importante era este amor que el mundo prohibía. ¿Cómo decirles que sentía que este amor me llenaba y que prefería morir a los veintisiete años con esa sensación de plenitud, junto a quien amaba, que no a los ciento cincuenta sintiéndome vacío porque lo único que me había preocupado había sido jugar con el tiempo sin aprovecharlo? Y lo más importante, ¿cómo le explicaba a ella que, si un día había hecho soportable este mundo, ahora formaba parte de ese engranaje que lo complicaba? ¿Cómo le decía que no quería obligarla a nada, pero que ojalá vistiera de azul y que cuando me besara cerrando los ojos sintiera que estaba en la luna? ¿Cómo le confesaría que yo no era el débil, sino que era ella la que estaba siendo vencida porque veía los hilos que la movían?

Me quedé, sentí que la dejaba abandonada si me iba y, además, había concedido fingir mi propia muerte. Creí que se sentiría más feliz y por eso accedí, pero no, no era más feliz. No lo sería hasta que fuera a esa maldita reunión, aunque después no supiéramos qué sucedería si salía viva de ese claustro y se descubría que mi muerte había sido un engaño. Al día siguiente, llegó pronto a casa, hecho que me alegró porque la echaba de menos, porque era ese rayo de sol que entra por la ventana de una casa en penumbras. El motivo era que quería ensayar la escena de mi muerte, cómo montar el espectáculo, los diálogos y mi escena final hasta que mi interpretación fuera totalmente creíble. A las dos de la mañana ya me dolía el culo de haberme tirado al suelo cientos de veces. Al día siguiente, debutábamos.

Entramos de la mano a un restaurante que estaba cerca de casa porque hubiese sido mucho mejor en uno del centro de la ciudad donde nos vería bastante más gente, pero había más posibilidades de que me mataran de verdad en el trayecto. Yo, cómo no, iba vestido de blanco; ella, de negro. La reacción de la gente fue la misma que la otra vez: una mezcla de asombro, respeto por ella y malas miradas hacia mí. El plan era morirme antes de que la masa se abalanzara sobre mí, a pesar de estar con una resucitadora universal. Es cierto que teníamos más tiempo porque el colgante que llevaba imponía respeto, pero, una vez que las emociones se estabilizaran y la razón les dijera que eran mayoría, aquellos que no quisieran seguir en deuda con un resucitador atacarían como una jauría de perros. Así que actuamos rápido. Ella tiró de pronto un vaso al suelo estallándolo con furia:

—¡Estoy harta de que mi reputación se vaya a la mierda cada vez que me ven contigo!

—Pero amor…

—¿Amor? —cuestionó antes de echarse a reír con presuntuosidad—. ¿Crees que alguien como yo llegaría a enfermarse de amor por alguien como tú? ¿Amor? Eso es para débiles como tú.

Por las miradas de la gente, sus sonrisas, el deleite con el que estaban observando todo mientras me llevaba la mano al corazón fingiendo un dolor agudo y que me empezaba a faltar la respiración, supe que no me matarían porque les daba morbo ver cómo alguien moría de amor, porque era una muerte real, algo que casi nadie había presenciado. En vuestro mundo sería como ver la aurora boreal. Me dejé caer desde la silla, tan bien que mi cabeza llegó a golpear el suelo para después agonizar en el suelo con un último arqueo de espalda antes de yacer sin vida. Después ella me empezó a arrastrar fuera ante la mirada atónita de los testigos:

—Con el debido respeto, señorita. ¿Por qué no deja el cuerpo aquí en vez de cargar con él? —preguntó alguien con curiosidad.

—Soy una viuda negra. ¿No sabes lo que es? Seduzco y enamoro a mortales para después partirles el corazón. Le debo algunos favores a un colega y me pidió que le presentase los cuerpos, pero tienes razón con eso de cargar con el cuerpo. A ver, tú y el que está a tu lado, cogedlo y seguidme hasta casa.

