jueves, 19 de octubre de 2017

AMORCIDIO

Había una vez un demonio de mirada perdida y triste sonrisa de luna menguante mordida encerrado en sí mismo, tejiendo en las horas muertas nihilismos, ampliando vacíos en el hueco del abismo que habitaba en su interior y escribiendo sobre la nada, su transparencia y su negror y la multitud de cosas que su fondo guardaba. Convertía la tinta en sangre; las líneas, en las cicatrices más largas y grandes; el papel, en alma ardiendo, dotaba a las palabras de un latido que no poseía su pecho y, tan grande era ese hueco, tan visible, legible y a la vez secreto, que a cada sílaba la envolvía el eco. Dicen que había sido humano, que el mundo le venció con un solo dedo de la mano, que se arrodilló, se rindió, que no olvidaba, pero tampoco recordaba, que no dormía por no soñar, que ya no era y tan sólo estaba en un vacilante inexistir y deambular.

El Averno eran ascuas sobre hielo y, bajo éste, la embriaguez que mataba al recuerdo. El Infierno eran llamas e invierno, era frío escarchado en las brasas, era fuego y copos cenicientos cayendo con resignación y sin ganas, donde no había perdón ni redención, donde no había amor ni corazón, donde todo pesaba y no volaba sin esfuerzo ni dolor, donde ya nada importaba. El castigo del demonio era haberse arrancado las alas, por hacerse con una pluma que no encontraba entre las danzas del fuego, el hielo y su bruma. ¿Qué era el cielo? Una decepción, un sueño roto a manos de una realidad sin compasión, el delirio de un loco y la bofetada de la despiadada y cruel razón. ¿Qué era el mundo? Un asesino, un enemigo que parecía amigo cuando con una mano acariciaba y, con la otra, ocultaba un bien afilado mal cuchillo, tan resplandeciente y cegador, que los optimistas soñadores no reparaban en su brillo. Él había soñado en su día tan alto, tan fuerte y tan bonito, que no esperaba la caída de su propio mito puesta la mirada allá en el cielo. De ello sólo queda el espanto de un sonoro silencioso grito, el fracaso y el miedo. ¿Y el Infierno? La última verdad que no es fácil de aceptar, el fracaso interno, la muerte en vida, el tiempo, la oportunidad y su retraso, el amanecer, el día, la tarde y su sepultura en el ocaso. Aquí penaba el demonio sin sentir ni padecer, sin agonía ni placer, en el bostezo de una vida que para cualquier mortal hubiera sido, como poco, suicida y, sobre ello, en su aletargada abulia escribía.

Dicen que se abrió una puerta ante su trono infernal, algunos creen que fue delirio; otros, que fue real, que fue escuchado su alarido en la oscuridad de un folio en blanco y una tenue luz alfombraba el umbral sangrando por las juntas del marco con forma de arco ojival. El demonio pensó en poner diez candados, por si alguien le venía a conquistar, cien escudos por soldados,  un millar de lanzas que empalarían los sentimientos más humanos. Lo que él no sabía en su ignorancia, es que una llave en muchas ocasiones cualquier cerradura abre. El demonio volvió a sentarse en su arrogancia, la puerta poco a poco se abrió, silenciosa, sin chirrido o algún ruido. Se rio.

“Lo expulsaré de aquí, pues sin duda se ha perdido” y eso calmadamente se dijo.

Tenía el pelo castaño con reflejos rojizos, enredado en él el cielo y sus estrellas, un firmamento albergando cien nidos de bucles columpiándose al viento, bajo un rayo y mil centellas. Los ojos castaños verdosos, con un brillo en la mirada de charcos acuosos que le faltaba a su seca sonrisa, triste, rota, a la pena sumisa. Piel de porcelana calada de días de lluvia… grises, oscuros, nublados… Pobre criatura, llegada a tierra de diablos… Tatuado un dragón hecho letras chinas en el pecho; en la cintura, una llave egipcia de la vida y en su suave brazo un gecko, todo ello en el lado izquierdo. Un extraño colgante en su cuello, la piel por una enfermedad castigada y una constelación de pecas inundaba su cara. En su pulgar, un anillo le recordaba una amistad. Gritó sus versos en susurros, en un silencio que hizo de lienzo, tan dulces y a la vez tan duros, tan secretos y, por eso, tan desnudos. El demonio escuchó su aullido hecho poesía, pero no hizo nada mientras desaparecía. Y sin embargo, cada cierto tiempo, a veces corto y otras largo, ella volvía hasta el Infierno atravesando esa puerta, susurrándole  su poesía cada vez más cerca.