Acataron la orden de la resucitadora universal sin rechistar. Esto no estaba planeado y temí que averiguaran que seguía respirando. Irónicamente, mi pulso se disparó y mi respiración quería ir al compás. Por suerte, sólo estábamos a cinco minutos de casa. Cinco minutos que se me hicieron una eternidad porque casi me ahogo tres veces intentando reducir la respiración al mínimo.

—Aquí está bien —dijo al llegar al umbral.

Esos dos cabrones, en vez de posarme, me dejaron caer en el suelo como si fuera un saco de patatas. Mientras se iban, ella me arrastraba dentro y después me ayudaba a levantarme tras cerrar la puerta.

—¿Estás bien, amor? Menuda hostia. Lo siento, no sabía que te iban a dejar caer al suelo.

—Para estar muerto, me duele bastante —dije intentando bromear.

Esa noche me la pasé con los ojos abiertos, sin quitarme de la cabeza las miradas de esas personas que querían mi muerte, que disfrutaban de cómo expiraba aun sabiendo que no tendría posibilidad de resucitar. Para ellos solamente era un mortal, un fallo evolutivo y un enfermo de amor siendo destruido por su arma más avanzada, un resucitador universal. Siempre me había sentido marginado e inferior, pero nunca odiado y eso que ni siquiera sabían que, si yo mataba a uno de ellos, no podría resucitar.

Ella, lejos de relajarse al ver que todo seguía según lo planeado, se estaba perdiendo. Al día siguiente, iba con la intención de decirle a algún compañero de clase que me había matado partiéndome el corazón, pero el rumor ya estaba corriendo. Tan sumergida estaba en todo este asunto, que olvidó por completo sus estudios y estaba suspendiendo todo. De hecho, me dijo que iba a dejar la carrera por empatía hacia mí, que no era justo que yo no pudiera estudiar mientras ella sí y que así pasaría más tiempo conmigo, que no le hacía falta por la recompensa que había recibido al ganar el culto de primavera. No quería que hiciera eso, pero su razón no era más que una excusa porque nunca había compartido tan poco tiempo conmigo. Las pocas veces que estaba en casa estaba absorta entre libros leyendo sobre resucitadores y la mayor parte del tiempo estaba buscando a algún desaparecido para resucitarlo y que los demás resucitadores creyeran que pertenecía a su gremio, que podían confiar en ella. No obstante, siguió sin cobrar por temor a que la carta únicamente le hubiera llegado porque todos acudían a ella. Si empezaba a cobrar, quizá le llegara otra diciendo que la reunión quedaba cancelada.


Me quedaba esperándola de noche, con las luces apagadas porque se suponía que no había nadie en casa. A veces, había sangre en su vestido y en cada espera me preguntaba si esa noche habría vuelto a matar, si era cierto que con cada muerte su amor por mí se iba disipando, si la niña que una vez fue seguía habitándola o había sido su primera víctima, si estaba enamorado de un fantasma e, irónicamente, el muerto era yo. Aunque fuera cierto, no dejaba de agradecer que hubiera llenado mi vida durante todos estos años, de dar las gracias por cada sonrisa, por cada mundo imaginario que había recorrido con ella de la mano a través de los cuentos, por cada abrazo que me había dado sacándome del mundo, por cada beso entre suspiros, por cada “idiota” dicho con cariño, por cada sueño que nacía cuando nuestras miradas brillantes se cruzaban. Sí, no me importaba si así debía de ser mi final porque, gracias a ella, me había sentido vivo, aunque a su vez pudiera acabar siendo la causa de mi muerte. Lo verdaderamente importante era ese último pensamiento: “Sí, he vivido”, pero quizá se truncara y fuera ya no un pensamiento, sino un sentimiento: “Te quiero y lo hubiera seguido haciendo durante una eternidad si hubiera vivido más”.

AMOR INMORTAL VIII: SIN INVITACIÓN

Cuando éramos pequeños e íbamos al colegio, nos cambiaban en numerosas ocasiones de aula para recibir clases especiales sobre mortalidad. Básicamente, trataban de hacernos sentir vulnerables, los peligros de salir o el estricto hábito de vestir de escrupuloso blanco mientras los demás recibían clases sobre leyes de resurrección, protocolos, etc. Por eso, por ejemplo, yo no sabía cuál era el procedimiento a seguir cuando alguien mataba a una persona en el autobús. No obstante, nosotros no éramos los únicos que recibían un trato especial, los resucitadores universales también y los apartaban en determinadas horas de clase para recibir lecciones específicas por su condición.

Ella había venido a llamarme una tarde. Mi padre le abrió la puerta, se inclinó a besarle la mano y la invitó a pasar con todo el respeto.

—Qué agradable sorpresa. Por favor, pasa. Espera, lo llamo ahora. ¡Mortalbécil, mueve el culo y baja aquí!
No había tardado nada en bajar, pero mi padre ya la había acomodado en el sillón y le había ofrecido una taza de té.

—Supongo que ya habrás recibido la carta para la reunión de Mortandad —le dijo mi padre.

—¿Qué carta? —preguntó ella con curiosidad.

Mi padre abrió los ojos sorprendido.

—¿Qué carta? —insistí yo.

—Hijo, estamos hablando los inmortales. Los resucitadores universales hacen al menos cuatro reuniones al año y una de ellas es la de Mortandad. Se envían cartas a todos los resucitadores de la ciudad para convocarlos —explicó mi padre.

—¡Oh! Esa carta —contestó ella haciéndose la despistada—. Sí, sí, claro. Por cierto, desconozco cuándo son las otras reuniones.

—Nadie lo sabe. Son secretas… —contestó mi padre desconcertado.

—Bueno, tenemos que irnos. Muchas gracias por el té —dijo ella apurando la taza.

Se levantó del sillón, me cogió de la mano y me arrastró hasta la salida. Cuando estuvimos alejados de la casa y, después de mirar en todas las direcciones comprobando que no había nadie que pudiera escucharnos, me advirtió:

—No hablemos del tema hasta que lleguemos a mi casa.

Así que pensamos. Yo, desde luego, no sabía si en realidad había recibido esa invitación porque no había dicho nada. Así que supongo que había mentido a mi padre, ¿pero por qué? Lo más preocupante de todo es que, si yo desconocía muchos aspectos de este mundo con muertes y resurrecciones (por no decir todo), ella también. El problema radicaba en que yo no tenía por qué saberlo, pero ella sí.

—No has recibido esa carta, ¿verdad, amor? —le pregunté una vez que habíamos llegado a su habitación.

—No, te lo hubiera dicho —me contestó—. Y creo saber por qué.

—Yo también. Es porque eres la novia de un mortal.

—Exacto. Me da igual si me invitan o no. La razón es por qué no lo han hecho. ¿Qué pasa en esas reuniones para que no pueda ir la novia de un mortal?

—Cariño, ya sabes que es un grupo muy selecto. Dudo de que sean reuniones en las que traman dominar el mundo —le repliqué.

—Se te olvida que son los que quieren a los mortales muertos porque son los únicos que saben que no puede resucitarse lo que ellos maten. Llámame paranoica, pero conocen cosas que los demás no y en esas reuniones se conspira contra vosotros.

—Y no te ha llegado la carta porque estás con el enemigo —concluí.

—Exacto.

Pasó Mortandad y sus padres volvieron a llevarnos a la ciudad en la que estudiábamos. Lo primero que hicimos al despedirnos de ellos fue mirar en el buzón a ver si la carta había llegado a esa dirección. No íbamos con demasiadas ilusiones de encontrarnos la invitación porque imaginábamos que se emitían las cartas con tiempo. Como habíamos supuesto, el buzón estaba vacío.

Ella había resuelto volver a vestir de negro y portar ese colgante para que vieran que se sentía una resucitadora universal, quería que pensaran que era una de ellos, necesitaba que la aceptaran y asistir a una de sus reuniones para cerciorarse de lo que se cocía allí.

—No te aceptarán mientras sepan que sigues conmigo —le dije.

Dudó un momento en si ponerse el vestido azul o negro. Finalmente, guardó el azul mientras sostenía el negro.

—Tenemos que fingir que te he roto el corazón, estás muerto y que vivo sola —me dijo.