—¿Quién eres? —preguntó el demonio con curiosidad.

Un ángel de la guarda, en verdad, que vivía en el mundo donde creyó encontrar los cielos del edén de sus anhelos, junto a un humano a quien dedicaba sus versos y desvelos, tan despiadado como mago, tan infiel y enamorado. Todo ese dolor gritado al aire, a los oídos sordos de su amado. Así que en realidad a nadie. Salvo para el demonio, para quien las palabras eran gritos, el testimonio de una vida hecha añicos.

—¿Por qué no le has dejado?

Y con lágrimas, el ángel suspiró “Porque le amo”.

Ella no tenía ya alas, más que el aleteo de mariposa de sus pestañas, pero al demonio le pareció la criatura más hermosa, a pesar de su alma rota, él veía en ella a una blanca y frágil rosa. Una flor de invierno abandonada en este infierno, llorando pétalos en verso, desolada, lo más bello del cruel universo marchitándose entre el hielo.

—El amor debería ser no tener que decir “por favor, me quiero morir” —exhaló ella negándose a existir.

Arrastrando sus pasos, se dirigió hacia el umbral, se detuvo unos segundos escasos, suspiró y se decidió a cruzar. Y el Demonio horrorizado al sentir compasión se dijo “Debí haberla abrazado”. Después negó con la cabeza y regresó a su trono con pereza, a escribir, a escribir pensando en ella y su belleza, tanto en prosa como en verso. Entonces, la echó de menos y aguardó con paciencia el regreso.

Ella volvió al otro día, con una sonrisa en los labios y más poesía. Esta vez no estaba compuesta para el humano, sino para el Demonio que ya tenía hechizado. Trataba del fuerte amor e incertidumbre, del deseo, la pasión y aquello a lo que cualquier corazón sucumbe. Preguntaba qué haría ella con todo eso que sentía y el demonio, a su vez, que qué haría él tras escuchar su poesía.

—Amarme en el fondo de la última copa de whisky —fue lo que le salió de la boca.

Ella se iba por la puerta cuando él la miró con la boca abierta. Algo se le removió por dentro y, llevándose la mano al pecho, pudo sentir sin aliento algo que creía ya muerto: su tierno corazón latiendo.

Los ángeles abren sus alas para ocultar sus pecados; los demonios sellan sus labios para tener su amor silenciado y éste contuvo cada latido, cada impulso y se mostró pasivo, aunque a veces le temblara el pulso. El ángel y el demonio hablaban, ella desde su mundo le llamaba y él desde el Infierno contestaba. Los dos tenían tantos monstruos, tantos tormentos, lágrimas y lamentos, que acabaron hablando hasta altas horas de la madrugada y empezaron a darse los buenos días en las primeras horas del alba. Sin embargo, un día el demonio no pudo luchar más y, tras un largo insomnio, se dijo “¿Qué más da?”. Le declaró aquel 28 de noviembre lo que latía en su interior, sin tener nada más presente y, de la manera más sincera e inconsciente, le abrió su corazón. El ángel le correspondió. Él le dijo que quería ser su amante, amante del amor, y ella, sintiendo que de su vida ya formaba parte, aceptó. Debieron de caer en algún embrujo o extraño hechizo, pues nadie, ni ellos mismos, saben lo que se dijo o qué se hizo. Quizá cayeron en un mundo sin tiempo ni memoria, donde los latidos de ambos se entretejieron en imposible nudo, donde comenzaron una historia con menos pena y más gloria. En una semana, él dijo que ya no quería ser su amante, que la amaba, que no podía estar sin ella un solo instante y otra vez, de nuevo, volvió a conceder la amada.

A medida que sus sentimientos crecían, sus alas renacían abanicando fuertes vientos, una luz interior brillaba en cada uno de ellos, una magia, un poder que palpitaba en cada uno de sus reencarnados pechos. Los dos habían vuelto a vivir después de creerse muertos. Un hermoso sentir que reflejaban ahora sus dulces y amorosos versos. Pero aún no podían encontrarse porque el mago la retenía en una cárcel con cadenas y grilletes de los que no podía zafarse. Una jaula construida con el tiempo, por la felicidad que habitaba en el recuerdo, en un intento por retener al ángel junto a él, pues sin ella no podía ser. Y ese era su tormento.