Sinceramente, no me sorprendía nada lo que me acababa de decir y agradecí que en ese momento llamaran a la puerta. Abrió ella, con desconfianza, tras asomarse a la mirilla y abrir lentamente acariciando el mango de un puñal. Era un hombre de mediana edad, aunque en este mundo nunca se sabe.

—Por favor, mi mujer lleva dos días desaparecida —dijo entre lágrimas.

Ella se le quedó mirando con desconcierto. Ese hombre, por un momento, mudó su expresión de tristeza a la de admiración y observó, en efecto, que ella vestía de negro.

—Todos los demás resucitadores están ocupados con otros asuntos y he recurrido a ti.

Entendimos entonces que el trabajo de los resucitadores no era tan simple. La gente recurría a ellos para beneficiarse de su don, pero no era llegar, resucitar, cobrar y a casa. A veces, había que encontrar el cuerpo. Mucho más asombrado pareció al verme a mí, vestido de blanco, detrás de ella.

—De acuerdo, pasa.

Nada más cruzar el umbral, ella lo registró. Era evidente que había tenido un instinto oculto hasta la celebración del culto de primavera. Recordé su estrategia en esa competición, cómo caían sus víctimas una tras otra o, incluso, en grupo ante su habilidad. ¿Y yo había creído que podría haberla ganado en una batalla de bolas de nieve? Nunca había conocido el fracaso, por muy buena que creyera que era mi estrategia. Hubiese sido irónico haber vencido a la mayor homicida en potencia del mundo. Lo peor de todo es que nunca fui consciente de ello. Para mí sólo era una niña, incluso en la última batalla, una niña inocente jugando con la nieve, pero, hasta en esos juegos, estaba actuando ese instinto asesino y de supervivencia. Sí, era un idiota. Le sacó una daga y una cimitarra de debajo de la gabardina. Él no hizo ademán de recuperarlas y ella le invitó a sentarse, cosa que hizo vacilando tras volver a mirarme sin comprender qué hacía una resucitadora universal con alguien como yo.

—Bien —comenzó ella—, ¿tienes una foto de ella? ¿Cómo se llama y a dónde iba?

Le extendió una foto y contestó a las preguntas pertinentes.

—¿Cuál es el pago? —preguntó entonces.

—Nada —respondió ella sin pensar.

Deberíamos haber montado una consulta de psicología porque las preocupaciones de ese hombre se habían desvanecido para dejar sitio a su sorpresa.

—Perdona, ¿cómo? —inquirió seguro de que había escuchado mal.

—Nada —repitió ella—. Bueno, me basta con que no le mates a él —dijo señalándome a mí— y que guardes el secreto.

—Bien —respondió él.

—Pues entonces procura no salir de esta casa con esa cara de corzo deslumbrado antes de ser atropellado que tienes ahora. Mira amor, esa cara también es poesía —me dijo sonriendo.

—Perdona —interrumpí de pronto—. ¿Nos disculpas un momento, por favor? Amor, ¿puedes venir un momento a la cocina?

—¿Por?

—Es que me acabo de acordar de que el pez se ha ahogado y necesito que lo resucites.

—¡¿Qué pez?!

—¡Los peces no se ahogan! —intervino el hombre.

—Está bien, soy muy malo poniendo excusas. Amor, ¿puedes venir un momento a la cocina con la intención de hablar contigo sobre este asunto sin que este hombre tan amable que ha llamado a casa llevando una daga y una cimitarra no nos oiga mientras hablamos también de él a sus espaldas?

—¡Por supuesto! —respondió ella ya más convencida.

Nos fuimos a la cocina y cerramos la puerta.

—¿Qué te preocupa? —me preguntó.

—Nunca has hecho esto. Quiero decir, ¿qué sabes tú de encontrar a gente desaparecida? ¿Qué pasa si no encuentras a esa mujer? No sabemos cuál es el protocolo si fallas.

—Se lo estoy dejando gratis, no debería ponerse exigente y menos cuando ninguno de los otros resucitadores se ha prestado a ayudarle.

—Cariño, creo que yo me pondría exigente si fueras tú la desaparecida.