—Quizá es que no me ame y tan sólo me quiera tener. Lo que oyes no son lágrimas, sino un “sácame de aquí”. Así que despliega tus magnánimas alas y vuela a por mí.

Pero el demonio, que ya no era tan demonio ni maligno, pensó en el mago y su destino, entonces lanzó un suspiro y sosegadamente se dijo “Este amor no debe ser un asesino, pues si su ángel de la guarda se va ahora mismo, sin duda le aguarda un mal camino”.

—Espera amada mía, que tu huida a mí no sea homicida. Espera un poco más para empezar con nuestra vida, pues temo que la culpa llegue a ti algún día destruyendo esta historia tan bonita. Espera, alma mía, espera a que yo te diga.

En ocasiones, las noches eran largas, insoportables los dolores, con lágrimas amargas que doblegaban a la amada. Mas el demonio tenía magia hecha destreza en su vivo corazón como para aniquilar a la tristeza que el ángel sufría en su prisión. Y así ella cada noche se dormía esperando un nuevo día, con una sonrisa y ojos secos, mientras el demonio permanecía en el Averno con los suyos bien abiertos, velando por sus sueños desde aquel trono del Infierno. A pesar de estar muy lejos, sentían que se fundían en abrazos y en una cadencia de besos que unían sus pedazos, entre las caricias más suaves y puras, con un amor sin fisuras.

—Amor mío —dijo ella un día en un suspiro—. Podré escapar durante un tiempo de esta cárcel, quiero verte en algún lugar, en cualquier parte. Quiero estar contigo, abrazarte, besarte y sentir que de todo me olvido cuando por fin yo pueda amarte.

—Por ti iré a donde sea y desordenaría el mundo para tenerte más cerca, las tierras, el mar y sus mareas, el cielo y sus estrellas —respondió el demonio desde el otro lado de la puerta.

Transcurrido el tiempo de la larga espera, una noche de invierno de ese ansiado 9 de enero se pudo ver la pareja. Dicen que su amor detuvo una ciudad, que los besos y el calor que se daban eran tal, que no sintieron correr al viento ni al imparable e incansable tiempo, que el giro del mundo se detuvo y por un momento quedó quieto.

—Me encanta la cara de desconcierto que pone el destino cuando andamos de la mano, paramos en el camino y luego nos besamos —sonrió ella inocentemente y en los ojos tenía una luz resplandeciente.

Llegaron a su nido de amor tras subir unas cuantas escaleras de caracol. Él en ella estaba absorto, mientras que nerviosamente el ángel respiraba hondo porque ya hacía  años que no estaba con ningún otro que no fuera el mago humano, pero desapareció el espanto con cada abrazo y beso de él al sentir el dulce tacto del demonio por su piel. Se amaron entrelazando los dedos, cubriéndose de caricias y besos, dando rienda suelta a sus deseos. Dicen que también se hacían el amor con la mirada, que resplandecían como el sol y que la luna los envidiaba. Que se empañaron los cristales y dijo ella:

—¿Hará frío allí fuera? —Mirando los llorosos ventanales.

Y se durmieron en un abrazo que juraba ser eterno, tan enamorados y felices, que soñaron sonriendo.

También sonriendo recorrieron ese mundo y dando saltos como si ambos fueran uno, nunca habían reído tan alto. El mundo parecía entonces diferente, menos cruel y más amable, donde se podía disfrutar del presente, un lugar no deplorable. Ella parecía una niña, andando y hablando con prisa, que olvidaba lo dañina que podía ser la vida al mostrar esa sonrisa y, al verla, el demonio se sentía bien.

—Si mi sonrisa te pertenece, todo lo demás también —le dijo ella a él.

Pero llegó el momento de la despedida, el tormento de la hora más temida, los instantes más aciagos.

—Nunca he sido tan libre como encerrada entre tus brazos.

Hay quien dice que se juraron “para siempres” con cariño, susurros de “lo quiero todo contigo”, que lloraron entre suspiros como niños cuando cada uno regresaba a su destino. Pero, aunque se hubieron ido con el corazón roto dejando en ellos un vacío, sintieron que en su ser se llevaban el latido del otro.

Ese tiempo fue tortura, fue agonía, en el que deseaban una pronta cita futura mientras aún su amor exponencialmente crecía. Ella prometió que algún día se iría con él y el demonio respondía que de otra manera no podía ser. Se vieron muchas veces más, en ocasiones era ella y otras él, quien atravesaba ese umbral de aquella puerta con forma de arco ojival. Para el demonio el inframundo  no era ya un abismo tan profundo a rebosar de cruel nihilismo. Había luz, podía levantar la mirada y ver una miríada de estrellas en un bello cielo azul.