—Bueno, tú me quieres; él a ella, no —concluyó de manera aplastantemente lógica.

—Seguimos sin saber qué pasa cuando un resucitador falla, si es que fallan.

—¿Me has visto fallar alguna vez? Pues tranquilo y ahora salgamos. Te recuerdo que hay un cadáver a punto de descomponerse. Por suerte, es invierno y tardará más en hacerlo.

Salimos. Ese hombre seguía sentado en el sofá esperando a que regresáramos.

—¿Hay algo más que quiera saber sobre mi mujer? —preguntó.

—No se me ocurre —contestó ella.

—Bueno… —intervine—. Quizá si había quedado con alguien, cuáles son sus aficiones y cómo la definiría psicológicamente.

—Había salido a comprar, le gusta matar y, psicológicamente, es una imbécil engreída que se cree mejor asesina que yo. Aunque no sé por qué quieres saber cómo es y más cuando no creo que salgas tú a buscarla.

Puede que yo no tuviera grandes dotes como asesino ni instinto de supervivencia, pero poseía una inteligencia emocional que este mundo de asesinos ignoraba por completo. Seguí haciéndole un par de preguntas más. El supermercado estaba a un minuto andando de su casa y nadie la había visto allí. Es decir, no había ido al supermercado. Podía ser posible que le hubiese ocurrido algo en un paseo de incluso cinco minutos, ¿en un minuto en el que ni siquiera tenía que cruzar la calle? No. Ella le había mentido, pero tenía que cerciorarme.

—¿Te dijo que iba a comprar mucho y que iba a tardar, verdad?

—¿Cómo lo sabes?

Ella empezaba a darse cuenta de que no estaba haciendo preguntas a lo tonto y empezaba a dilucidar lo mismo que estaba sospechando yo.

—¿La quieres? —pregunté.

Se revolvió en el asiento. Preguntar eso en mi mundo es como si en el vuestro le preguntaseis a alguien “¿Tienes alguna enfermedad de transmisión sexual?”.

—¡Claro que no!

—Bien, porque hay dos opciones… —dedujo ella triunfante—. Una es que haya salido a matar a alguien y haya fracasado o, probablemente, tenga un amante. Lo que no sabemos es que si la ha matado el amante o se ha fugado con él.

Al considerarse el amor como una enfermedad mortal, la fidelidad no es algo común en nuestro mundo. No duele en el corazón, pero sí que hiere el orgullo.

—Hija de puta… Quiero que la encuentres igualmente. Si está muerta, quiero que la resucites para matarla yo mismo. Si está viva, quiero que la mates y me la traigas para resucitarla en casa.

—Lo siento, los resucitadores no nos dedicamos a matar ni nos inmiscuimos en esos asuntos.

—Sí, sí que lo hacéis. Ya has propuesto el pago y, por vuestro código, ya no puedes echarte para atrás.
Resoplamos mirándonos. Estuve a punto de restregarle un “te lo dije”, pero estaba demasiado preocupado por todo como para comenzar una discusión entre nosotros. Supongo que, como dijo mi padre, había que apoyarla en sus errores porque en eso consistía el amor.

Por fin nos despedimos del hombre mientras ella se preparaba para emprender la búsqueda.

—Necesito que encuentres toda la información que puedas sobre resucitadores universales. Voy a buscar a esa mujer.

—De acuerdo. Si está viva…

—Entonces, pronto no lo estará.

Me pasé la tarde entre libros y llamadas telefónicas. Pensaba que mi padre sería una de las personas que pudieran darme bastante información, pero, sorprendentemente, no fue él, sino los padres de ella y tenía sentido, eran unos rebeldes y sus motivos tendrían. Desconocían también muchas cosas, pero, si algo estaba claro, es que mi novia no era una conspiranoica, cosa que tampoco es que me tranquilizara demasiado.

Ella regresó tarde. Supe que la había encontrado por las casi imperceptibles manchas de sangre que se camuflaban en su ropa negra. Saludó sin besarme, prácticamente sin mirarme y mientras se iba directamente a la ducha me recordó:

—Sigue en pie lo de fingir que no estamos juntos.

Se cerró la puerta y se oyó el agua correr. La imaginé resbalando por su cuerpo mientras se teñía de rojo y caía por el desagüe. Pese a la ducha, sabía que no saldría por dentro tan limpia. Esa noche fue como dormir abrazado a una piedra. No hablamos del tema e intuía a su espalda los ojos abiertos, mirando por la ventana, anhelando llegar a esa luna cuya luz acariciaba ahora ya su blanca piel.


—Yo también mataría por ti —le susurré sin obtener respuesta, pero en ese momento mis manos se teñían de sangre también.

AMOR INMORTAL VII: INVIERNO

Llegó Mortandad, en vuestro mundo es Navidad. Los padres de ellos se ofrecieron para venir a buscarnos, ya que era demasiado peligroso para mí coger un autobús en esta ciudad. Sus padres, esas dos personas que habían sido más padres conmigo que los míos propios, esas personas tan amables y que tenían una ideología bastante clara de cómo querían que fuera el mundo, que nunca habían tenido una falta de educación ni un mal gesto con nadie, se llevaron una decepción cuando vieron a su hija vestida de negro. Habían comprendido que hubiese dejado de vestir de blanco porque le encantaba vestir de azul, ¿pero vestir de negro y llevar ese colgante? Nunca le dijeron nada, pero les temblaba la voz al vacilar en cómo hablarle, en cómo disimular el gran disgusto que sentían al ver a su hija tan distinta. A mí me abrazaron afectuosamente, como siempre, y nos montamos en el coche.

Fueron dos horas de viaje prácticamente en completo silencio. Nosotros, como cuando éramos pequeños, íbamos cogidos de la mano y jugando con los dedos, aunque esta vez nos mirábamos más. Por mucho tiempo que hubiera pasado con ella, su belleza me seguía obnubilando; cada vez que la veía desnuda, la contemplaba como aquella primera vez que nos quitamos la ropa juntos y cada mirada era como si fuera la primera, algo único e irrepetible. Para mí, ella siempre fue arte, una obra de arte que no me dejaba indiferente por muchas veces que la hubiese admirado. Esa belleza no era únicamente física, a través de su mirada, podía ver lo preciosa que era por dentro. Bien es cierto que sabía que no era perfecta, que a veces me había llegado a asustar, que tenía defectos, pero aquello yo lo veía como algo formidable porque no era un amor ciego, sino que era un amor consiente. Me gustaba, la quería, la amaba y la deseaba, aun sabiendo que no era perfecta porque, en realidad, no hay nadie perfecto, sólo miradores idóneos y yo la había visto desde todas las perspectivas posibles. Seguía siendo lo mejor del mundo para mí. ¿Quién sería sin ella? ¿Quizá un mortal recluido mirando por la ventana preguntándose qué se sentiría al matar? ¿Alguien que se compadecería de sí mismo por no ser como los demás? No sabría qué son los cuentos, ni qué se siente al columpiarse y nunca hubiera visto la nieve tan pura y blanca sin teñir de sangre como la vi en su patio. Nunca hubiera sido un rey, ni hubiera pensado en vestir de otros colores y, lo más importante, nunca hubiera tenido sueños. Mis únicos sueños, probablemente, fueran frustraciones, ese deseo por ojalá ser inmortal como los demás. “Los sueños pueden ser peligrosos”, me había dicho una vez, pero todo es peligroso en este mundo, aunque ella hacía que lo viera más hermoso. Es irónico cuando sólo podía verlo la mayoría de las veces a través del cristal de la ventana. Quizá no sea irónico, sino magia.

Cuando llegamos a nuestra ciudad natal, sus padres insistieron en llevarme a casa, a pesar de decirles que prefería ir andando porque hacía mucho que no paseaba por las calles.

—Está nevando y llevas una maleta —intentó convencerme su padre.

Finalmente cedí, más que nada porque noté que había más que un simple favor en llevarme a casa. Así fue, detuvieron el coche y se giraron desde los asientos delanteros para mirarme.