Por su parte, el ángel iluminaba con su sonrisa brillante esa cárcel de la que un día huiría para estar en brazos de su amante. A veces fue duro, pero ese amor era tan puro y otorgaba tanta fuerza que no pudo con él ningún muro o fortaleza construidos con tristeza. Mientras tanto, ella ilusionada seguía esperando el comienzo de su nueva vida con entusiasmo y alegría.

Ese día por fin llegó, 16 de diciembre del año siguiente, y ella le dijo que no.

—Aún le quiero a él, quiero al mago y ahora nos va bien. Le amo, amo a ese humano que ya no es tan malo porque he sabido perdonarlo. Siento desde algún tiempo que le engaño, que todos estos años de sufrimiento habrán sido en vano si ahora voy y me rindo. No puedo abandonarlo por irme contigo. Sé que te dejo el corazón roto, pero por él lo sacrifiqué un día todo y, si lo dejara ahora por otro, lo que di sería en balde y mi pasado miserable. A ti también te quiero y siempre te he querido y hay algo de mí que nunca tendrá nadie y es esa parte de mí que se ha ido contigo.

—Te curé cada herida, te di mi luz para que volvieras a la vida, mis latidos, mi alma, mi cuerpo. Te amé en la tumba donde habías muerto. ¡Pues claro que el humano se ha reenamorado! ¿Quién no lo haría de tu sonrisa? ¿De ese brillo en la mirada, de tu dulce risa, de la magia de tu hada? ¿Acaso no me quieres? ¿Fui sólo un amante y ahora te arrepientes? ¿Qué hay de tus suspiros, del amor eterno que habías prometido, del juramento de venir conmigo? ¿Es todo mentira? ¡Maldita sea! ¿Es esto alguna broma o pesadilla? Siento que todo lo que te he dado lo has utilizado para seguir con ese mago. Creía que no habías sido tan feliz como cuando estabas junto a mí.

—Tengo miedo, terror a que el cielo que me ofreces acabe siendo infierno, a hacerte daño si me llega el llanto recordando al mago si lograra irme hasta tu lado, a no saber si por mi culpa estará mal, al arrepentimiento y a las lágrimas de sal, al remordimiento de saber que siempre me ha necesitado y yo lo he abandonado. Temo no hallar consuelo lejos de ese humano. Te amo, te amo tanto…, con todo mi corazón, pero para mí todo es espanto, engaño, traición… y hemos de dejarlo.

Volvieron a alzarse las llamas del Infierno, regresó el abismo, su tormento y el nihilismo; el dolor en las líneas, la tristeza, las lágrimas sanguíneas, el abatimiento, la abulia y la pereza. El demonio fue infiel a su corazón y yació con un terrible error. Noches de insomnio y de alcohol, de ansiedad y desamor en soledad. Su amada estaba en su cabeza, en cada mínimo latido, en su Hades la recordaba con tristeza preguntándose por qué se había ido. Suplicó, presionó, razonó, se desangró para que ella viera el tremendo error hasta que al fin ella volvió, pues seguía sintiendo amor.

A pesar de las cicatrices y ese mal momento, pensaron que siempre serían felices, que su amor sería eterno. Pero éste ya no estaba solo, el amor traía compañeros, los celos, los lloros, la locura, sumergían al demonio en una gran amargura que mataba la esperanza y, el 25 de enero, con una rosa blanca que duraría hasta tres años enteros, él se despidió para siempre de su amada. Pasados cuatro días, volvieron.

Entonces sintieron que su amor era tal que lo creyeron inmortal. Se escribieron libros de varios versos y latidos vivos, volvieron a sentir por el otro anhelo y a acumular más momentos compartidos mientras creaban recuerdos nuevos. A pesar de esto, ya no era tan perfecto y poseía el defecto de irlos desgastando con el tiempo. El demonio perdía confianza y ganaba inseguridad, a veces no veía esperanza y para él era todo oscuridad. El ángel a veces se mostraba reacio, porque sentía una gran presión. Así que pedía espacio para lograr estar con los dos.