—¿Qué tal te va allí? —me preguntó su madre—. Supongo que sea durísimo para ti…

No sabía cómo decir la verdad sin preocuparles y, por un momento, pensé en mentir, pero siempre odié hacerlo y, además, no hubiese sido creíble.

—Sí es más duro, pero me estoy adaptando y no lo llevo tan mal.

—¿Por “adaptando” quieres decir “recluyéndote”, verdad? —me preguntó su padre con una de esas sonrisas que transmiten tristeza.

—Más bien, “sobreviviendo” —respondí con otra sonrisa, más sincera.

Suspiraron. Esas dos personas inmortales que vestían de blanco me querían, se preocupaban por mí y allí estaba, teniendo una conversación que debería haber tenido con mis padres, pero que nunca existió. Indudablemente, también estaban preocupados por su hija.

—¿Y ella?

¿Cómo decirles que a veces temía que acabara siendo tan homicida como los demás? ¿Que la mayoría de la veces veía en ella a un ángel, pero que había momentos en los que la envolvía una oscuridad que no había visto en la vida?

—También se está adaptando —respondí de la forma más sincera que pude sin traicionar su intimidad.

—Estamos muy preocupados por vosotros. Para nosotros, eres como un hijo —comenzó a decir él—. Imaginamos que no debe de ser sencillo para ninguno de los dos. Tú encerrado en una casa y ella… Ella ha cambiado tanto... Lo notamos en su voz, en ese colgante que lleva ahora al cuello, en sus vestidos negros…

—Hemos fallado como padres —prosiguió su madre—, pero sabemos que eres un buen chico, que no dejarás que se pierda.

Asentí en silencio. Ellos volvieron a mirar hacia adelante y el coche rugió antes de continuar. “Si llega a perderse, será precisamente por mi culpa” pensé en lo que quedaba de viaje.
Esa noche la pasamos cada uno con su familia y dormimos en nuestras respectivas casas. La eché de menos, la cama parecía más grande; la noche, más oscura; las sábanas, más frías y la fiebre me había subido como si hubiera estado cinco días sin verla.

La tarde siguiente fui a su casa y me recibió vestida de negro.

—¿Qué haces vestida de negro aquí? Te queda bien el azul.

Me invitó a entrar con una sonrisa y me dijo que esperara mientras se cambiaba. Volvimos a merendar magdalenas de chocolate y a ensuciarnos con el chocolate entre risas.

—¿Una guerra de nieve, reina del Invierno? —le pregunté.

—¿Es una sublevación, rey de la Primavera?

—Sólo un duelo por los Juegos de Invierno.

—Está bien —respondió con una sonrisa—, pero no olvidéis que en mi reino siempre es invierno.

La reina del Invierno volvió a situarse tras el sauce llorón, no sin antes sacudirlo para evitar ser sepultada como la primera vez. Al caer la nieve, le había quedado una buen muro de protección. Yo no pude hacer lo mismo con el pino porque la nieve ya había caído.

—¡Preparaos para ser derrotado! —me gritó ella tras el árbol.

—¡Esta vez no habrá piedad! —le contesté.

Ahora teníamos la fuerza suficiente como para lanzar las bolas y alcanzarnos desde cualquier punto del patio. No había terminado de hablar y una bola me había rozado la cabeza. Así que no tenía sentido avanzar ni había oportunidad de levantar fortalezas. Lanzamos las bolas con gritos de guerra que siempre impactaban contra uno de los árboles tras los que nos protegíamos. Exigía venganza, necesitaba volver a recuperar el prestigio y orgullo que había perdido en aquella batalla, pero la reina del Invierno sabía lo que se jugaba en este duelo. Intentamos acertarnos cuando nos asomábamos para lanzar una bola, pero también éramos rápidos de reflejos. Entonces vi cuál debía de ser la estrategia. Nuestra única protección eran dos árboles, debía reservar la nieve que había tras el mío mientras ella desperdiciaba la que había tras el sauce. Llegado el momento, no le quedaría más remedio que salir de su socaire para abastecerse y ese sería mi momento para atacar. No obstante, tenía que disimular, puesto que la reina del Invierno no era tonta. Ella se asomaba en un intervalo de tres a cinco segundos, espacio de tiempo que aprovecharía para hacerle ver que mi idea era ir corriendo para protegerme tras la casa, aunque era imposible llegar en tan poco tiempo quedando expuesto. Esa reina del Invierno tenía una puntería endemoniada, entonces me pillaba corriendo hacia la casa a escasos pasos de mi pino, instante en el que lanzaba dos o tres bolas mientras regresaba a la protección del árbol. Casi me dio en varias ocasiones. Era una estrategia muy arriesgada, pero yo no tenía nada que perder y mucho por recuperar.

No debía de tener ya muchas reservas de nieve y esperaba a que se asomara para lanzarle bolas como al principio y ocultar ya totalmente mi estrategia, pero no llegó a asomarse. Creí que la reina del Invierno se había quedado ya sin nieve cerca y se daba cuenta de que estaba perdida. Probablemente, estuviera paralizada pensando en cómo volver a rearmarse. Esperaba un intento desesperado por parte de ella de salir corriendo hacia algún lugar o al menos alejarse, aunque quedara a descubierto, pero no hubo ni un solo movimiento. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al pensar que quizá le hubiese dado tiempo a llegar a protegerse detrás de la casa, que ahora la estaba bordeando y que podía sorprenderme por un lateral.

—¡Rendíos ahora, reina del Invierno! —grité para que contestase y tenerla localizada.

Al no contestar, aumentaron mis sospechas de que estaba rodeando la casa. ¿Y si era una trampa? ¡Maldición! Aproveché que no se asomaría para ir silenciosamente hacia la pared de la casa. Mejor encontrarla de frente y medirnos en igualdad de condiciones, confiaba en mi rapidez a la hora de abatirla. Quizá cayéramos los dos, pero no estaba dispuesto a perder esa batalla que era más que un juego de invierno.

Avancé intentando hacer el menor ruido posible, la nieve crujía un poco bajo mis pies, pero el aire bufando en las orejas tapaba el sonido. Seguí, lentamente, con una mano alzada esperando que doblara la esquina para alcanzarla.

Entonces, una milésima de segundo antes de sentirlo en la espalda, sentí la necesidad de girarme por instinto al pensar que ella podía haber estado siempre detrás del sauce y que había avanzado en dirección al pino para atacarme por la retaguardia. La bola estallaba en mi espalda en ese momento mientras me giraba y la miraba con otra bola preparada en la mano.

—Pero… —dije con un hilo de voz antes de caer al suelo.

Ella se acercó, segura de sí misma mientras rezaba por que le cayera nieve del tejado, pero los dioses no estaban esta vez de mi parte. Se puso de rodillas a mi lado y se inclinó mientras me acariciaba el pelo.

—Sois un idiota… Mi idiota… —me susurró antes de besarme—. La herida no es grave, no he lanzado con mucha fuerza, y puedo curaros.

—Sois misericordiosa, mi reina —le dije entrecortadamente.

—Por supuesto, pero puede ser mortal si seguís perdiendo sangre. Os sanaré si renunciáis al trono.

—¿Qué cargo tendré entonces? —pregunté.

—General de mis tropas —me contestó.

—Un perro… El perro de la reina… —suspiré.

Medité por un momento en renunciar a la vida. Supe en ese instante que siempre había algo que perder y, que si alguien piensa que no, es porque no sabe lo que tiene. No obstante, si moría, no volvería a verla. Amaba a mi enemiga, a esa reina del Invierno por la que había renunciado a los colores de la primavera.

—Acepto —contesté resignado.

—Os hubiese salvado igualmente —confesó—. No podría vivir sin vos…

Volvimos a besarnos dulcemente, la tiré sobre mí mientras gritaba entre risas que estaba demasiado herido para ello.

—Y yo podría morir por vos las veces que me pidierais, mi reina.

Rodamos por la nieve entre besos y risas hasta que sus padres nos llamaron para cenar. Había perdido una guerra, pero había conseguido algo que nadie más podría tener: a ella. Bueno, y tener catarro.