Algo se rompió en este amor, se volvió negro su albor, la distancia era mayor, así como el dolor. Él se derretía en palabras cariñosas, pero ella rehuía de ellas de forma indecorosa, aunque fueran hermosas y bellas. Él quería que todo fuera como antes, pese a que le estaba costando el alma, y ella sólo veía momentos agobiantes en cada una de sus palabras. Ella necesitaba albedrío o perdería la razón en este trío que la hundía en desazón. Y el demonio todo lo contrario, necesitaba cariño y atención o sentía que le partiría un rayo. Finalmente, él otorgó espacio. Las conversaciones eran breves, a veces tristes y otras alegres. Regresaba el demonio a su romanticismo y el ángel a ignorarlo con estoicismo. Ella estaba distante y fría y él no sabía qué demonios ocurría.

—Es que soy más fuerte, gracias a ti —dijo ella de esta suerte, segura de sí—. Ya no te necesito tanto, pues me vale con saber que estás ahí. Ya no dependo de tu compañía para no estar mal, ni de la puerta y de su umbral. Me carcomía esa necesidad y ahora siento que me debo libertad. Yo no soy una rosa que necesita mimos, ni una mariposa volando sobre un abismo que necesita el constante aliento de unas palabras de amor al viento. Sí, me conociste en una época horrorosa en la que estaba destruida y, gracias a ti, que eres lo más maravilloso de mi vida, soy quien soy ahora, alguien fuerte con independencia y que ya no llora cuando el viento azota porque estoy entera y no tan rota. Y sin embargo, tú no has aprendido nada, sigues igual. ¡También me tienes encerrada en una jaula de necesidad! Todo lo que has criticado del humano lo has llevado a cabo con mezquindad. Estoy en dos prisiones que han hecho vuestros dos corazones.

El Demonio vio la cárcel en la que aprisionaba a su dulce ángel y se sintió ruin y despreciable. Él pensaba que luchaba con heroísmo por lo de ambos y quizá sólo fuera egoísmo que ataba de pies y manos al ángel por pensar sólo en sí mismo. Él también estaba en otra cárcel sin salida en la que no podía ver más vida que la que le había sido prometida. Y era cierto, era un barco a la deriva que nunca encontraría puerto. Era preso de sus caricias y sus besos, de su abrazo y de sus versos. Ella interrumpió su pensamiento:

—Me siento mal hablando de un amor que no completo y siento arrepentimiento al no estar a la altura de este reto. Y créeme, que no te engaño, si te digo que con el paso de los años sólo puedo hacerte daño, pues bien sabes de sobra que no he de abandonar al mago, que también necesita mi cuidado. Lo mereces todo y más, pero me siento actuar de forma rastrea pensando que quizá no te lo dé jamás por mantenerte ahí a la espera, pero eso no quita que te quiera.

—Entonces déjame y sé feliz, aléjame porque es lo mejor para mí. A pesar de mi actitud, nunca fuiste una posesión, algo que atesorar en una prisión o que enterrar en un ataúd. Déjame tú porque yo no puedo, despliega las alas y alza el vuelo.

Y se despidieron un 3 de septiembre con dolor suspirando “Adiós amor”.
Se cerró la puerta y él aulló desde el otro lado con fuerza arrepintiéndose de haberlo dejado.

—Utiliza esa llave, amor mío. Gírala y abre.

Pues se hallaba en un sinvivir, había entendido que lo que le hacía sufrir no había dejado de existir. La distancia que había entre ambos, las pesadillas de otras manos que no eran las de él recorriendo su tatuada piel, los celos, la nostalgia cruel, los desvelos, pensar que no se volverían a ver, que todo había acabado, que no habría besos y ni siquiera un tierno abrazo, que no se imaginaba sin ella la vida, que había sido un gran acto suicida, que no había que cejar en el empeño de luchar por un bonito sueño, que su sonrisa siempre fue el motivo de continuar estando vivo.

—No abriré… He de ser coherente con lo que has decidido y me siento moralmente obligada a mantener esta puerta cerrada, aunque tú hayas desistido.

Él se deshizo en “te quieros” y “te amos” que fueron obviados. ¿Cuántos latidos podía resistir el calor de un corazón al que no le devuelven las palabras de amor? Pero él siguió, persistió, hasta que al fin se rompió.

Ella ha confesado compungida que nunca debería haber hecho promesas acerca de ofrecer una vida sin saber a ciencia cierta si alguna vez las cumpliría. Cuenta la leyenda que sigue junto al mago, en quien no confía y al que nunca ha perdonado, pero que tiene fuerza suficiente para defenderse y poder hacerle frente, que jamás la volverá a herir, que no volverá a darse por muerta, que intenta ser feliz, aunque a veces le cuesta, y que no ha dejado de escribir. A veces, mira aquella puerta y, sintiéndose culpable, se acerca a punto de girar la llave porque del infierno del demonio aún se siente responsable. Así que sigue siendo una cárcel, pues para ella él merecía más que sus migas y ruega a las estrellas que un día sonría y lo consiga, aunque sea de una mujer distinta.

Él volvió a tocar fondo, cayó sin corazón, sin alma, pues lo había dado todo hasta haberse visto sin nada. Observa de reojo esa puerta cerrada y su cerrojo, pensando que, si ella está mejor, todo ha merecido la pena, aunque él esté peor y perdido en la niebla al no encontrarse en la mirada que le eleva sobre el suelo de la tierra cuando nieva. Quizá no sea tan diablo al haber hecho el sacrificio, que no sea tan malo por no haber tenido beneficio, pues su recompensa estaba en verla sonreír y no se arrepiente del dolor si ella ahora está feliz, si la ha sacado de las llamas del Infierno, aunque el destino para él fuera el Averno. De lo que está arrepentido es de haberla hecho llorar y haberse rendido por debilidad. No, ya no es un demonio que vive sin latidos, ahora es un hombre, con sus delirios y desvaríos, con un nombre tatuado sobre el pecho que nunca será olvidado con el tiempo, el que le susurra el viento, la lluvia y el eco de su pensamiento: Nuria.

SILENCIOS Y SONIDOS

Silencio… El dolor se masturba con el temblor de una mano. Se le notan las venas, se le nota el miedo y eyacula mil penas sobre el vaso vacío y un cenicero lleno. Vomita en un folio en blanco, dormita al galope de la agonía, no espera el dónde ni el cuándo y maldice la puta poesía. Los versos de su sonrisa hecha pedazos, la brisa que abanica los balazos de su pelo jugando a ser nube en el cielo cuando el columpio sube y los pies acarician el suelo. La pluma escribe mientras se deshoja la mirada, allí donde un sueño vive, donde la vida lo mata.

Ruido… Mis pensamientos son la guerra y le he quitado la anilla a la granada. Los sentimientos, cuerpo a tierra, y esperar a dar la lucha por acabada. El estertor del luto mientras se desgañita el gallo, el puto trueno que sucede al rayo, el crack de un alma con alas de ángel, el fuego del alba entrando por los barrotes de una cárcel, los pétalos de una flor, cayendo, al calor de unos dedos que no son los míos, el amor, sus huecos llenos de vacíos en los que te busco y siempre te encuentro, violento, brusco, en lo más dentro. Llueve, hace frío, se me hiela el latido si no estoy contigo. Escarcha sobre la vida y mi corazón desequilibrado patina sobre el miedo sin razón.

Susurro… Exhalo un suspiro que te despeine las estrellas, tiro del corazón, tu pulso y tus venas. Me pierdo en el bastión de tus pecas mientras dibujo en ellas un corazón con forma de casa, con su chimenea y sus tejas. Se me descapulla la mirada con la miríada de tus luces, me clavo a tu boca y sus cruces, a su aullido de loba en las noches de luna triste, a la pregunta de por qué viniste si no era a darlo todo, a luchar codo con codo contra el mundo y su realidad, su lógica y su maldad.

Grito… Que te quiero, aquí, en el Cielo y en el Infierno. A ti, mi Flor de Invierno.

jueves, 5 de octubre de 2017

DANZA IMBAILABLE



Y no olvides que no bailo
con la vida,
sino que lo hago
al compás de mi verso homicida,
que está marcado
en una pluma que me hace más suicida
a lo largo
de mi triste día a día.

lunes, 4 de septiembre de 2017

TÚ NO SABES...

Ojalá un día sepas la verdad, no para que te duela, sino para que veas toda la sangre, todo el dolor, todas las lágrimas, insomnios, pesadillas, discusiones, frustraciones, miedos y líneas rotas que vales. Para que te des cuenta de una maldita puta vez de todo lo que te ama, lo que un día sacrificó por ti y todo lo que ha vuelto a sacrificar, que te ama tanto que nunca ha podido renunciar a ti, que le has costado… Dios, no tienes ni puta idea… ¿Y a mí? A mí me has costado un corazón, los únicos sueños por los que había luchado, la chica de mi vida y mi puta felicidad, toda mi putísima felicidad.

La amé donde tú la mataste y luego quisiste lo más hermoso que he hecho en la vida: hacerla sonreír… ¿Te lo merecías, maldito cabrón? ¿En serio te merecías lo mejor que hemos tenido los dos en la vida? ¿Su sonrisa, sus ganas de vivir, de soñar, esa mirada que le brilla como si fuera una niña, ese corazón restituido latiendo fuerte? ¿Todo lo que un día le arrebataste de cuajo? No sabes la de noches que le sequé las lágrimas que tú le causaste, aunque me doliera; no sabes todo lo que la abracé mientras tus brazos permanecían cruzados; no sabes… Ni siquiera sabes que todo lo que ella siente por ti le hizo romper una promesa.

Te odio, nunca he odiado a nadie, jamás nadie me ha hecho quemarme de rabia. Y también odio haberme roto en el camino junto a mis sueños, me decepciona haberme rendido, pero tampoco sabes lo larga que es tu sombra en mi vida, las pesadillas que me has provocado, la ansiedad, la preocupación. Hace meses que siento todo tu peso sobre el pie que tienes en mi cabeza. Y ahora… Ahora seca las lágrimas que yo he causado, cura las heridas que he infligido… Joder, hazla feliz, por favor… Porque yo ya no sé, no sé contigo por el medio.

Tampoco sabes lo que he anhelado tener lo que tienes tú, verla despertar cada mañana, su pelo revuelto, el tacto suave y cálido de su piel, sus abrazos cada día, sus buenos días, sus buenas noches, sus besos, dormir con ella… Joder, verla... Estar con ella en una vida, una vida que yo no he conseguido… Nadie en esa vida sabrá que un día estuve con ella, nadie sabrá que nos amamos, que nos escribimos, que tuvimos algo precioso que nos ayudó a salir de nuestros pozos… Y no sabes lo que duele, joder… No sabes el puto dolor que es estar prohibido, que te escondan, ser un secreto, que no puedan hablar de ti mismo porque para el mundo esto es una aberración, un tabú. No sé cómo cojones no se te cae la baba con ella en esa vida que tú sí has conseguido, cómo cojones puedes permitirte el lujo de no valorarla, de ignorarla, de… Dios… No sabes la de veces que he apretado los puños y he deseado cambiarme por ti… Todo, lo hubiera dado todo por ser tú.

Y lo peor es que sé que la culpa no es tuya, pero llevo desde ayer pensando en todo lo que te llevas porque yo no he podido contigo, porque esta situación me desgasta, porque acudes a mi cabeza y arrasas con todo, porque haces que me tiemble el pulso, que me provocas miedo, inseguridad, que me siento tan pequeño ante esa inmensa sombra que proyectas sobre que me quedo sin fuerzas. No sabes la de batallas que tu figura me ha hecho librar contra mí mismo. No me quería rendir, pero la fatiga hace mella y había un momento en el que yo no podía solo, la necesitaba a ella, y la iba hiriendo.

Lo peor es que nunca te olvidaré mientras la sigo amando, lo peor es que no dejaré de preguntarme si la haces sonreír, si estará bien, si duerme por las noches… Lo peor es el daño que le he hecho por ser frágil y es algo que no me lo perdonaré jamás.

Eres el gilipollas que nunca ha sabido lo que tenía; y yo soy aún más gilipollas por saber lo que perdía. En esta vida tendrás lo que más he amado, en este mundo plagado de miedos, dudas, razonamientos, lógica, con los que ni el amor ni yo hemos podido, pero ojalá haya algo más después, algo donde la encuentre, donde no haya llegado tarde, donde no haya miedos y los latidos de un corazón pesen más que el frío cerebro, donde pueda amarla con toda la libertad del mundo y no la soltaré jamás como tantas veces he tenido que hacerlo con lágrimas en los ojos, seré feliz si es que se me puede perdonar lo que he hecho en este mundo.

jueves, 30 de marzo de 2017

INSOMNIO SIN ANESTESIA



Tengo un sueño de neblina que se fumó el monstruo de la razón en un insomnio hecho dolor para el que no me queda anestesia y un corazón en carne viva vomitando latidos en las horas muertas. Pregunta el cisne con su cuello a la luna cuándo entonará su réquiem en el embravecido mar de líneas que se me atragantan junto a los besos caducados que aún no he dado. Vienen los cuervos a picotear la carroña que ha dejado el cadáver de la esperanza yaciendo desnucada en una almohada que se preña de anhelo mientras aborto lágrimas que me tajan cualquier mirada de felicidad que pudiera brillar en mis cansadas pupilas. La noche es de color sepia, las estrellas están oxidadas, la sonrisa de la luna tiene sarro y la nostalgia me orina desde el techo. Me duele la imaginación de tener pesadillas, me duele la cabeza de tanta elucubración inyectada… la piel, de tanta ausencia hecha vacío; la polla, de tanta impotencia; el cuerpo, de tanto frío sin caricia; los huesos, de tanta humedad llorada hacia dentro.
Entonces me duermo, cansado de estar triste, cansado de todo.

sábado, 4 de marzo de 2017

AMANECER DE UN PUÑAL EN EL CORAZÓN



Escancia Ganímedes su mirada,
soledades, lamentos y dolores,
y en su pecho han callado los tambores
al no llegar su amor a la alborada.

¡Oh! ¿Con qué luna habrá sido engañada?
¿Qué estrella habrá robado sus amores,
con sus besos, aromas y sabores?
¿Por qué otra amante ha sido abandonada?

Y toca su mano el cristal que llora.
Lo siente frío, gélido, helador,
cuando con su triste mirada explora

el horizonte, herida en resplandor,
y ve besarse a dos sombras distantes:
a él, sin ella, con otra: Dos amantes.

martes, 28 de febrero de 2017

A TI



Nunca creí que te escribiría, pero todo es posible en un folio. Ojalá el mundo fuera una hoja en blanco que vamos construyendo con andamios hechos de líneas, borrando errores, bajando cielos para que fueran más alcanzables... No te odio, sabe Dios por qué. Supongo que formas parte de mi vida indirectamente, aunque yo no esté en la tuya, que siempre me ha sido inevitable preocuparme por ti, que aparqué mi corazón en el espacio que había dejado tu distancia, una distancia que parecía insalvable y que ahora al ser recortada me estruja un poco el latido.

Te escribo porque… porque no sé, porque hay palabras a las que les crecen las alas dentro de mí y tengo que soltar para que sean libres, para no ser prisionero de ellas, aunque se las lleve el viento. Me dueles, me dueles de una forma extraña, es un dolor que no siempre está en mí y que, cuando llega de pronto, no puedo más que acunarlo en un abrazo que me doy a mí mismo allí donde convive la lágrima con el suspiro, en ese vals que acaba en esguince de latido. Es un dolor punzante que eclosiona junto a las mariposas de mi corazón y que envuelve demasiados sentimientos que a veces no sé cómo sobrellevar: nostalgia, inseguridad, soledad, irritabilidad, tristeza, frustración… Y todos ellos dibujan tu rostro, tu cuerpo, le ponen voz a los te quieros de tu boca, caricias a tus manos, sudor a tu piel, abrazos a tus extremidades, besos a tus labios… A veces, también lágrimas a tu mirada, dolor en tus labios, desconfianza en tus palabras, perdones... Eres un cielo ardiendo, un infierno con constelaciones, capaz de dar lo peor y lo mejor.

Por eso también te quiero, porque sacas la sonrisa más bonita de este mundo a pasear de tu mano, porque das luz a la mirada en la que las sirenas de mis ojos quedaron varadas al ignorar las estrellas… Yo tampoco he hecho las cosas demasiado bien y no estoy para dar consejos, pero da lo mejor de ti mismo, regálate de todo corazón, con ese corazón cuya belleza no pasa desapercibida por mucho que el mío lata rosas blancas. Abraza, abraza hasta sincronizar latidos de dos pechos que respiran por separado el mismo aire; abraza hasta coser tu alma a otra, hasta juntar tus pedazos con otros, hasta que desaparezca el mundo, hasta paralizar una ciudad, hasta que el tiempo se detenga a sonreír. 

No te acostumbres nunca al amanecer despeinado que ilumina tus mañanas, mira su brillo como la primera vez, como algo único e irrepetible, acaricia su horizonte con las yemas de tus dedos hasta que arda el tacto, besa sus flores hasta que tu boca eche raíces en los rojos labios de la alborada, baña tu mirada en su luz, naufraga, déjate llevar por las olas que te mecen.

Da comprensión y apoyo, levanta andamios alrededor de sus sueños para que no se desmoronen y sean cada vez más altos, echa paladas de confianza en cada verso que lees, cimenta con dulces palabras cada página, comparte la ilusión de ver nacer lo que el ingenio crea a partir del delirio que alberga cada letra.

No hagas daño, porque me dolerás sin perdón en heridas que me nacerán con sangre que no es mía. Cuida, mima, ama, haz feliz y te querré un poco más desde el rincón en el que me mece con sonrisa risueña la tristeza.